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martes, 24 de mayo de 2022

MERCADO

 

El mercado Santa Clara está a unas cuadras de mi casa.

Voy, piño a piño,

paso a paso,

con el apuro de la pausa,

de bajar y subir

con sigilo.

 

El bullicio me gusta,

me emparenta con el barrio.

 

Caserito, dicen las jóvenes vendedoras.

Caserita, respondo.

 

Busco lo que he venido a comprar.

 Alfalfa para la conejita

que salta y disfruta con nosotros

desde hace un mes.

 

Gestos de contradicción.

 

La calle es así,

a veces nos pega en el rostro con violencia;

a veces, con magnanimidad.

 

Cruzo el mercado,

con una mano llevo la bolsa de compras;

me siento adolorido.

 

Vengo solo, pero no estoy solo;

diferencia atribuida a los sentimientos

que pululan como avispas,

como abejorros,

como luciérnagas.

 

El aleteo de las palabras es leve,

son vuelos atentos,

reproducidos,

particulares.

 

Veo uniformados

y me cambio de vereda.

 

Mi camuflaje no uniforma

ni pretende hacerlo.

 

Tampoco pienso en por qué

no razono

acerca de mi enfermedad,

porque eso sería ya razonar;

algo que no quiero hacer.

 

Suelto, no me conceptualizo,

paso la avenida,

llena de huecos y desgastes.

 

Llego a mi destino,

a través de la ventana principal

no me veo.

 

No.

jueves, 9 de noviembre de 2017

anima d versión

Desde cuando dije que me sentía mal por primera vez
y huyó el niño y apareció el lobo para quedarse

una franja obstinada es el mal
entero para no sufrir ni llorar

pero hoy se cayó mi hija
¿y cómo le enseño a cuidarse de un ataque por la espalda?
pero tampoco un accidente puede generar ciegos culpables

pequeñas representaciones de lo que vendrá

tiemblo y no de temor al escribir esto
sensaciones de vértigo y abismos desde la cabeza
el mar en una habitación cerrada
la frecuencia que llega a destiempo

pena de suertes para los que culpan al paciente de su enfermedad

pero el don y la herida son más profundos

se juntan en el paisaje que borra esta ciudad
donde lo difícil es no perder la cordura
tampoco rendirle honores a una locura latente

un ancla que se lleva el cielo a otras nubes
una patria viviente en ojos cerrados
en la sorpresa de un amor
en el leve roce de un canto 

en la mansión de libros para vivirse y desvivirse
con la confianza de frenar a los días malos
ir tachándolos en un calendario opaco

pocos se deprimen junto al mar
porque el mar es luz
constante rumor en los oídos
voces que no causan risa
flores para una fiesta descomunal
donde el mar es una idea para siempre

no se puede compartir el dolor
es lo único propio
y estos dedos y el diagnóstico como una caja de pandora
y la calamidad y la alegría
y el comprender que el cuerpo es lejano
ajeno
huir de las verdades absolutas
de las súplicas y la distancia
tramar el ritmo de los años
y divertirse formando piezas
de un rompecabezas imposible para hoy

(leer esto y obviar la creencia de que quien escribe está bien o mal, porque el último poema está escrito como si en verdad fuese el último poema, por si la vida y las moscas).

viernes, 20 de diciembre de 2013

Sigamos soñando aunque se ha perdido la metafísica de la irrupción del eje mediante el cual se regeneran las arterias para elaborar una imagen aproximada a la consecución de un éxito farragoso.

                                            Obra de Luigi Stornaiolo

I

Un viaje turbio
estanques en la garganta tronada en segundos. 

El virus ahora en el cuello trayecto atorado en aspiraciones de fuego. 

Subimos de la mano de una luz
exhalaciones 
de un dios pordiosero

cubre una jaula al ave construida en papeles sin letras
narices quebradas 
y una
palidez.


II

Una cobija azul siempre azul y una sentencia entre las sábanas tocadas por el resplandor del despecho.

Responde con un gesto indiferente alelado mecánico. 
Alza su hombro 
el que le queda 
mueve su mano la que resta y se sumerge en la lectura: huimos todos huimos.

Soñar en un futuro parece pretencioso en ese galpón de paredes desnudas y rellanos sucios.

¿Hubo una voz?

Toma sus pastillas. 

Los recuerdos como venas se deslizan 
hincan y no siempre lastiman.

Su madre le ha dicho nuevamente esa mañana: Ya falta poco. 

Ríe una vez más mientras el agua cubre la estancia.

III

Deformación.
Mudarse a la otra mitad del cuerpo.

Desde ahí
contemplar lo que queda
con un dejo infantil.

Porciones de medicina, ciencias y artefactos
vino, páginas
y alguna acción 
que se suponga 

final.

domingo, 14 de julio de 2013

Poemas de De la ligereza o velocidad que también es perfume

Poemas que integran la antología de poesía ecuatoriana De la ligereza o velocidad que también es perfume, Fondo Editorial del Ministerio de Cultura del Ecuador, Centro Cultural Dulce Maa Loynaz, 2012.


ARTE POÉTICA

Lucidez lóbrega. El poema supera al racionalismo del discurso que busca limitarlo. Renegar con pudoroso atrevimiento. Lanzarse, horadar en elusivo trampantojo. El delirio de la fe indescifrable, incesante, irónica; en la destrucción una epifanía sin ningún patetismo. La belleza en eso que dicen fealdad, que dicen vida, que dicen gancho al gado.

1

En el talud estaba la respuesta
se resbalaba cadenciosa, se iba, se iba viva en la sombra de la espera
sin reclamos decía, se decía, alzaba su voz
hasta que la tierra la convirtió en pregunta.

Como un calambre fue la felicidad
imprevista reacción del espíritu ante la eventualidad del diario vivir.
Congelado el brazo, cúmulo de venas locas por escapar de ese cuerpo vertido en una copa de pastillas.

Que a nadie se culpe de la mutilación, que nadie alce la mano y diga presente.

La lava está enferma, el ser catatónico asiente con la voluntad del perseguidor afligido y vestido

de blanco.

En el talud una respuesta se resquebraja y corta la presencia
un espasmo convierte a la experiencia en un cuadrilátero sosegado
fantasmales rasgos transforman las respuestas en mercancía líquida.

2

En la música las lenguas se conforman.
Contenerse o morir, contenerse o convertirse en otra marioneta,
vomitarlo todo.

La cobardía anuncia una salida, ejecutar la melodía del adiós se convierte
en un fulgor imposible, el diablo sopla y existe.

La mentira ha regresado con la última noticia de TV, el agua turbia se asemeja a un río pobre
al costado, en la orilla un hombre espera,
su finitud se hace infinita, el agua no lo limpia.

Comer lastima el sentido, descifrar su vida lo descoloca aún más.
La tórrida esperanza se convierte en un esperpento de dientes enormes.
Las cenizas no bailan, el desastre de sus piernas le hace quedar mal,
sin embargo acaricia ese cabello, ese rostro que jamás será.

Un ogro que recoge los pasos cada madrugada borrando de la memoria
los nombres de mujer
las caderas, los culos, los labios.

Un espectro que manda todo al diablo, la carga en la espalda
como un amasijo de tareas por hacer.
El equilibrio es el delirio del sentido más frecuente.

La risa cuesta, la cara cuesta, esa mueca que cruza y hay que atenazarla, vestirte con ella.

La maldad cruje y se aferra, somos eso nomás. No más.

Aunque algunos decidan cantarle a la tecnología o increpar a los poetas
o rebuscar entre sus cuadernos universitarios la tarea que tan bien hicieron.
Insuficiente es la nieve para cubrir
nos.


3

La humedad es mía, hundida en el recuerdo de la vez que desesperado entré al baño de un hospital y me comí ese polvo hasta atorarme, hasta volcar
mi garganta en lamentos desparramados por esas calles rocosas.

La boca se me durmió y luego los dientes sonrieron, yo sonreí con la sensación siempre ahí
con el cuerpo abriéndose al aullido. Imploré un descanso y las venas se rompieron como el trago de cada día presagiando
la desdicha de la repetición, un adelanto de la muerte.

En el espesor de tu conciencia dejé mi último abrazo. Guardado.
Los hijos son una sombra que no se deja adjetivar. En ellos lo vital es el intento
la forma de sus brincos, el latir imperfecto.

El impoluto orgullo de las madres es el sostén de una divinidad
que explotará tarde o temprano y en lugar de las risas:
el llanto y las recriminaciones.

Mutilado por dentro, soy testigo de bocas dulces y amparos motivados por el placer de existir.


4

Cuando la leyenda deje de ser didáctica, la vida ejemplar del pecado, emergerán seres completamente sucios y vivos.

La letra es la primera impresión de un individuo, decía mi abuelo,
no puedo mover mis dedos, no puedo cerrar mis manos
firmar es una odisea
sentir, un holocausto.

Así ha sido esta enfermedad sin nombre.
Así y ya, sin preguntar ni pedir permiso.

Pocos saben lo que es tener un brazo muerto, pocos, poquísimos, poquitos.
Y a quién le importa
el mal funcionamiento de venas y tendones.

La vida nos lleva
víctimas no somos
solo extraños.

Quejarse es caer en la intransigencia de la voluntad ajena,
exprimir la risa hasta convertirla en una mueca
fugazmente dichosa e irresponsable.

Tu calidez
circunstancia del desobligo.

El calor del trago en el pecho, la trama oculta del desagravio.
Tu calidez limita,
abre lo poco que queda.

Era intensa pero falaz
vivía vidas ajenas, contenida en la molicie de una madre.
Las noches no sirven si las pinta otra mano enferma.

Denme una bala y lárguense de aquí.

No la nombro ni la pinto, tampoco la lleno de metáforas.
Una bala atraviesa el recuerdo esculpiendo en el cuerpo una sutura
en U.

Lo único transformable es la infancia.
El resto: esquirlas de los días en brazos.

Persigo la vena en mi mano,
la aprieto como si fuese un gusano
y yo sin sal.

Ella ha nacido fuerte y rabiosa, como sea, me conduce al desasosiego
del dolor.

Camino y el corazón exhala una protesta, aunque sabe que es tarde.
La cima es la carencia y en ella
desciende el final.

Quisiera volver a ser. O tal vez no. El desenfreno de la palabra contradice a lo que llama espíritu o al equívoco del cuerpo.  

La piedad es el peor defecto de los sin nombre, confluye la existencia
en un suspiro ajeno.

Entonces la noche nos saboreó distante y hablamos y decidimos, como viejos perdedores
no escribir para nadie más que para nosotros (si todavía hay un nosotros).

Nadie más tocará nuestra sangrante belleza, enajenada, violada y dispuesta a escabullirse.
No reconstruiremos los fragmentos, los esparciremos por la arena inmunda y brincaremos
sobre ellos como unos malditos desvergonzados, y luego los soplaremos lejos, lejos, bien lejos; para nada más encontrarlos en el siguiente
acabose.

5

Más allá del cuadro, del autorretrato no bulle un personaje, no crece quien brinca de mano en mano.

Detrás del óleo hay una mirada, solo eso, una mirada
incierta
y
extraviada.

Vemos los cuadros colgados, siniestras fauces citadinas sucumben
ante la ambivalencia del ser sumergido en la disyuntiva de sobrevivir.

Vemos los cuadros colgados, la repetición nunca es la misma.

Enormes cuadros. Diablos. Murales. Bastidores.
Colgados vemos los cuadros,
colgados nos vamos a buscarnos
otras
heridas.

6

Como en Las Meninas, de Velázquez estoy en tu espejo
despojo, reflejo, reflujo: tinieblas.

Flujo
discontinuidad
dos no marcan un movimiento
congelan su inicio en el miedo.

El tacto es un pozo, un paso a un estado abierto.

El olfato maléfico el sentido
un pincel, lazo,
lijar, marcar, perder
tinieblas: un sortilegio perdido en la oscuridad.

Tacto
olfato
infancia
asolada.

Al final la risa es lo único: frontón, pared, espada, hastío.


La queja es su contraparte, aunque a veces se unen, se molestan:
como un entronque para defender a un rey
muerto por anticipado, por avispado, por mangoneado.

Muerto de la queja, muerto de la risa.

Pero una risa y su doble.
Como la mueca irónica de Jack Nicholson, como la mueca grotesca de Mickey Rourke.

Una risa que complete el dolor
un dolor que ampara a la risa, sosiego y arrebato en una sola mueca.

Carencia y abundancia
en una carcajada desmemoriada
frágil, febril, angosta.

La palabra es la descompostura del sacrificio
equilibrio invisible, caos, late, miel.

La palabra descompone la imagen quebrada
miente por naturaleza extensiva y lunar.

La palabra enferma en la retina y lucha e intenta ser algo más que una viruta en los ojos de dios.

Solo, sola, solo, sola, solo, no te veo más que sosteniendo la imposibilidad
del sol entre los poros, en parte
cruje la soledad sin la razón, sola, sola, sola, única certidumbre bajo un manto intravenosamente
sal.

7

La progenitora de un dios menor sin ropa.

La progenitora de un dios menor
vestida de rosarios sueña en un dios mayor

se baña en lo imposible y canta, ordena, ríe, vigila la carencia, su carencia
hasta acaricia su cabeza cuando no sueña.

8

Velar la duda y esperar recatadamente el arrebato, niebla, nube, sal.

Celoso el hijo, celosa la hija, han triturado su sangre para que no se convierta en nuestra sangre.

Lo hacen jugando, traviesos en la desidia
y muere, muere, muere, agoniza, calla, muere, muere, se queja.

La línea circunspecta de la comunión.

9

Realiza aquello que más amas. Para conocer bien tu hueso, hay que roerlo, enterrarlo y desenterrarlo para roerlo más aún. Henry David Thoreau

Amasar el trueno que ha ocasionado el delirio, la cavidad del grito no dado
en donde la cifra no sirve sino para ser un cero

a ese refugio que anhela una vida, a la precariedad de la posesión inconclusa del día.

¿Quién sabe cuántas venas circulan en un cuerpo?
¿Quién, la cantidad de triglicéridos, toxinas y más?

Vislumbrar la oscuridad sin nombrarla, amasar la luz.

¿Qué es la invalidez? Vivir vidas ajenas en el murmullo de los círculos familiares

el vaivén, el calambre, la dislocación, nada dicen

uno guarda
sus puños
con descaro.


10

¡Ah el sórdido, el viscoso templo de lo humano! Leopoldo María Panero

No hay padre para odiar esta tarde
de jueves.

No hay una identidad que restituir
solo hierba y humo.

No hay, ni siquiera, un desierto
de voces hiriendo el camino.

No hay cómo bailar ni fingirse sano. Ni seres mitológicos, ni paganos. No hay hijos ni hiedras
no hay labios esperando una verdad.

Una piedra
en la mano
se mueve.

El silencio mina las fuerzas aún más que un estruendo, ni la pincelada lo libera.

Quemazón de un hielo tan duro como la piel regada por años de lo mismo.