jueves, 24 de julio de 2014
Hoy presentación de Sujeto de ida
sábado, 19 de julio de 2014
De Sujeto de ida, por Esteban Mayorga
De
Sujeto de ida
Por
Esteban Mayorga
Una posible lectura del
último poemario de Juan Secaira Velástegui surge a partir de mirar solamente
los vacíos del texto: cuando escribe, por ejemplo, “la ley del vuelo suprime el
cielo”, lo que quiere decir es que el código, o el criterio conceptual que
supuestamente debe gobernar el acto de volar, antes de volar, ya destruye el
espacio que le permite crearse. El concepto, en este verso, no existe: es como
si la idea, o la significación que le permite funcionar, a priori, primara
sobre el fenómeno a pesar de saber que sin él ese concepto no podría aplicarse
pues no tendría razón de ser. Esto ocurre similarmente a la idea kantiana de la
intuición que supuestamente se da antes de que los sentidos capturen la
experiencia, pero con la diferencia de que la enunciación de Secaira aparece en
una imagen deliciosa.
“Errar / en minutos fijos
de la memoria”: cosa similar pasa aquí, pero desde la ilusión del tiempo que,
como todos sabemos, no es lineal sino completamente arbitrario en su
verticalidad. Pero las imágenes no están solamente compuestas desde una idea, o
de la fijación del ideal, sino también desde elementos en apariencia simples:
escribir, por ejemplo, “El fútbol como extrañamiento” es no escribir nada, pero
sí es desear que el extrañamiento, no
definido en el contexto de la vanguardia sino en el de la representación
trágica y vana de la cultura popular, se manifieste a partir de lo que en
apariencia es superficial fanatismo.
El verso “Anhelar las
venas en su sitio” propone casi lo mismo: que todo tiene una falta o carencia
esencial —la imposibilidad de volar o de comprender el tiempo en los versos de
arriba—, la cual, en este caso, es que la sangre no circula por la vía correcta
no solo porque las venas estén descolocadas, que no puede ser una cuestión
meramente espacial, sino porque el énfasis de la representación poética solo
puede estar en el “anhelo”; la poesía parece que solo puede ocurrir desde un
espacio deseado o anhelado. Si es que este deseo se llegara a alcanzar el
impulso creador ya no existiría porque el anhelo pierde su razón de ser, deja
de ser deseo el momento en el que llega a materializarse. Si esto llegara a
ocurrir nos quedaríamos con “Solo un artefacto con herramientas inservibles” o
con “La enfermedad (que) no tiene nada que ver con la voluntad” o con unos
dedos de los que “No brotan las uñas”. El estadio ideal pasa a ser el estadio
anormal, lo principal es entonces enfatizar la carencia (lo inservible, la
enfermedad, la falta de uñas, el destiempo, etc.) para crear a partir de ella.
Lo único que pareciera
completar esta insuficiencia vendría a ser la palabra: “El poema es contención
ante la desmesura del silencio”, donde el silencio se entiende como un extremo
de lo que falta, no como un estado natural. De modo similar a como el vuelo se
hace imposible porque su concepto borra el espacio que lo hace posible, la
palabra poética es capaz de contener el silencio que lo define todo desde la
lectura de lo que no se escribe. Las imágenes cambian, pero el concepto de la
imposibilidad, o de la carencia, se vuelve a repetir sin cese: “Los pájaros
vuelan sin alas”, “Perdido en las altas montañas de Quito”, “La condena
bambolea una esfera”.
Sujeto
de ida viene
entonces no solo a enfatizar la carencia del significado en la representación
como una creación en sí, sino también a estabilizarla por el mismo medio que
intenta denunciar. Que es, supuestamente, el referente verbal compuesto por un
movimiento que no muestra una solución definitiva, pero que sí captura el
sentimiento de la aproximación para intentar reinscribirla. En un sentido
estricto el poemario quiere decir algo así como “La gramática suprime la
escritura; te voy a decir cómo” y los versos empiezan a fluir para mostrarlo.
Esteban Mayorga (1977) es autor de los libros de relatos Un cuento violento y Musculosamente, y de la novela corta Vita Frunis. Ha recibido el premio
Gallegos Lara del municipio de Quito y el Pablo Palacio del Ministerio de
Cultura del Ecuador. Actualmente vive en Búfalo, Nueva York.
jueves, 17 de julio de 2014
martes, 15 de julio de 2014
Sujeto de ida, Por Beatriz Giovanna Ramírez
Sujeto de ida
Por Beatriz Giovanna
Ramírez
La poesía, al igual que
toda manifestación estética y artística, nos tiene que atravesar y no dejarnos
indiferentes. De no ser así, más vale dedicar el tiempo a otros oficios. Diré
que leer «Sujeto de ida», del escritor Juan Secaira, conlleva
temerariamente a encontrarnos con las palabras bien afiladas, que como un ente
estético y lógico, rítmico y pictórico, deconstruyen al sujeto para que sea él
mismo.
No hay duda de que en la
obra poética se produce la vida y que nos balanceamos entre los estadios de la
denotación y la connotación, que los versos alcanzan el punto máximo y reflejan
en su rostro al hombre.
El sujeto lírico de
Secaira nos lleva de inmediato al mundo de la experiencia y lo cotidiano, que
afirma la ficcionalidad inherente entre lo real y lo simbólico. Es poesía viva,
sin poses, ni artificios; es poesía tejida, es piel que siente y se enferma.
Secaira dice lo indecible con naturalidad, cada poema nos acerca a una cuestión
extrema que trasciende, como una realidad que es pura ilusión. El sujeto, nos
diría Lacan, no puede ejercer nunca la soberanía sobre sí mismo, sino que
únicamente puede surgir en el discurso intersubjetivo con el otro. Para
Nietzsche, el sujeto, no es algo dado, sino algo añadido, inventado y
proyectado sobre lo que hay. Para mí, el sujeto ido, no es una expresión
figurativa, es un hombre que sabe adónde ir y que va arrojando manojos de
realidad sobre el mundo.
Quiero considerar que en
la poesía, el poeta antes de caminar, tiene que atreverse a correr, a huir, a
reflexionar lo incomprensible de la vida. Si un poeta no se permite el error, a
cuestionar el resultado de la vida, bien le valdría escribir un libro de
autoayuda o ponerse a hacer acrósticos manidos. El poeta tiene que llegar a esa
construcción ontológica que nos acerca a nosotros mismos, sin doctrinas, sin
cuerpos de conocimientos preconcebidos, tiene que alcanzar a ese lejano país de
la moral escondida, de la doble moral y tiene que llegar y revelarnos la moral
realmente vivida. El poemario de Juan Secaira supera esos dilemas del
maquillaje gramatical que encontramos muchas veces al leer a otros
poetas. «Sujeto de ida» aspira, esa mi lectura, a la poesía que actúa
simultáneamente como objeto y sujeto reflexivo, a la poesía que nos devuelve,
por fin, a la experimentación de la posibilidad de ser sujeto consciente, que aunque
cargado de prejuicios a veces dolorosos, nos lleva nuevamente al “Yo y otros
más”, a descubrirnos y a cuestionarnos. Espero que en la lectura de este libro
se encuentren arropados con el sujeto lírico transgresor y sensiblemente humano
de Juan Secaira.
jueves, 10 de julio de 2014
Sujeto de ida, por Ana Cecilia Blum
Tu poesía, mi amigo, es “un animal furioso” que procura tenazmente “soplar arena en heridas abiertas”. Calan tus versos, Juan, como haciendo nido en la carne incurable, y allí se quedan agitándose, en esa llaga permanente, en una vida.
Yo apuesto por los versos que pinchan y sacuden, por los que molestan adentro, porque deciden estar para hacer huecos, sujetos de ida y más aún de llegada, huéspedes de agudeza, andantes feroces de la memoria. Esos son tus bellos y dolientes versos.
Gracias por estremecernos y punzarnos. ~ Ana Cecilia Blum
viernes, 2 de mayo de 2014
Moscas de plata
Moscas de plata, libro escrito por Peky Andino (Casa de la Cultura Ecuatoriana, 2014)

Poesía en el ruido del silencio auténtico, en la luz de la oscuridad de los días, en amores crueles y desamores reales, en noches de salvaje ternura, perdición, música, memoria y olvido, donde vuelan moscas de plata en cadáveres que todavía se mueven. Con un sujeto lírico desprendido de la moda pop de los sin alma; amando y odiando, viéndose lejos del egocentrismo sobrador y ciego que otorga el supuesto triunfo social o económico seudo romántico y farfullero. Sin querer agradar o sorprender, peor acomodarse para convertirse en monedita de oro.
El poemario moscas de plata es poesía de verdad; un poderoso viaje de intensidad y belleza bajo fuego, vivas remembranzas de un hoy sostenido desde la valentía de no entrar en el juego impuesto por el sistema, sino eludirlo con arte y saber hacerlo sin agachar la cabeza en este “campo de concentración” que, muchas veces, es la vida.
“en cuerpo agonizo,
vomito pájaros negros
como un preludio del final”.
Poesía en el ruido del silencio auténtico, en la luz de la oscuridad de los días, en amores crueles y desamores reales, en noches de salvaje ternura, perdición, música, memoria y olvido, donde vuelan moscas de plata en cadáveres que todavía se mueven. Con un sujeto lírico desprendido de la moda pop de los sin alma; amando y odiando, viéndose lejos del egocentrismo sobrador y ciego que otorga el supuesto triunfo social o económico seudo romántico y farfullero. Sin querer agradar o sorprender, peor acomodarse para convertirse en monedita de oro.
El poemario moscas de plata es poesía de verdad; un poderoso viaje de intensidad y belleza bajo fuego, vivas remembranzas de un hoy sostenido desde la valentía de no entrar en el juego impuesto por el sistema, sino eludirlo con arte y saber hacerlo sin agachar la cabeza en este “campo de concentración” que, muchas veces, es la vida.
“en cuerpo agonizo,
vomito pájaros negros
como un preludio del final”.
viernes, 20 de diciembre de 2013
Sigamos soñando aunque se ha perdido la metafísica de la irrupción del eje mediante el cual se regeneran las arterias para elaborar una imagen aproximada a la consecución de un éxito farragoso.
Obra de Luigi Stornaiolo
I
Un viaje turbio
estanques en la garganta tronada en segundos.
El virus ahora en el cuello trayecto atorado en aspiraciones de fuego.
Subimos de la mano de una luz
exhalaciones
de un dios pordiosero
cubre una jaula al ave construida en papeles sin letras
narices quebradas
y una
palidez.
II
Una cobija azul siempre azul y una sentencia entre las sábanas tocadas por el resplandor del despecho.
Responde con un gesto indiferente alelado mecánico.
Alza su hombro
el que le queda
mueve su mano la que resta y se sumerge en la lectura: huimos todos huimos.
Soñar en un futuro parece pretencioso en ese galpón de paredes desnudas y rellanos sucios.
¿Hubo una voz?
Toma sus pastillas.
Los recuerdos como venas se deslizan
hincan y no siempre lastiman.
Su madre le ha dicho nuevamente esa mañana: Ya falta poco.
Ríe una vez más mientras el agua cubre la estancia.
III
Deformación.
Mudarse a la otra mitad del cuerpo.
Desde ahí
contemplar lo que queda
con un dejo infantil.
Porciones de medicina, ciencias y artefactos
vino, páginas
y alguna acción
que se suponga
final.
I
Un viaje turbio
estanques en la garganta tronada en segundos.
El virus ahora en el cuello trayecto atorado en aspiraciones de fuego.
Subimos de la mano de una luz
exhalaciones
de un dios pordiosero
cubre una jaula al ave construida en papeles sin letras
narices quebradas
y una
palidez.
II
Una cobija azul siempre azul y una sentencia entre las sábanas tocadas por el resplandor del despecho.
Responde con un gesto indiferente alelado mecánico.
Alza su hombro
el que le queda
mueve su mano la que resta y se sumerge en la lectura: huimos todos huimos.
Soñar en un futuro parece pretencioso en ese galpón de paredes desnudas y rellanos sucios.
¿Hubo una voz?
Toma sus pastillas.
Los recuerdos como venas se deslizan
hincan y no siempre lastiman.
Su madre le ha dicho nuevamente esa mañana: Ya falta poco.
Ríe una vez más mientras el agua cubre la estancia.
III
Deformación.
Mudarse a la otra mitad del cuerpo.
Desde ahí
contemplar lo que queda
con un dejo infantil.
Porciones de medicina, ciencias y artefactos
vino, páginas
y alguna acción
que se suponga
final.
domingo, 15 de diciembre de 2013
Una estétika del disimulo, de Miguel Varea
Fotografía tomada de diario El Comercio
Como lanzarse a una piscina en cámara lenta hasta sentir el agua. Digo pensamiento porque el libro está repleto de ideas acerca de la vida y el arte, no desde la moraleja o la condescendencia sino desde el acto de vivir en el derecho de la diferencia como el resultado (y no la pose) del transcurso de la existencia. La capacidad de hablar de una experiencia dejando de lado la vanidad y mirando y mirándose realmente. Además del humor, más como reflexión ante el agobio de una sociedad inmersa en su propio poder; una mirada única en todo lo que abarca el término. En ese sentido, el arte de Miguel Varea, y él como persona, jamás se han vendido, ni se ha atenuado su forma crítica de expresarse.
Un libro serio no en serie; uno que hace evidente que la creación está por fuera de cualquier condicionante extra: el dinero, el poder, la notoriedad, cuestiones hasta frívolas e insignificantes, como la noción tan pobre del “éxito”.
Y cómo desde el arte se hace trizas la reproducción brutal y poderosa de gran parte de una sociedad que solamente crea artificios de los artificios en el apuro por sobresalir a como dé lugar; precisamente cuando “está de moda” cualquier militancia que solo persigue la consecución de intereses propios y legitimar prácticas de egoísmo y exclusión.
Una estétika del disimulo, una estética con una ética que emociona y hace pensar, un texto escrito con todo, lejos de la banalidad y el oportunismo.
Lejos.
miércoles, 21 de agosto de 2013
Un Stornaiolo
Cuadro de Luigi Stornaiolo
donde dos cuerpos desnudos se increpan pasión
sus dientes como ofrendas
senos en punta
las miradas ciegas
ciegas de lo común
escarbando en la lascivia.
Pongamos un Stornaiolo en el cual una mujer
atenaza al hombre con toda su energía
el talón de su pie izquierdo se dobla
hasta casi romperse
como el instante, como la puta vida
pasión de cabellos sueltos
de posesión y maldad
en un tenaz baile de sentidos.
Vino
bocas rojas
fulminantes
y un fondo verde
en la retina.
Digamos un Stornaiolo
gritémoslo con los ojos desorbitados
y una carcajada que golpee el vientre
de la irreal y sacrosanta “normalidad”
mientras un prodigioso trazo demiurgo
subyuga
la penumbra.
lunes, 19 de agosto de 2013
Acerca del No es dicha, por Luis Carlos Mussó
Si hablar, o para el caso que nos convoca más bien escribir, significa arremeter contra los límites del lenguaje, como se hace escuchar Wittgenstein, los movimientos que acomete el discurso lírico van en direcciones concéntricas y espirales que manifiestan esa doble dirección entre los riscos de la reflexión y las búsquedas particulares, que son las sintomáticas de ese discurso subversivo per se que es la literatura. La poética sería, si la viéramos en su revés, una palabra que escarba en la identidad colectiva al punto de confirmar la extranjería de que padecemos todos. Algo así como un movimiento que levanta (¿programa?) una propositiva diáspora de elementos desde su temática. En la palabra lírica desarrollamos, entonces, una alternativa de goce —a veces fallida— en que se fracturan las funciones del sujeto en su relación con el otro, con las cosas y con el universo. Leemos, sí, pero en realidad nos leemos en la superficie especular de las palabras. Más aún, la lectura se sumerge y se afinca en las connotaciones que subyacen. Consciente de esta problemática, y entre los plurales rostros de este país literario, emerge la voz de Juan Secaira con esta última entrega que profundiza cierta tópica que ya había dibujado en Construcción del vacío (Nueva York, Sarasvati, 2009). Así, las obsesiones de nuestro poeta en cuestión se dirigen hacia la ética, como espacio habitable, como el hogar de la tribu; obsesiones que caminan cojeando entre las planicies que permiten avizorar los empinados picos o las profundas simas del poemario. Quiero decir que hay un evidente tono tempestuoso, con mucho de desapacible, que le confiere al texto entero una violenta disidencia con respecto a una mirada tradicional y llana de la poesía. “[…] Ya / no hay patria ni ciudad ni nada cobijando miedos / reírse, / luego escupir, / inventar bromas”. La voz del yo poemático se fusiona entre otras voces, opta por descender de una posible posición de autoridad y más bien toma partido por formar parte del horizonte de voces otras. La tensión del juego a que hace mención el título del poemario es la misma que ensombrece una zona de coincidencia entre esas voces, donde nos incluimos como lectores espectadores, y la metamorfosea en un sobrecogedor acto de entendimiento: el dolor puede volcar su intensidad hacia las parcelas del goce estético. La representación del mundo, y su posterior apuntalamiento, se logran con los fragmentos y las astillas de la memoria, pero también con el silencio, que va paulatinamente contaminándose de resonancias, de ecos, de palabras en fin. Aquí un insecto puede ser pistón del engranaje del cuerpo humano. Aquí la condición de discontinuidad acerca al otro, y distancia del otro. El fragmento logra su objetivo de asimilarse como tangencial, pero en ese momento hace todo lo contrario, esto es, se refiere significativamente a un nosotros. La segmentación es el consecuente estadio del sujeto moderno, tras haberse configurado como uno de los fundamentos ideológicos de Occidente. Esta voz, la de estos poemas, sabe perfectamente que los significantes, en los asuntos de la poesía, hacen brotar el significado de las cosas —y no sucede al revés aunque lo queramos ver así—. No es dicha deviene otros estadios de esta sustancia que somos la multitud (¿recordamos cómo piensa W. Benjamin al destinatario del texto?) y que van eslabonando, a través de sus metáforas, una dilatada alegoría que cubre el libro: el dolor puede ser regodeo, puede ser áncora, o resuello. Los versos de este libro nos hacen admitir la importancia de la memoria de la piel y del espíritu, y a veces se muestran a favor y en contra de ella; con resonancias que parten de poemas y llegan a otros y viceversa. Así, la privación, lo residual, el despojo, tienen un especial espacio en No es dicha que la marchitez, como es el caso de “Vodka madre”: “Un vodka me susurra mejores palabras que la madre que nunca tuve / en el estrecho universo creado por mi precoz demencia”. Entonces, surgen los versículos como un registro de que la pretensión de aprehender los años del pretérito, como en “Salta la cuerda”, donde las aplicaciones metonímicas recalcan la impronta de la infancia, es un impulso latente, perpetuo y que aunque sabemos perdida la empresa, la emprendemos una y otra vez. Leyendo el poema citado, nos encontramos con la huella de una mirada a través de la broza, sea ésta la matrícula de los años o del pesar: “Los malditos saltan la cuerda / desde lejos, me ignoran / un guijarro, viruta, línea deforme”. La plástica mueve a estudiar la representación desde la perspectiva y aquí hay un importante aporte. Pensemos en ese “desde la cornisa” del primer verso, y es que si la cornisa es el lugar físico de enunciado del poema, notamos que se lee (se percibe) desde lo exterior. Se concibe la voz como (des)afectada y a la vez, paradójicamente, inmersa. No es gratuito, más bien decidor, que a mediados del libro aparezca “Insania”, a manera de bisagra. La enajenación mental, con una larga data de prejuicios y maldecires, reclama para la literatura la posición de una palabra fresca y contradictoria del poder. Una tabla con su debe y su haber nos vincula a una nómina de afectaciones: la enfermedad, las fracturas, la debilidad física que se nos presentan como interrupciones de la salud. De igual manera que la magia luce como un hiato en el discurso lógico de nuestra cotidianidad. A pesar de esto, parece que la consigna de “Encandilarse o sentir”, del poema “Una fracción el entorno” equivaldría a que el yo desdeña la parafernalia gratuita, en la que no logra perfilar un sentimiento real. El desprecio por sí mismo es también un desprecio por la palabra que emite la voz. Así, el maldecir de la poética que leemos en estos textos, se ajusta frente a la realidad y apunta los dardos de su crítica. La condición de marchito que pespunta el libro entero testimonia la incertidumbre. La propuesta que ha partido de lo grosero (en su acepción de áspero), llega al simbolismo de manipular tijeras; la voz se des (estructura) como síntoma de la descomposición de ese cuerpo que es el colectivo social. Pero hay que recordar que corpus (conjunto de poemas) también es cuerpo. Como cuerpo es el conjunto de órganos que componen a un solo individuo. El dolor, que ha configurado una línea que coagula tanto la sangre como la rememoración, deviene hilo conductor de un discurso que se sabe limítrofe con la ebriedad, desde un hilvanar la palabra a la usanza de una línea surrealista. Con No es dicha, Secaira se hace espacio en el panorama de la lírica nacional y nos hace partícipes de que las certezas son inexistentes, de que su terror ante el espectáculo del mundo es el mismo que nos acongoja a todos.
lunes, 22 de julio de 2013
domingo, 14 de julio de 2013
Poemas de De la ligereza o velocidad que también es perfume
Poemas que integran la antología de
poesía ecuatoriana De la ligereza o velocidad que también es perfume, Fondo Editorial del Ministerio de Cultura del Ecuador, Centro Cultural Dulce María Loynaz, 2012.
ARTE POÉTICA
Lucidez
lóbrega. El poema supera al racionalismo del discurso que busca limitarlo.
Renegar con pudoroso atrevimiento. Lanzarse, horadar en elusivo trampantojo. El delirio de la fe indescifrable, incesante, irónica; en la destrucción
una epifanía sin
ningún patetismo. La belleza en eso que dicen fealdad, que dicen vida, que dicen
gancho al hígado.
1
En el talud estaba la respuesta
se resbalaba cadenciosa, se iba, se iba
viva en la sombra de la espera
sin reclamos decía, se decía, alzaba su
voz
hasta que la tierra la convirtió en
pregunta.
Como un calambre fue la felicidad
imprevista reacción del espíritu ante la
eventualidad del diario vivir.
Congelado el brazo, cúmulo de venas
locas por escapar de ese cuerpo vertido en una copa de pastillas.
Que a nadie se culpe de la mutilación,
que nadie alce la mano y diga presente.
La lava está enferma, el ser catatónico
asiente con la voluntad del perseguidor afligido y vestido
de blanco.
En el talud una respuesta se resquebraja
y corta la presencia
un espasmo convierte a la experiencia en
un cuadrilátero sosegado
fantasmales rasgos transforman las
respuestas en mercancía líquida.
2
En la música las lenguas se conforman.
Contenerse o morir, contenerse o
convertirse en otra marioneta,
vomitarlo todo.
La cobardía anuncia una salida, ejecutar
la melodía del adiós se convierte
en un fulgor imposible, el diablo sopla
y existe.
La mentira ha regresado con la última
noticia de TV, el agua turbia se asemeja a un río pobre
al costado, en la orilla un hombre
espera,
su finitud se hace infinita, el agua no
lo limpia.
Comer lastima el sentido, descifrar su
vida lo descoloca aún más.
La tórrida esperanza se convierte en un
esperpento de dientes enormes.
Las cenizas no bailan, el desastre de
sus piernas le hace quedar mal,
sin embargo acaricia ese cabello, ese
rostro que jamás será.
Un ogro que recoge los pasos cada
madrugada borrando de la memoria
los nombres de mujer
las caderas, los culos, los labios.
Un espectro que manda todo al diablo, la
carga en la espalda
como un amasijo de tareas por hacer.
El equilibrio es el delirio del sentido
más frecuente.
La risa cuesta, la cara cuesta, esa
mueca que cruza y hay que atenazarla, vestirte con ella.
La maldad cruje y se aferra, somos eso
nomás. No más.
Aunque algunos decidan cantarle a la
tecnología o increpar a los poetas
o rebuscar entre sus cuadernos
universitarios la tarea que tan bien hicieron.
Insuficiente es la nieve para cubrir
nos.
3
La humedad es mía, hundida en el
recuerdo de la vez que desesperado entré al baño de un hospital y me comí ese
polvo hasta atorarme, hasta volcar
mi garganta en lamentos desparramados
por esas calles rocosas.
La boca se me durmió y luego los dientes
sonrieron, yo sonreí con la sensación siempre ahí
con el cuerpo abriéndose al aullido. Imploré
un descanso y las venas se rompieron como el trago de cada día presagiando
la desdicha de la repetición, un
adelanto de la muerte.
En el espesor de tu conciencia dejé mi
último abrazo. Guardado.
Los hijos son una sombra que no se deja
adjetivar. En ellos lo vital es el intento
la forma de sus brincos, el latir
imperfecto.
El impoluto orgullo de las madres es el
sostén de una divinidad
que explotará tarde o temprano y en
lugar de las risas:
el llanto y las recriminaciones.
Mutilado por dentro, soy testigo de
bocas dulces y amparos motivados por el placer de existir.
4
Cuando la leyenda deje de ser didáctica,
la vida ejemplar del pecado, emergerán seres completamente sucios y vivos.
La letra es la primera impresión de un
individuo, decía mi abuelo,
no puedo mover mis dedos, no puedo
cerrar mis manos
firmar es una odisea
sentir, un holocausto.
Así ha sido esta enfermedad sin nombre.
Así y ya, sin preguntar ni pedir
permiso.
Pocos saben lo que es tener un brazo
muerto, pocos, poquísimos, poquitos.
Y a quién le importa
el mal funcionamiento de venas y
tendones.
La vida nos lleva
víctimas no somos
solo extraños.
Quejarse es caer en la intransigencia de
la voluntad ajena,
exprimir la risa hasta convertirla en
una mueca
fugazmente dichosa e irresponsable.
Tu calidez
circunstancia del desobligo.
El calor del trago en el pecho, la trama
oculta del desagravio.
Tu calidez limita,
abre lo poco que queda.
Era intensa pero falaz
vivía vidas ajenas, contenida en la
molicie de una madre.
Las noches no sirven si las pinta otra
mano enferma.
Denme una bala y lárguense de aquí.
No la nombro ni la pinto, tampoco la
lleno de metáforas.
Una bala atraviesa el recuerdo
esculpiendo en el cuerpo una sutura
en U.
Lo único transformable es la infancia.
El resto: esquirlas de los días en
brazos.
Persigo la vena en mi mano,
la aprieto como si fuese un gusano
y yo sin sal.
Ella ha nacido fuerte y rabiosa, como
sea, me conduce al desasosiego
del dolor.
Camino y el corazón exhala una protesta,
aunque sabe que es tarde.
La cima es la carencia y en ella
desciende el final.
Quisiera volver a ser. O tal vez no. El desenfreno
de la palabra contradice a lo que llama espíritu o al equívoco del cuerpo.
La piedad es el peor defecto de los sin
nombre, confluye la existencia
en un suspiro ajeno.
Entonces la noche nos saboreó distante y
hablamos y decidimos, como viejos perdedores
no escribir para nadie más que para
nosotros (si todavía hay un nosotros).
Nadie más tocará nuestra sangrante
belleza, enajenada, violada y dispuesta a escabullirse.
No reconstruiremos los fragmentos, los
esparciremos por la arena inmunda y brincaremos
sobre ellos como unos malditos
desvergonzados, y luego los soplaremos lejos, lejos, bien lejos; para nada más
encontrarlos en el siguiente
acabose.
5
Más allá del cuadro, del autorretrato no
bulle un personaje, no crece quien brinca de mano en mano.
Detrás del óleo hay una mirada, solo
eso, una mirada
incierta
y
extraviada.
Vemos los cuadros colgados, siniestras
fauces citadinas sucumben
ante la ambivalencia del ser sumergido
en la disyuntiva de sobrevivir.
Vemos los cuadros colgados, la
repetición nunca es la misma.
Enormes cuadros. Diablos. Murales.
Bastidores.
Colgados vemos los cuadros,
colgados nos vamos a buscarnos
otras
heridas.
6
Como en Las Meninas, de Velázquez estoy
en tu espejo
despojo, reflejo, reflujo: tinieblas.
Flujo
discontinuidad
dos no marcan un movimiento
congelan su inicio en el miedo.
El tacto es un pozo, un paso a un estado
abierto.
El olfato maléfico el sentido
un pincel, lazo,
lijar, marcar, perder
tinieblas: un sortilegio perdido en la
oscuridad.
Tacto
olfato
infancia
asolada.
Al final la risa es lo único: frontón,
pared, espada, hastío.
La queja es su contraparte, aunque a
veces se unen, se molestan:
como un entronque para defender a un rey
muerto por anticipado, por avispado, por
mangoneado.
Muerto de la queja, muerto de la risa.
Pero una risa y su doble.
Como la mueca irónica de Jack Nicholson,
como la mueca grotesca de Mickey Rourke.
Una risa que complete el dolor
un dolor que ampara a la risa, sosiego y
arrebato en una sola mueca.
Carencia y abundancia
en una carcajada desmemoriada
frágil, febril, angosta.
La palabra es la descompostura del
sacrificio
equilibrio invisible, caos, late, miel.
La palabra descompone la imagen quebrada
miente por naturaleza extensiva y lunar.
La palabra enferma en la retina y lucha
e intenta ser algo más que una viruta en los ojos de dios.
Solo, sola, solo, sola, solo, no te veo
más que sosteniendo la imposibilidad
del sol entre los poros, en parte
cruje la soledad sin la razón, sola,
sola, sola, única certidumbre bajo un manto intravenosamente
sal.
7
La progenitora de un dios menor sin
ropa.
La progenitora de un dios menor
vestida de rosarios sueña en un dios
mayor
se baña en lo imposible y canta, ordena,
ríe, vigila la carencia, su carencia
hasta acaricia su cabeza cuando no
sueña.
8
Velar
la duda y esperar recatadamente el arrebato, niebla, nube, sal.
Lo
hacen jugando, traviesos en la desidia
y
muere, muere, muere, agoniza, calla, muere, muere, se queja.
La
línea circunspecta de la comunión.
9
Realiza
aquello que más amas. Para conocer bien tu hueso, hay que roerlo, enterrarlo y
desenterrarlo para roerlo más aún. Henry David Thoreau
Amasar el trueno que ha ocasionado el
delirio, la cavidad del grito no dado
en donde la cifra no sirve sino para ser
un cero
a ese refugio que anhela una vida, a la
precariedad de la posesión inconclusa del día.
¿Quién sabe cuántas venas circulan en un
cuerpo?
¿Quién, la cantidad de triglicéridos,
toxinas y más?
Vislumbrar la oscuridad sin nombrarla,
amasar la luz.
¿Qué es la invalidez? Vivir vidas ajenas
en el murmullo de los círculos familiares
el vaivén, el calambre, la dislocación,
nada dicen
uno guarda
sus puños
con descaro.
10
¡Ah
el sórdido, el viscoso templo de lo humano! Leopoldo María
Panero
No hay padre para odiar esta tarde
de jueves.
No hay una identidad que restituir
solo hierba y humo.
No hay, ni siquiera, un desierto
de voces hiriendo el camino.
No hay cómo bailar ni fingirse sano. Ni
seres mitológicos, ni paganos. No hay hijos ni hiedras
no hay labios esperando una verdad.
Una piedra
en la mano
se mueve.
El silencio mina las fuerzas aún más que
un estruendo, ni la pincelada lo libera.
Quemazón de un hielo tan duro como la
piel regada por años de lo mismo.
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