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sábado, 24 de enero de 2015
No es dicha
Con Bertha Díaz, una persona brillante y auténtica, en la presentación de mi libro No es dicha, en Guayaquil, hace dos años. Muy buenos recuerdos porque la vida no es un instante aislado sino la suma de sus posibilidades.
lunes, 19 de agosto de 2013
Acerca del No es dicha, por Luis Carlos Mussó
Si hablar, o para el caso que nos convoca más bien escribir, significa arremeter contra los límites del lenguaje, como se hace escuchar Wittgenstein, los movimientos que acomete el discurso lírico van en direcciones concéntricas y espirales que manifiestan esa doble dirección entre los riscos de la reflexión y las búsquedas particulares, que son las sintomáticas de ese discurso subversivo per se que es la literatura. La poética sería, si la viéramos en su revés, una palabra que escarba en la identidad colectiva al punto de confirmar la extranjería de que padecemos todos. Algo así como un movimiento que levanta (¿programa?) una propositiva diáspora de elementos desde su temática. En la palabra lírica desarrollamos, entonces, una alternativa de goce —a veces fallida— en que se fracturan las funciones del sujeto en su relación con el otro, con las cosas y con el universo. Leemos, sí, pero en realidad nos leemos en la superficie especular de las palabras. Más aún, la lectura se sumerge y se afinca en las connotaciones que subyacen. Consciente de esta problemática, y entre los plurales rostros de este país literario, emerge la voz de Juan Secaira con esta última entrega que profundiza cierta tópica que ya había dibujado en Construcción del vacío (Nueva York, Sarasvati, 2009). Así, las obsesiones de nuestro poeta en cuestión se dirigen hacia la ética, como espacio habitable, como el hogar de la tribu; obsesiones que caminan cojeando entre las planicies que permiten avizorar los empinados picos o las profundas simas del poemario. Quiero decir que hay un evidente tono tempestuoso, con mucho de desapacible, que le confiere al texto entero una violenta disidencia con respecto a una mirada tradicional y llana de la poesía. “[…] Ya / no hay patria ni ciudad ni nada cobijando miedos / reírse, / luego escupir, / inventar bromas”. La voz del yo poemático se fusiona entre otras voces, opta por descender de una posible posición de autoridad y más bien toma partido por formar parte del horizonte de voces otras. La tensión del juego a que hace mención el título del poemario es la misma que ensombrece una zona de coincidencia entre esas voces, donde nos incluimos como lectores espectadores, y la metamorfosea en un sobrecogedor acto de entendimiento: el dolor puede volcar su intensidad hacia las parcelas del goce estético. La representación del mundo, y su posterior apuntalamiento, se logran con los fragmentos y las astillas de la memoria, pero también con el silencio, que va paulatinamente contaminándose de resonancias, de ecos, de palabras en fin. Aquí un insecto puede ser pistón del engranaje del cuerpo humano. Aquí la condición de discontinuidad acerca al otro, y distancia del otro. El fragmento logra su objetivo de asimilarse como tangencial, pero en ese momento hace todo lo contrario, esto es, se refiere significativamente a un nosotros. La segmentación es el consecuente estadio del sujeto moderno, tras haberse configurado como uno de los fundamentos ideológicos de Occidente. Esta voz, la de estos poemas, sabe perfectamente que los significantes, en los asuntos de la poesía, hacen brotar el significado de las cosas —y no sucede al revés aunque lo queramos ver así—. No es dicha deviene otros estadios de esta sustancia que somos la multitud (¿recordamos cómo piensa W. Benjamin al destinatario del texto?) y que van eslabonando, a través de sus metáforas, una dilatada alegoría que cubre el libro: el dolor puede ser regodeo, puede ser áncora, o resuello. Los versos de este libro nos hacen admitir la importancia de la memoria de la piel y del espíritu, y a veces se muestran a favor y en contra de ella; con resonancias que parten de poemas y llegan a otros y viceversa. Así, la privación, lo residual, el despojo, tienen un especial espacio en No es dicha que la marchitez, como es el caso de “Vodka madre”: “Un vodka me susurra mejores palabras que la madre que nunca tuve / en el estrecho universo creado por mi precoz demencia”. Entonces, surgen los versículos como un registro de que la pretensión de aprehender los años del pretérito, como en “Salta la cuerda”, donde las aplicaciones metonímicas recalcan la impronta de la infancia, es un impulso latente, perpetuo y que aunque sabemos perdida la empresa, la emprendemos una y otra vez. Leyendo el poema citado, nos encontramos con la huella de una mirada a través de la broza, sea ésta la matrícula de los años o del pesar: “Los malditos saltan la cuerda / desde lejos, me ignoran / un guijarro, viruta, línea deforme”. La plástica mueve a estudiar la representación desde la perspectiva y aquí hay un importante aporte. Pensemos en ese “desde la cornisa” del primer verso, y es que si la cornisa es el lugar físico de enunciado del poema, notamos que se lee (se percibe) desde lo exterior. Se concibe la voz como (des)afectada y a la vez, paradójicamente, inmersa. No es gratuito, más bien decidor, que a mediados del libro aparezca “Insania”, a manera de bisagra. La enajenación mental, con una larga data de prejuicios y maldecires, reclama para la literatura la posición de una palabra fresca y contradictoria del poder. Una tabla con su debe y su haber nos vincula a una nómina de afectaciones: la enfermedad, las fracturas, la debilidad física que se nos presentan como interrupciones de la salud. De igual manera que la magia luce como un hiato en el discurso lógico de nuestra cotidianidad. A pesar de esto, parece que la consigna de “Encandilarse o sentir”, del poema “Una fracción el entorno” equivaldría a que el yo desdeña la parafernalia gratuita, en la que no logra perfilar un sentimiento real. El desprecio por sí mismo es también un desprecio por la palabra que emite la voz. Así, el maldecir de la poética que leemos en estos textos, se ajusta frente a la realidad y apunta los dardos de su crítica. La condición de marchito que pespunta el libro entero testimonia la incertidumbre. La propuesta que ha partido de lo grosero (en su acepción de áspero), llega al simbolismo de manipular tijeras; la voz se des (estructura) como síntoma de la descomposición de ese cuerpo que es el colectivo social. Pero hay que recordar que corpus (conjunto de poemas) también es cuerpo. Como cuerpo es el conjunto de órganos que componen a un solo individuo. El dolor, que ha configurado una línea que coagula tanto la sangre como la rememoración, deviene hilo conductor de un discurso que se sabe limítrofe con la ebriedad, desde un hilvanar la palabra a la usanza de una línea surrealista. Con No es dicha, Secaira se hace espacio en el panorama de la lírica nacional y nos hace partícipes de que las certezas son inexistentes, de que su terror ante el espectáculo del mundo es el mismo que nos acongoja a todos.
sábado, 13 de julio de 2013
No es dicha, por Roberto Manzano* (poeta y ensayista cubano)
Juan Secaira Velástegui (Quito, Ecuador, 1971), narrador,
crítico y poeta, ofrece en su nuevo volumen poético, No es dicha, un áspero y honrado testimonio de la existencia. Como
es característico en una zona de la más reciente poesía ecuatoriana, sus
símbolos profundos acuden a una estética del cuerpo y a una construcción del
vacío espiritual de las grandes urbes de hoy desde la discontinuidad misma de
la comunicación entre los sujetos. Es por ello que las líneas poéticas se sujetan
a la libre fluencia de la escritura y se apoyan en la página aprovechando los
silencios, los recursos tipográficos, las distancias tonales, lo incoercible
propio de lo que una vivencia fracturada internamente plasma como absurdo y
fragmentario.
Desde este punto de vista, tal actitud de elocución remite a la
vanguardia, pero asumida desde la plataforma enunciativa del posmodernismo (no
el históricamente nuestro, sino el que nos vino así bautizado desde el primer
mundo), por lo que la impronta enérgica de los recursos expresivos, propia de
aquel primer momento estético, se funde con la actitud distanciada de lo
sublime, propia del segundo momento indicado. Se da cuenta del dolor más
profundo del individuo a través de la historia del sujeto y de la más desamparada
comunicación de las multitudes incluso en acontecimientos de significativo
entusiasmo, pero con enunciados sintéticos, de alta reverberación expresiva, en
textos que se trasmiten unos a otros las alusiones, las sugerencias, con lo que
el conjunto alcanza una notable proposición de un universo socio-íntimo apenas
entrevisto.
Poesía versicular, que a ratos juega con los recursos acumulados
mundialmente por la contracultura, golpea «el vientre / de la irreal y
sacrosanta "normalidad"». Como apunta Carlos Luis Ortiz en el prólogo,
«No es dicha [es] un libro necesario
de leer para percatarnos del horror de lo cotidiano y de sus bondades, a veces
esquivas; un poemario que da cuenta de la finitud del ser humano». Carlos Aulestia
expresa en nota de contracubierta algo también sintomático de este volumen: «No es dicha está construido sobre una
metáfora simple y precisa: la existencia como una dolorosa e inevitable estadía
en el mundo concreto, asfixiante y oscuro, en el que parece no existir otro
camino más que la contemplación desengañada del presente y el pasado, su
dolorosa concentración lírica...».
La colisión de la agresividad del mundo contemporáneo
contra el alma de los individuos es tan brutal, que muchas de las
sensibilidades más recientes se han astillado en la denuncia de la pérdida, el
descuartizamiento visceral y el dolor más agudo. En ocasiones los libros están
escritos en el lenguaje de los asesinados. No
es dicha atraviesa ese lenguaje con fuerza y concisión expresivas notables,
y deja en las manos del lector la victoria del alma sobre la palabra al
inscribir en los textos de modo sugerente la necesidad espiritual de los seres
humanos de levantarse sobre las más complejas circunstancias.
* ROBERTO MANZANO (Ciego de Ávila, Cuba,
1949). Poeta y ensayista.
Premio Nicolás
Guillén, de México, en el 2004, y Premio Nicolás Guillén, de Cuba, en el
2005. Premio La Rosa Blanca 2005. Premio Samuel Feijóo
de Poesía y
Medio Ambiente 2007. Finalista en el Festival de Poesía de Medellín,
Colombia, 2007. Finalista en el Festival de la Lira, en Cuenca, Ecuador,
2007. Ha ofrecido recitales y conferencias en universidades de México,
Venezuela, Estados Unidos, Panamá, China y Paraguay. Máster en Cultura
Latinoamericana. Profesor adjunto de la Universidad de La Habana. Versos
suyos han sido traducidos al griego, al inglés y al chino.
Ha impartido
diplomados para la formación de escritores. Tiene veinte libros de poesía
publicados. Trabaja como editor jefe de AMNIOS, revista cubana de poesía.
lunes, 8 de julio de 2013
LA VEROSIMILITUD EN UN POETA DE VISLUMBRE SOMBRÍO
Por Leonardo
Parrini
Siempre que asisto a un recital de poesía, una exposición de pintura o una
performance musical en mi condición de periodista, me siento impelido por la
tentación de buscar el rasgo de verdad en todo aquello. Sera esto porque,
acostumbrado o desacostumbrado, a asistir a montajes de distinta índole y tener
que contar lo que se ve, hay ya como un instinto agudizado de husmear lo real
de aquello que no lo es. Desde las ubicuas parafernalias del poder, hasta las
sencillas representaciones pueblerinas con virgencitas y arcángeles rurales. Todo
aquello adviene en un simbolismo nada distinto de las representaciones
artísticas que vemos en los mass media, en el Internet o los montajes
escenográficos de los performances cotidianos.
Claro que este sencillo y significativo
evento de relanzamiento de la segunda edición del poemario de Juan Secaira No es dicha, dista en su forma,
de ser un montaje para convertirse en un encuentro entre amigos del poeta y de
la poesía. Pero esta historia de hoy además es distinta, porque no he venido en
mi condición de periodista, sino de presentador invitado para reflexionar ante
ustedes acerca de los versos de Secaira y su verisimilitud.
¿Acaso existe una poesía que no es
verdadera, dirán ustedes?
Y me atrevo a responder,
provocadoramente, que sí; y es más, que hay un arte cuyo gesto es inverosímil.
Que me atrevo a sugerir que ese arte y esa poesía, que es un ejercicio de
observancia, y registro, precisamente, no permiten al autor dar consigo mismo,
ni dar cuenta en toda magnitud de su condición más íntima o de su circundante
realidad.
Porque compartimos la idea con
Baudrillard que “vivimos en un mundo de simulación, en un mundo donde la más
alta función del signo consiste en hacer desaparecer la realidad y enmascarar
al mismo tiempo esa desaparición. El arte no hace otra cosa”.
Recordemos por ejemplo la frase de
Platón: «Los poetas mienten». Sin embargo, Platón es quizás el más poeta de
todos los filósofos.
¿Quiere decir esto que el arte y,
en particular la poesía, es un gesto inverosímil, improbable?
Diríamos con Baudrillard, detrás de la
orgía de las imágenes cada cosa se oculta. El mundo se disfraza detrás de la
profusión de las imágenes, como otra forma de ilusión.
Vivimos en un mundo del simulacro de
figuraciones elegantes y mentiras impostoras. Un espectro virtual que invade
todos los aspectos de la vida real en el que el quehacer humano es reemplazado
por un acto de sustitución. La soledad es el espacio que aflige a muchos seres
en la orfandad de un mundo absurdo que ya no encuentra respuestas válidas a sus
angustias.
¿Pero si la poesía es oficio de la
observancia, del andar avizorando, cómo puede extraviar en el camino su misión
dadora de sentido cardinal a las cosas circundantes?
El primer rasgo poético que se advierte
en los versos de Secaira es, precisamente, su poder de permitirle dar consigo
mismo. Una suerte de encuentro eidético, esencial, del poeta con sus sustancias
más verdaderas. Y es que este poeta trabaja con materiales nobles, por
auténticos. Y entre ellos subyace, como un magma en ascenso, la desdicha, el
extrañamiento existencial ante un mundo contrahecho, cual vértigo sartreano que
llama a regurgitar angustias y sinrazones.
Desde que Paul Nizan, otro sartreano por
antonomasia, dejara escrita su amarga sentencia juvenil han pasado algunos
lustros: Yo tenía 20 años y no
permitiré que nadie diga que es la edad más hermosa de esta vida. Todo amenaza a un joven con la ruina:
el amor, las ideas, la pérdida de su familia, su entrada al mundo de los
adultos.
A poco hurgar se advierte que la
historia se repite como tragedia con algunas variantes.
Nizan aludía, no sólo a una rebeldía
sobre un momento histórico, sino a una rebeldía existencial.
Secaira alude al vestigio que nos deja
la desdicha: el dolor es un
ancla, no metáfora de la maldición, dice.
El no categórico y abstracto de Nizan se
ha llenado de sentidos concretos: hoy el capitalismo ya no es el reino
promisorio, es una ideología y un sistema económico que muestra hoy su entraña
más feroz y, al mismo tiempo, más encubierta en la posmodernidad.
Ya no hay patria ni ciudad / ni nada
cobijando miedos / reírse luego escupir/ inventar bromas
Frente a este sistema social de
simulaciones y realidades encubiertas, la poesía no es la simple amonestación
de un acto de fe. Se trata de fomentar y de apoyar determinadas acciones
políticas de transformación social y cultural.
Sin embargo, coincido con Baudrillard
que insiste en que la tarea del
arte y del pensamiento radical es la de hacer el mundo todavía más
ininteligible. Hay que devolver las cosas centuplicadas: eso es el intercambio
simbólico. Hay que devolver más de lo que hemos recibido. Hemos recibido un
mundo ininteligible, tenemos que volverlo más ininteligible todavía.
Si esa es la obsesión por forzar la
realidad, ¿Qué queda entonces a la poesía de un poeta como Secaira?
Pues le
resta el desafío de lo real, de inventar otro mundo, otra escena. Una radical
afirmación de Canetti -cito a Baudrillard- cuando habla del fin de la historia,
alude a que hemos pasado la línea de lo verdadero y falso, donde ya no hay reglas
del juego, continuamos una especie de desconstrucción. Algo similar ocurre con
la poesía.
Esta
noche estamos, precisamente, frente a la tentativa de husmear en la creación
poética de Secaira y vislumbrar si se recuperan dos condiciones claves del
arte: la seducción de lo sensible y el sentido.
Ya se nos dijo que el arte no es nunca
un reflejo mecánico de las condiciones positivas o negativas del mundo, es la
ilusión exacerbada, es su espejo hiperbólico.
Si la poesía explora la insignificancia
del mundo y por medio de sus imágenes contribuye al sentido de ese mundo; en
esa búsqueda reduce las cosas a la abstracción. El arte, en su conjunto, puede
no ser otra cosa que el metalenguaje de la banalidad.
Cuando el neofigurativista Carlos Rosero
pinta sus figuras esperpénticas, me recuerda los versos de Secaira; seres
extraviados en una ciudad sin coordenadas concretas, que puede ser toda ciudad
de este mundo en que el extravío es la constante.
La cerveza viene y va junto con las
miradas / cuerpos caminando por inercia voces transando/
Siempre transando / Todo puede ser
transado hasta la fantasía más bizarra /
La música embala a los clientes / mueven
la cabeza superiores / delfines, lobos, camaleones/
Fingir. Segundo verbo más conjugado de
este lugar.
La enajenación es la forma del
simulacro, porque no es dicha vivir ese universo de productos prefabricados,
artefactos, signos y mercancías, donde las cosas ejercen una función artificial
e irónica por su propia existencia.
Todos estos artefactos, objetos e
imágenes artificiales ejercen sobre nosotros una forma de deslumbramiento fatuo
por la fascinación de los simulacros. Es en ese espacio yermo que la poesía de
Secaira nos devuelve la dicha, la dicha de la lucidez que se pregunta ¿dónde se
ha ido la constelación del sentido? Aquí en estos versos de No es dicha,
tampoco hay un embustero integrado a la bufonería de la mercancía y su puesta
en escena.
Inhalar ausencias derramadas por otros,
para qué / Esa no es la idea /
Desnudo en el desván machaco mis odios.
En esta superproducción de posmodernidad
en la que todos actuamos, en la que cae en descrédito todo ideal de futuro y la
temporalidad histórica se repliega sobre el presente, la poesía de Secaira
restaura el valor simbólico y trascendente de las cosas circundantes, es decir
vuelve al leitmotiv poético de seducirnos en lo sensible y retribuirnos el
sentido de los elementos.
¿Es la suya una poesía de adornos
hiperbólicos?
No, eso no es posible en sus versos. Por
eso el Premio Nacional de Poesía
Jorge Carrera Andrade, año 2012, cayó en buenas manos y en buena lengua.
Palabra necesaria la suya, de versos encontrados a la vuelta de una vivencia
cotidiana.
El estampido nos movió / las ventanas se
vistieron de sangre / cunetazo limpio sordo /
Yo tres años de edad con el presente
roto camino carretea abajo / cadáveres: del único tren de la memoria / en la
humareda unas manos me recogen me vuelven a mi sitio /
Palabras extraviadas confusión del
desastre el verbo sobra cáliz letal accidente/
La posibilidad de un comienzo.
Poesía evocativa y provocativa de
añoranzas y pretéritos perfectos, en que el pasado no regresa anclado a un mero
registro de la memoria, sino que iza velámenes para emprender una travesía
existencial que no está exenta de dolores y desdichas.
Recreada la imagen a partir de la
vivencia, ésta se hace poesía claroscura, vislumbre sombrío, dialéctica de
contrarios, que recrea la poética de Secaira, escrita en un muro en penumbras
donde cuelgan versos de un poeta dolido por un pasado que se escabulle y
escamotea la dicha de un presente de añoranzas urgentes.
Por lo menos he llegado lejos en la vida
/ conozco mis miedos / me sobrepasan
Dijimos hace un tiempo, a propósito del
recital Seis poetas Seis voces, donde Secaira dejó oír la suya: “Asistir a un
recital colectivo de poesía en un mundo de comunicaciones virtuales, discursos
parafrásticos y simulaciones electrónicas es, en definitiva, una tentativa que
bordea la más flagrante utopía. Significa volver a recobrar la fe en la palabra
que busca la emoción, como condición poética esencial.” Y no nos equivocamos.
La palabra poética de Secaira nos
devuelve, por antonomasia, la fe en lo real, sin simulacros. Lo reiteramos una
vez más: Juan Secaira, poeta
del desencanto, el descrédito de lo circundante es lo suyo: Encontrar la belleza en eso que
dicen fealdad. ¿Un antipoeta,
que acorrala al verso en su propia antítesis? Como
un calambre fue la felicidad / Imprevista reacción del espíritu
ante la eventualidad del diario vivir. Su
poesía es la de un vaticinador de antípodas de aquello que no llega a ser: La vida nos lleva / Víctimas
no somos / Solo extraños. Y así vaticina: Nadie más tocará nuestra sangrante
belleza enajenada, violada y dispuesta a escabullirse.
¡Vaya oficio de hurgar y evocar en las
densidades del ser aquello que no fue o será! Aspiración dual de un ser y no
ser que trae consigo esta poesía inhóspita que no se deja habitar fácil por las
emociones del lector, porque está ahí como un presagio, un designio, una verdad
largamente fermentada en la encimas del alma atribulada del poeta. En semejante
trance la poética de Secaira es conmoción y emoción, como diría Ezra Pound.
Cuando el jurado otorga un premio, se
hace eco de las resonancias de un poeta y asume la responsabilidad de
entregárnoslo entero, en sus aciertos y desaciertos. En esa medida, el libro No
es dicha, galardonado en justa lid, no es una obra premeditada, no es un fruto
perfecto, sino un soplo esencial de vida que intenta persuadirnos de que la
poesía es la búsqueda de una emoción a través de la palabra.
La poética de Juan Secaira en su libro No es dicha, vislumbra con
certeza el otro lado de aquello que no es dicha. Insinuante tentativa que, por contraste,
nos remite a un mundo de plenitudes, añorado como una ausencia. Sugestiva promesa trae consigo el instante
poético de No es dicha:
la esperanza gesto desapercibido que
vuela, como atisba Juan Secaira.
Este poeta itinerante, de vislumbre
sombrío que es Juan Secaira, en su segunda edición de No es dicha, que pongo a
consideración de ustedes, nos remite a un reencuentro con una poesía necesaria
y de servicio público. Nunca un gesto privado tiene tanta significancia
colectiva que cuando quien lo ejecuta tiene una clara vocación de servir. ¿Para
qué sirve la poética de Juan Secaira? Pues para alumbrar y vislumbrar el
camino, para destellar entre vericuetos de un mundo absurdo que habitamos
definitivamente solos; lo dicen sus propios versos:
Como si vivir fuera contener la sangre
hasta que a borbotones explote.
viernes, 28 de junio de 2013
Del No es dicha en Librería Española
Gracias a todos los que acompañaron esa noche, su presencia le dio sentido a esos momentos, y a quienes ayudaron a que el evento saliera excelentemente bien. A quienes participaron y demostraron que se pueden hacer cosas sin perder la libertad. A Ana Fernández, Leonardo Parrini, Eduardo Varas, Andrés Cárdenas y Tatiana Paredes. Especialmente, a Santiago Estrella Silva por haber filmado y editado este video. Ahh, y para mí la poesía, como la vida, es el espacio de la incertidumbre, del conocimiento y de la aventura, por eso no me interesa explicar lo que hago, tampoco hacer estrategias o intentar controlarlo todo para que, vanamente, resulte perfecto, y por ende, impostado e inhumano. En ese sentido, está inmersa la ética, y en respetar la estética propia y la ajena. Abrazos a todos, ahora la vida me lleva por un tiempo por otros rumbos, en desafíos tenaces y a la vez hermosos, pero quedan los versos, la palabra, lo innombrable del estar.
http://www.youtube.com/watch?v=dlJQBE7iMdE&feature=youtu.be
http://www.youtube.com/watch?v=dlJQBE7iMdE&feature=youtu.be
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