viernes, 31 de julio de 2026

LA PERFECTA MAQUINARIA DEL ADIÓS Presentación del libro de Juan Secaira Velástegui, por Silvia Stornaiolo






Presentar el libro de un amigo es un ejercicio bastante peligroso: una intenta hablar con la seriedad que merece la obra de alguien con quien hemos pasado años haciendo todo lo posible por perder la compostura. Juan y yo nos conocemos desde hace casi quince años. En ese tiempo hemos compartido una buena cantidad de aventuras por la ciudad: muchas tardes en algún café de la Amazonas o en el restaurante griego, conversando, riéndonos y tomándonos casi todas las cervezas del lugar.

Siempre nos hemos reído muchísimo. Cuando estoy con Juan, algo se desordena para bien: volvemos a la adolescencia, a ese momento en que la ciudad parece una promesa, una conversación puede alargarse por horas y una mala idea todavía tiene posibilidades de convertirse en una gran historia. Con Juan suele ocurrir todo junto: la conversación brillante, la carcajada y la mala idea. No necesariamente en ese orden.

Por eso, leer La perfecta maquinaria del adiós ha sido para mí una experiencia doble. He leído al poeta, con la atención y el respeto que exige una obra compleja; pero también he leído al pana, al hombre cuya risa conozco, y he encontrado que esa risa sigue allí, incluso cuando el libro entra en las regiones más ásperas del cuerpo, la enfermedad, el miedo y la despedida.

Este libro se mueve entre el verso, la memoria y la reflexión. Su fragmentación no es un capricho formal: reproduce una experiencia en la que el cuerpo, el tiempo y la vida cotidiana han dejado de avanzar de manera previsible. Cada fragmento parece recoger algo que podría perderse: una imagen, una calle, una canción, una conversación, la familia, el arte o el movimiento. La escritura se convierte así en un archivo de resistencia y presencia.

Quiero detenerme en un primer fragmento:

Los esfuerzos carecen de brillo;

las goteras malgastan el invierno;

voy sintiéndome solo.

Estos versos producen una emoción profunda porque el dolor no se anuncia: se va filtrando. La imagen de las goteras convierte la casa en una prolongación del estado interior, y el verbo «malgastan» hace que incluso el invierno parezca consumirse inútilmente. El último verso, «voy sintiéndome solo», no habla de una soledad repentina, sino de una que avanza poco a poco. Hay aquí una correspondencia entre paisaje, espacio doméstico y subjetividad: lo exterior expresa aquello que el ser humano apenas consigue nombrar. Juan logra que sus imágenes contengan una tristeza inmensa.

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La perfecta maquinaria del adiós habla desde un cuerpo herido, pero nunca permite que ese cuerpo sea leído desde la lástima. Esta diferencia es esencial. Podríamos hablar de una poética de la corporalidad: el cuerpo no aparece como un simple tema, sino como el lugar desde el cual se perciben el mundo, la ciudad y el paso del tiempo. Lo que vemos no siempre es cómodo. Vemos una ciudad que puede ser hermosa y cruel; una ciudad de calles, gradas, veredas, rampas imposibles y automóviles que no dan paso. Quito deja de ser un paisaje decorativo y se vuelve una prueba física. Quienes hemos caminado sus calles de madrugada, creyéndonos invencibles —o por lo menos bastante más jóvenes— conocemos otra versión de esa ciudad. El libro nos obliga a reconocer que una misma calle puede ser aventura para unos y barrera para otros.

En ese cruce entre fragilidad y lucidez aparece este segundo fragmento:

Mucho antes, aprendí que el silencio,

ese silencio prolongado y asfixiante

es aún peor que lo que nos duele y nos aterra.

Aquí el silencio deja de ser una ausencia y se convierte en una presencia que oprime. La repetición de la palabra «silencio» intensifica la sensación de encierro, mientras los adjetivos «prolongado» y «asfixiante» le dan duración y cuerpo. Este verso amplía la experiencia individual: habla de aquello que «nos» duele y «nos» aterra. Ese paso del yo al nosotros es fundamental, porque transforma el testimonio personal en una experiencia compartida. Poéticamente, Juan consigue decir que callar el dolor puede ser todavía más devastador que padecerlo. Por eso este libro conmueve: porque rompe ese silencio y nos permite acompañar lo que antes parecía imposible de comunicar.

Hay además algo que admiro mucho en este libro: su capacidad de incluir referencias literarias, musicales, cinematográficas y artísticas sin convertirlas en una exhibición de conocimientos. Esas presencias forman una comunidad. Cuando el cuerpo restringe ciertos desplazamientos, la imaginación abre otros: aparecen autores, películas, canciones, recuerdos familiares y figuras del arte que acompañan. Leer y escribir no son actividades secundarias; son maneras concretas de seguir habitando el mundo.

Y allí reconozco al Juan que conozco. La inteligencia nunca llega sola: llega con humor, con curiosidad, con una asociación inesperada y, muchas veces, con una risa que desarma cualquier solemnidad. Esa risa no contradice la gravedad del libro. Al contrario: la hace humana. Reír, en estas páginas y también en la amistad, no significa negar lo terrible; significa impedir que lo terrible tenga la última palabra.

Voy a leer un pequeño fragmento

El mar,

encantamiento,

resistencia y desate.

Son apenas tres versos y, sin embargo, abren un horizonte. El primero nombra; el segundo transforma; el tercero reúne dos movimientos: resistir y soltarse. Desde una lectura simbólica, el mar representa una fuerza que no puede fijarse ni encerrarse. La palabra «resistencia» podría sugerir rigidez, pero «desate» la vuelve movimiento, liberación y deseo. Esta condensación es una de las virtudes de la poesía de Juan: una imagen concreta adquiere espesor existencial sin perder su música.

Esa combinación de resistencia y desate me parece fundamental para comprender el libro. Aquí resistir no es posar de héroe ni fingir que nada duele. Es escribir incluso cuando escribir cuesta; mirar incluso cuando la realidad incomoda; conservar el humor, el deseo, la rabia, la ternura y la capacidad de asombro. Y desatarse es permitir que todo eso entre en el poema sin pedir permiso.

La perfecta maquinaria del adiós podría parecer, desde su título, un libro dedicado al final. Sin embargo, para quien se adentra en sus páginas, es también un libro sobre la presencia. La maquinaria del tiempo avanza, sí; el cuerpo cambia, la enfermedad impone sus reglas y la despedida deja de ser una abstracción. Sin embargo, frente a esa maquinaria, la palabra hace algo extraordinario: detiene un instante, lo vuelve compartible y consigue que otra persona lo habite. La poesía no cancela el adiós, pero evita que ocurra en silencio.

Después de casi quince años de amistad, sería fácil venir aquí y decir que conozco muy bien a Juan. Pero los buenos amigos y los buenos libros se parecen en algo: siempre guardan una zona que todavía no conocemos. Este libro me mostró a un Juan íntimo, feroz, vulnerable, culto, irreverente y profundamente atento a los demás. También me confirmó algo que ya sabía: detrás de la gravedad hay una fuerza vital que insiste.

Quienes estamos aquí no hemos venido solamente a acompañar la aparición de un nuevo libro. Hemos venido a encontrarnos con una voz que ha decidido no callar, incluso cuando el dolor pretende quedarse con todas las palabras. Y eso merece una lectura atenta y también una celebración.

Juan, gracias por tu amistad, por las conversaciones, por las carcajadas y por esas aventuras que, por prudencia editorial, seguirán inéditas. Gracias también por recordarnos que la literatura puede mirar de frente a la pérdida sin perder la belleza; que puede hablar de la fragilidad sin renunciar a la fuerza; y que, aun dentro de la perfecta maquinaria del adiós, seguimos siendo capaces de provocar una falla luminosa: un poema, una risa, un amigo.

Celebremos este libro de la mejor manera posible: leyéndolo. Abrámoslo sin defensas y dejemos que nos conmueva y nos acompañe. Porque hay libros que se terminan al cerrar la última página, y otros que recién entonces comienzan a vivir dentro de nosotros. La perfecta maquinaria del adiós pertenece a estos últimos.

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