viernes, 31 de julio de 2026

LA PERFECTA MAQUINARIA DEL ADIÓS Presentación del libro de Juan Secaira Velástegui, por Silvia Stornaiolo






Presentar el libro de un amigo es un ejercicio bastante peligroso: una intenta hablar con la seriedad que merece la obra de alguien con quien hemos pasado años haciendo todo lo posible por perder la compostura. Juan y yo nos conocemos desde hace casi quince años. En ese tiempo hemos compartido una buena cantidad de aventuras por la ciudad: muchas tardes en algún café de la Amazonas o en el restaurante griego, conversando, riéndonos y tomándonos casi todas las cervezas del lugar.

Siempre nos hemos reído muchísimo. Cuando estoy con Juan, algo se desordena para bien: volvemos a la adolescencia, a ese momento en que la ciudad parece una promesa, una conversación puede alargarse por horas y una mala idea todavía tiene posibilidades de convertirse en una gran historia. Con Juan suele ocurrir todo junto: la conversación brillante, la carcajada y la mala idea. No necesariamente en ese orden.

Por eso, leer La perfecta maquinaria del adiós ha sido para mí una experiencia doble. He leído al poeta, con la atención y el respeto que exige una obra compleja; pero también he leído al pana, al hombre cuya risa conozco, y he encontrado que esa risa sigue allí, incluso cuando el libro entra en las regiones más ásperas del cuerpo, la enfermedad, el miedo y la despedida.

Este libro se mueve entre el verso, la memoria y la reflexión. Su fragmentación no es un capricho formal: reproduce una experiencia en la que el cuerpo, el tiempo y la vida cotidiana han dejado de avanzar de manera previsible. Cada fragmento parece recoger algo que podría perderse: una imagen, una calle, una canción, una conversación, la familia, el arte o el movimiento. La escritura se convierte así en un archivo de resistencia y presencia.

Quiero detenerme en un primer fragmento:

Los esfuerzos carecen de brillo;

las goteras malgastan el invierno;

voy sintiéndome solo.

Estos versos producen una emoción profunda porque el dolor no se anuncia: se va filtrando. La imagen de las goteras convierte la casa en una prolongación del estado interior, y el verbo «malgastan» hace que incluso el invierno parezca consumirse inútilmente. El último verso, «voy sintiéndome solo», no habla de una soledad repentina, sino de una que avanza poco a poco. Hay aquí una correspondencia entre paisaje, espacio doméstico y subjetividad: lo exterior expresa aquello que el ser humano apenas consigue nombrar. Juan logra que sus imágenes contengan una tristeza inmensa.

— —

La perfecta maquinaria del adiós habla desde un cuerpo herido, pero nunca permite que ese cuerpo sea leído desde la lástima. Esta diferencia es esencial. Podríamos hablar de una poética de la corporalidad: el cuerpo no aparece como un simple tema, sino como el lugar desde el cual se perciben el mundo, la ciudad y el paso del tiempo. Lo que vemos no siempre es cómodo. Vemos una ciudad que puede ser hermosa y cruel; una ciudad de calles, gradas, veredas, rampas imposibles y automóviles que no dan paso. Quito deja de ser un paisaje decorativo y se vuelve una prueba física. Quienes hemos caminado sus calles de madrugada, creyéndonos invencibles —o por lo menos bastante más jóvenes— conocemos otra versión de esa ciudad. El libro nos obliga a reconocer que una misma calle puede ser aventura para unos y barrera para otros.

En ese cruce entre fragilidad y lucidez aparece este segundo fragmento:

Mucho antes, aprendí que el silencio,

ese silencio prolongado y asfixiante

es aún peor que lo que nos duele y nos aterra.

Aquí el silencio deja de ser una ausencia y se convierte en una presencia que oprime. La repetición de la palabra «silencio» intensifica la sensación de encierro, mientras los adjetivos «prolongado» y «asfixiante» le dan duración y cuerpo. Este verso amplía la experiencia individual: habla de aquello que «nos» duele y «nos» aterra. Ese paso del yo al nosotros es fundamental, porque transforma el testimonio personal en una experiencia compartida. Poéticamente, Juan consigue decir que callar el dolor puede ser todavía más devastador que padecerlo. Por eso este libro conmueve: porque rompe ese silencio y nos permite acompañar lo que antes parecía imposible de comunicar.

Hay además algo que admiro mucho en este libro: su capacidad de incluir referencias literarias, musicales, cinematográficas y artísticas sin convertirlas en una exhibición de conocimientos. Esas presencias forman una comunidad. Cuando el cuerpo restringe ciertos desplazamientos, la imaginación abre otros: aparecen autores, películas, canciones, recuerdos familiares y figuras del arte que acompañan. Leer y escribir no son actividades secundarias; son maneras concretas de seguir habitando el mundo.

Y allí reconozco al Juan que conozco. La inteligencia nunca llega sola: llega con humor, con curiosidad, con una asociación inesperada y, muchas veces, con una risa que desarma cualquier solemnidad. Esa risa no contradice la gravedad del libro. Al contrario: la hace humana. Reír, en estas páginas y también en la amistad, no significa negar lo terrible; significa impedir que lo terrible tenga la última palabra.

Voy a leer un pequeño fragmento

El mar,

encantamiento,

resistencia y desate.

Son apenas tres versos y, sin embargo, abren un horizonte. El primero nombra; el segundo transforma; el tercero reúne dos movimientos: resistir y soltarse. Desde una lectura simbólica, el mar representa una fuerza que no puede fijarse ni encerrarse. La palabra «resistencia» podría sugerir rigidez, pero «desate» la vuelve movimiento, liberación y deseo. Esta condensación es una de las virtudes de la poesía de Juan: una imagen concreta adquiere espesor existencial sin perder su música.

Esa combinación de resistencia y desate me parece fundamental para comprender el libro. Aquí resistir no es posar de héroe ni fingir que nada duele. Es escribir incluso cuando escribir cuesta; mirar incluso cuando la realidad incomoda; conservar el humor, el deseo, la rabia, la ternura y la capacidad de asombro. Y desatarse es permitir que todo eso entre en el poema sin pedir permiso.

La perfecta maquinaria del adiós podría parecer, desde su título, un libro dedicado al final. Sin embargo, para quien se adentra en sus páginas, es también un libro sobre la presencia. La maquinaria del tiempo avanza, sí; el cuerpo cambia, la enfermedad impone sus reglas y la despedida deja de ser una abstracción. Sin embargo, frente a esa maquinaria, la palabra hace algo extraordinario: detiene un instante, lo vuelve compartible y consigue que otra persona lo habite. La poesía no cancela el adiós, pero evita que ocurra en silencio.

Después de casi quince años de amistad, sería fácil venir aquí y decir que conozco muy bien a Juan. Pero los buenos amigos y los buenos libros se parecen en algo: siempre guardan una zona que todavía no conocemos. Este libro me mostró a un Juan íntimo, feroz, vulnerable, culto, irreverente y profundamente atento a los demás. También me confirmó algo que ya sabía: detrás de la gravedad hay una fuerza vital que insiste.

Quienes estamos aquí no hemos venido solamente a acompañar la aparición de un nuevo libro. Hemos venido a encontrarnos con una voz que ha decidido no callar, incluso cuando el dolor pretende quedarse con todas las palabras. Y eso merece una lectura atenta y también una celebración.

Juan, gracias por tu amistad, por las conversaciones, por las carcajadas y por esas aventuras que, por prudencia editorial, seguirán inéditas. Gracias también por recordarnos que la literatura puede mirar de frente a la pérdida sin perder la belleza; que puede hablar de la fragilidad sin renunciar a la fuerza; y que, aun dentro de la perfecta maquinaria del adiós, seguimos siendo capaces de provocar una falla luminosa: un poema, una risa, un amigo.

Celebremos este libro de la mejor manera posible: leyéndolo. Abrámoslo sin defensas y dejemos que nos conmueva y nos acompañe. Porque hay libros que se terminan al cerrar la última página, y otros que recién entonces comienzan a vivir dentro de nosotros. La perfecta maquinaria del adiós pertenece a estos últimos.

viernes, 17 de noviembre de 2023

Eutanasia sí


Soy Juan Secaira Velástegui y sufro de ELA. vejiga neurogénica y dolor crónico , y digo sufro porque te cambia todo, transforma tu realidad de forma espantosa y constante, pero no debe quitarnos jamás la dignidad.

Por ello, estoy de acuerdo con la aprobación de la eutanasia, como un derecho de las personas con enfermedades progresivas, degenerativas y terminales a decidir qué hacer con su existencia. 

Los enfermos, históricamente, lo que menos hemos tenido son reales derechos. Lo primero que nos ha quitado esta sociedad excluyente, y en ocasiones nuestro entorno más íntimo, es el poder de decidir por nosotros mismos y según nuestros anhelos y preferencias. Muchos enfermos han sido escondidos, humillados o simplemente botados a la calle.

Incluso las religiones hablan del libre albedrío, de la toma de decisiones individuales, y ninguna creencia puede ocasionar, con su testarudez, más dolor al dolor.

La ley protege nuestra libertad de expresarnos, más cuando este es un pedido honesto y valeroso de una persona que tiene sus razones para invocar a la eutanasia, sin que por ello deba ser puesta en tela de juicio o de reprobación. Es su derecho, y, por tanto, no entendería que se lo nieguen, pues esta acción, la de oponerse a su petición, vendría a ser inhumana, injusta y brutalmente violenta.

Si la mayoría de personas que opinan en contra no se han preocupado jamás por los enfermos, con qué cara podrían, en estos momentos, actuar de una manera hipócritamente moralizadora o con el prejuicio de pensar que el sufrimiento es parte de la vida y que debemos aguantarlo en forma silenciosa y hasta sumisa.

Dichas voces murmuran acerca de algo que desconocen, y lo hacen solamente por ignorancia, egoísmo y por el sentido ciego de proteger el status quo como si fuese inamovible y perfecto. Y no lo es.

Por eso escribo esto. No para producir lástima ni para pedir un favor, sino para exigir un derecho, que ya otros países lo tienen.

La eutanasia permite partir de este mundo dignamente, como debe ser, con la cabeza en alto y sin padecer, sino con paz y alrededor de nuestros seres queridos; en un momento relajado, sereno y conectado con el entorno y con nosotros mismos.

Miro con ojos de admiración y respeto a Paola Roldán y a su deseo, que nos atañe a todos y repercutirá en que otros enfermos tengamos la libertad de tener la posibilidad legal de asumir qué hacemos con nuestra vida, sin necesidad de escondernos, de suicidarnos clandestinamente, de vernos perdidos e impotentes y de, con esas acciones, causar un trauma irrecuperable a nuestros seres queridos, haciendo de nuestra muerte, ahí sí, una tragedia absolutamente desgarradora. Innecesariamente.

domingo, 16 de octubre de 2022

Ropa y lluvia

 

             Fotografía de Micaela Cáceres 

¿A qué sabe la tristeza?, ¿el enojo?, ¿el terror?

 

El azar será el que decrete o se manifieste en el punto exacto donde la aventura se plasma en el tiempo y deja de tener la emoción del inicio.

 

Ninguna pastilla se toma igual a otra, ninguna causa los mismos efectos, nunca. Cada una llega al cuerpo con sus propias decisiones, con la mezcla que nos envenena para curarnos o al revés.

 

Lo puro no existe.

 

Tragar, aguardar, moverse mínimamente para maximizar los efectos. Esperar que llegue lo consabido, pero teñirlo de sorpresa, de asombro. ¿Esto es la vida?

 

Descubrir el mundo todavía es posible.

 

La esperanza es la bola de nieve que frente al sol amortigua el golpe.

 

La lluvia enfría, pero también resguarda y me acerca a la infancia: al cuarto donde luchaba con muñecos de acero, con canciones en otro idioma, con páginas de revistas dobladas, antiguas, descoloridas.

 

Hace mucho que no me subo a un bus; por obvias razones. Una vez, cuando era adolescente, me caí de uno y me lastimé las rodillas. Era de noche, rápidamente me levanté y, como pude, llegué a la esquina, me senté; a tropezones caminé las dos cuadras que faltaban para llegar a casa. Me alegré cuando me abrieron la puerta, estaba oscuro, nadie vio mi sangre. Me encerré en mi cuarto, dejé que el calor de la emotividad cesará, me quedé dormido.

 

¿La vida también es esa sangre?, ¿esos descuidos?, la desafiante y ciega inercia de la juventud.

 

No tengo noticias de las personas más cercanas, pero sí de alguien que no había visto desde hacía veinte años. Y volvemos a charlar como si nada. La volatilidad de las relaciones, la trampa del tiempo que el tiempo distribuye en un juego de naipes nuevos con viejos números; los números de un pasado atento y movedizo.

 

Mi ropa está mojada, y sí, me siento solo. A veces.

 

Recibo ofrecimientos cada tanto, la mayoría no pasan de ser lo que son. Nada más.

 

No comprendo el recelo, la desilusión, el embate de las palabras en el trance de un segundo. De dos. De tres.

 

Antes, cuando salía de las citas médicas, me sentía despojado, vacío, inerte, zombi, claustrofóbico de mi propio cuerpo, atónito, cansado.

 

Los doctores de aquella época solían señalarme con sus dedos, agredirme con el ceño fruncido de su inoperancia, rayar en una receta las más disímiles combinaciones para ver si así me tranquilizaba, me dejaba de doler, de joder.

 

Bajaba en el ascensor, caminaba unos pasos, me sentaba afuera, intentaba ordenar el desorden en mi cabeza, me dirigía a un lugar más seguro, al centro donde podía explayarme.

 

Con el tiempo, comencé a cuestionar a los galenos, a pedirles explicaciones, a abogar por mi vida, por mi presente. Transcurrieron años hasta que llegué a otros doctores, con una visión distinta. Enseguida me hicieron los exámenes, tomografías, resonancias magnéticas, los estudios que correspondían.

Me trataron con concentración y constancia, fui asimilando el proceso, ya no me sentí tan solo, ya la sensación de hastío dio paso a una impresión neutral, más llevadera al menos.

 

Necesito encontrarme, no en respuestas médicas ni científicas, tampoco en discursos generales que nada dicen; necesito hallar algo, me imagino que está por ahí, jugueteando en el imaginario de mis deseos, un Aleph, aunque sea roto, una metáfora, un gesto, una confidencia, un refugio.

 

El granizo rompe el techo de zinc y el sonido me aturde; no reacciono. Cierro los ojos, me concentro en la lejanía, en la montaña a la cual ascendí una vez; veo a mis hijos corretear felices, sus palabras armonizan con el aguacero. Me siento desecho, pero contento.

 

Escribo con la mano izquierda, ejerciendo mi derecho a hacerlo.

 

A no justificarme ni dar explicaciones que busquen esa aceptación tan cruel que vive en el desinterés.

 

Los últimos días han nacido con el agotamiento en sus raíces; cuando aquello sucede, no me opongo. Sé que después, en algún fragmento del día, aparecerá la vitalidad, vestida de lila y saltando frente a mí; en lugar de sostenerla, la miro y la masacre que corre por mis venas, baja la intensidad, y soy capaz de bailar, de entregarme al amor, de soltarme.

 

La belleza se asemeja a la sobrevivencia en una habitación gris.

 

Estoy empapado y contento. Dichoso y sin esmero. Ni cautivo ni truhan.

 

El agua cristalina y su sonido se entrelazan y sacuden el cuarto, retumba el viento y las gotas marcan las ventanas en huellas suturales.

 

Entreabro los ojos. Me reclino en el sillón. La sala se va llenando de agua, que parece el cobijo de las nubes o la neblina que sale de los hospitales enigmáticamente densos.

 

No avanzo a moverme más que para palpar mi ropa: la lluvia no deja de gustarme.

 

viernes, 7 de octubre de 2022

MOTRICIDAD


En 1595 se inventó la silla de ruedas, su autor se desconoce, y fue realizada para un rey. Mas, esta condición tiene su propio reino, el apego a unas interrogantes que crecen cada día, forjadas en la piel desnuda, desprendida, irreconocible.

¿Alguna ocasión se reconoció la piel, la carne, en su totalidad? O solo fue funcional al acto de mover un cuerpo, de respirar, de alimentarse, de estar en el mundo sin profundizar, sin tanto trámite.

Una silla, más rústica, fue creada por los sumerios, en el año 4.500 A. c.

Los humanos siempre se han dado modos para sobrellevar su realidad; también, claro, han sido hábiles para lo contrario, para destruirse en guerras tremendas. He ahí la contradictoria y fatigosa historia, pulida por el brillo y la decepción que colman y despliegan la aridez en los círculos geográficos, biológicos, anímicos.

En la mañana suelo ceder y levantarme como un aviso importante de que estoy vivo. He dormido unas cuantas horas; en la madrugada, un invisible golpe en mi costado derecho provoca que me despierte sobresaltado y que me levante y me lamente ante el dolor insoportable. He resistido cuanto he podido. El territorio del dolor no es un privilegio ni un aliciente. Es un marco cruel de una fotografía descolorida no solo por el tiempo.

Aunque observe de reojo a mi enfermedad, ella lo hace atentamente y sin perderse un segundo, traza con su filo el dibujo donde me desvanezco. Voy desvaneciéndome en etapas ligadas a otras etapas, en un rompecabezas de sucesiones y neuronas.

El cuerpo, sus partes, se funden con la angustia en una expresión gigantesca y, a la vez, silenciosa e inexplicable. Qué le digo al doctor que me atiende en estos momentos. Cómo le explico cuánto me duele. Él mira mi cara y ella contesta por mí. Dimensionar lo que ocurre sería como desechar el misterio detrás de una obra humana, una obra de arte, un invento. Desterrar la ilusión de poder estar bien, a ratos, sería la manifestación fúnebre de un final.

El dolor de aquella madrugada se encuentra en el espacio de los no recuerdos, en la historia clínica, en las palabras del doctor: “la enfermedad sigue su curso degenerativo; podemos frenar su velocidad, no su camino”.

Entiendo lo que me dice, pero no me someto a ser un sujeto pasivo, no quiero serlo, no me anima ver mis huellas como un pasado inerte.

Si los recursos son limitados, por lo menos y por lo más, son todavía impresiones válidas, realidades que también merecen su espacio.

Y, sí, ayer se me cayó de la mano la cajita de colores que llevaba al cuarto para seguir pintando. No sentí el percance sino cuando vi los lápices en el suelo, rodando a discreción, algunos debajo de la cama, otros detrás de la puerta.

La cotidianidad se concibe según un patrón que no puedo respetar, pues me convertiría en un mueble o en una estatua si lo hiciese. Tengo que moverme, tengo que buscar, hurgar, vivir, seguir, aunque el trayecto sea inestable.

Plasmar en el espacio la palabra que subvierta y sugiera. Que atenace y suelte para salir disparada a otro lugar.

Freno mi silla de ruedas con mi mano izquierda, la que me sirve aún, de forma violenta, el automóvil pasa a toda velocidad. Si no lo habría hecho, me hubiera impactado contra él, en condiciones fatales. El amigo que empujaba mi silla también se asusta, afirma que los carros deben frenar cuando nos ven, que nosotros tenemos que educarlos, y que no ponga así mi mano en la rueda porque es peligroso. Pienso que más peligroso hubiese sido chocar con el automóvil. Pienso que lo único que quiero es llegar a mi casa. Siento que él cree que mi silla de ruedas es poderosa, mágica, santa, y que todos nos deben abrir paso. No es así.

No digo nada y seguimos el trayecto, al margen hay algo que no se entiende, qué se siente ser llevado por alguien en una silla de ruedas, de qué manera se ven las cosas desde ahí. Son tantas sensaciones, la secuencia luce tenaz, en cierto modo, paralizante.

Surgen dudas, pero no ha llegado todavía el momento de rendirse; solo se trata de una experiencia más, de algo que sucedió y se debe mejorar para que no vuelva a sorprendernos.

Jugarse la vida cada día posee mucho de irreverencia, de travesura, de rebeldía. No me quejo. Tampoco puedo controlar nada. Y eso me gusta.

Ser una nave a la deriva con tantas cosas dentro. Y ver que las personas se acercan y me miran a los ojos, se interesan, cubren mis días con la frescura pintada en los rostros, con la alegría del instante sin manchas ni dogmas que traben la aventura de permanecer en este mar, así, encaramado en lo más alto, reinando mi propio naufragio en la íntima hazaña a pleamar.

Muchos pacientes le han puesto otro nombre a esta enfermedad, para aliviar su contundencia; nombres de personas o de algo que nada tuviese que ver. Prefiero nombrarla a secas, con las tres letras que la mayoría de personas conoce por un desafío que se hizo hace años, en el cual los famosos se lanzaban agua con hielo, y apoyaban con fondos. Es lo que se sufre, lo compruebo cada día: un tremendo chapuzón de agua helada, lanzado con violencia y haciendo que el cuerpo se quede inmóvil y asustado. Sí, asustado, frío, impactado.

En ciertos momentos soy consciente de que llevo en mi cuerpo la magnitud de un daño que jamás pedí ni causé. Luego hago como si nada y sigo el itinerario que voy boceteando y tachando con mi motricidad.

lunes, 27 de junio de 2022

Tránsfuga

 Como el humo o las nubes 

que entre nubes se esconden, 

se puede guardar algo, 

mas no ocultar lo inocultable.


Faltan sujetos y predicados para dialogar, 

el barrio sumergido en hélices 

de fieros helicópteros, 

manifestantes legítimos, entronizados otros,  en eso que se llama caos, oficial o pagano, mientras el poder inhumano se resguarda y empequeñece en discursos vacíos. 


También me manifiesto, puedo, 

tengo derecho, 

aunque solo me quede 

la mano izquierda para lo que resta 

y vaya dejando estelas 

sobre la desafiante oscuridad 

que también flamea.


Todo es ruido e incertidumbre, 

pero escribo, 

siempre lo he hecho entre el ruido 

y la incertidumbre. 


El tiempo me pasa factura en incómodas cuotas que sustento con la clave de sol 

de mi voz expuesta y herida.


No me siento triste por la enfermedad, 

que no es un fracaso sino la tensa revelación de mis propios límites corporales, anímicos, diestros, siniestros.


La relatividad de las formas que deforman 

sus colores.


Hoy mi madre ha llorado sin consuelo 

al percatarse, como un golpe de luz, 

que mi cuerpo se va despidiendo, 

rebelde y libre. (In) cansable.


A qué clase de personas no les duele su país, sus madres, sus hijos, su realidad, 

sus enfermos, sus raíces.


A mí me duele, y Perseo va dejando paso 

al eco distante de la tránsfuga posesión 

del abandono.

jueves, 28 de abril de 2022

Tengo miedo torero

 


En medio de la vorágine social del momento, de la violencia atroz, la desigualdad, la ignomia y la prepotencia de la dictadura pinochetista; en ese marco de convulsión y violencia, se gesta una historia de amor que, como todas las historias verdaderas, se manifiesta con su propia potencia; no obstante, es un amor imposible, y, por eso mismo, intenso y libre.

El punto más fuerte del relato es la puntillosa descripción de detalles, que yuxtaponiéndolos crean un muestrario de la época, los años ochenta.

Pinochet luce cansado, huyendo con su indiferencia del acoso de su esposa, despreciando a un cadete porque lo ve con gestos amanerados y, sin más, lo expulsa de la milicia en un acto cruel y de suma injusticia. Y esas acciones conllevan a que se vea sumido en pesadillas que lo atormentan y acaban por conferirle un rictus avinagrado y desagradable. Todo lo que lo rodea representa la muerte, la maldad, la ignorancia, en contraste con los protagonistas, que, desde su origen humilde, dan la verdadera lucha cada día.

El final deja entrever que La Loca del Frente y Carlos saben lo que siente el otro, pero que la circunstancia perdurará en la imposibilidad de llevarla a término.

Una característica original de la novela es el manejo del lenguaje, no por nada Roberto Bolaño afirmó que Lemebel era el mejor poeta de su generación. Un lenguaje oral, con un discurso sin pausas, con diálogos que dicen, pero también ocultan, con un velo que recorre la novela y convierte sus capítulos en impredecibles; con una prosa trabajada y poderosa.

Porque la vida es así, compleja, caótica y plural.

“Amores de folletín, de panfleto arrugado, amores perdidos, rastrojeados en la guaracha plañidera del maricón solo, el maricón hambriento de besos brujos, el maricón drogado por el tacto imaginario de una mano volantín rozando el cielo turbio de su carne, el maricón infinitamente preso por la lepra coliflora de su jaula...” (p. 30).

 

viernes, 24 de julio de 2020

Tercera entrada

Se envuelve la noche


Cuerda


Viernes


Dónde la noche



Un momento en el aire



Posa



Es el humo



Sábado. Frío


El árbol en curva


Toque



Golpes de imaginación 



A la orilla inaudita



Franja



                                                            Amplitud de ondas expansivas



La voluntad de seguir




Tráquea



El amor no se pide




Barranco

                                                                                    
                                                                              
                                                                    Flor de azar


                                                                                      Pisos
                                                                            


                                                                    Incógnita





Acumulativa multiplicación sin panes



Ánimo


Como un golpe en la cabeza


El organismo se subvierte


Expedición


La canción que no entona


La flecha que se extingue



Neurointermitencias


No cualquier sombrero


Una manera de vivir


Unos brazos



Elástico


                                      Celebraciones





                          Instante                     
   








Silueta





                                                                                Ver
                                                                                 
Todo terreno


Títere


Seno


                                                                           Samurai
                                                                     
                                                                            Rocker

                                                                          Reflejo

                                                                       Póster

Pelado


Pared



                                                                              Pan





                                                                     Neurológico



                                                                                    Dilema





Gesto


Gafas




Frecuencia



                                                                               Flor




Esporádico


                                                                      Espina


Espada


                                                                               Entraña
       




                                                                    Cucarachita




                                                                       Charla



                                                                        Boxing
 




Artista


                                                                         Al cielo


Dos


                                                             Algo pálidos



                                                       Aretes




Baterista



Brinda



Damas chinas




Desintegra


                                                                El profesor


Eugenio



                                                                      Evocado



                                                                    Francisco
                                                                                 

Granizo




I, II, III



Keanu



La parquita


La soledad


Mascarilla



                                                            No pop



Red

                                                                          Selvático


Sócrates


Ejercicio nervio temporal