lunes, 16 de octubre de 2017

Golpes en reposo


Ni bien despierto 
en un lunes 
la presión 
el pulso
comienzan a jugar con el cuerpo
en una marcha laboriosa 
como piedras rodando montaña abajo 
para luego 
Sísifos dementes
volver a subir.

La enfermedad 
adjetiva 
los días 
atroces 
no obstante 
luminosos 
dolorosos 
pero con una claridad 
que embriaga.

Pasan las horas 
pasarán 
y la espera
se convertirá 
en una imprescindible 
desconexión.

Perdidos 
en una ciudad desconocida
el alegato 
firmado 
para después.

Descansar no aporta nada.

Un castillo de arena sin reyes.

Tinieblas ya

golpes en reposo.

jueves, 29 de junio de 2017

Un costado se toma el cuerpo: dividido en dos vivir como uno. Por Alicia Ortega Caicedo


Los poemas reunidos en La mitad opuesta bien pueden ser leídos como huella/testimonio de un cuerpo que interpela al lector en el dolor. Juan Secaira trabaja la escritura desde el cuerpo, escribe con su cuerpo: traza en sus versos la evidencia del dolor, del síntoma, de una memoria corporal que pone en escena el devenir de una enfermedad: pérdida del tacto, atrofia, “parestesias / neuropatía periférica / pelados cables / neuralgia del trigémino / descargas eléctricas / dolor” (“Cura”). El itinerario de esa sintomatología fragmenta el cuerpo y amplifica sus partes: “Estos poemas fueron escritos / con la mano menos hábil” (“Un trazo”). Observa Juan Antonio Ramírez, en Corpus solus, que en la retórica del cuerpo un fragmento puede designar la totalidad orgánica. En esta línea de reflexión convergen experiencias artísticas y distintas formas de saberes especializados (derivados, por poner unos pocos ejemplos, de la medicina, la arqueología, la iconografía religiosa), que trabajan la parcelación del cuerpo y prácticas de mutilación, como instancias de producción de conocimiento y formas de representación humana a lo largo de la historia. Ramírez advierte que no solo los detalles anatómicos hablan de un cuerpo fragmentado, sino que también el cuerpo del deseo es un cuerpo fragmentado: “Al amante le perturban las axilas, los labios, el cuello, los ojos, las manos, o cualquier otro detalle de la persona amada. La primera concepción de nuestro ser es también parcial, y solo en el estadio infantil del espejo, si hemos de creer a Lacan, podemos alcanzar, como reflejo, una visión totalizadora del cuerpo”.[1] Podemos acotar y sugerir que esa visión totalizadora de nosotros mismos está más cerca de la ilusión de certeza que nos provee nuestra imagen reflejada en el espejo y el nombre propio que nos precede antes que de una realidad articulada alrededor de un yo múltiple y en devenir constante. El poeta así lo sabe: “Maldita enfermedad prohíbe el movimiento / un costado se toma el cuerpo / dividido en dos vivir como uno” (Secaira, “Neural”). También dice: “recorre el antebrazo con un aleteo” (“Necio”), y nosotros, sus lectores, podemos reconocer en ese aleteo el pulso de su escritura, cuando la mano derecha se ha ido, en sus palabras, de huelga: “Me he quedado zurdo / de buenas a primeras” (“Zurdo”). Se trata de una escritura que propositivamente nos interpela en su carga testimonial: “Si te aburre leer esto / imagínate vivirlo cada día” (“Zurdo”).

Un “cuerpo raro” encarna la escritura (“raro” en tanto su dolor y parálisis de un costado lo alejan de los estereotipos del cuerpo ideal y canónico, y lo aproximan a uno diferente, en “mutación”). Las manos del poeta se desprenden de la totalidad carnal y puntúan un movimiento diferente del organismo, radicalmente otro, un movimiento/atrofia que imprime la percepción de rareza que, a su vez, rarifica la escritura: “los cimientos del cuerpo en unas extremidades que no dan más / para colmo una mano va contagiando a la otra en marchas constantes” (“Salvo”). Los versos de Juan Secaira se construyen alrededor de una sinécdoque corporal que trenza, a pesar de la enfermedad y el dolor, las intensidades de la vida con la escritura: “Los doctores advierten que se debe cuidar el corazón / parecen un tratado de filosofía esas palabras […] / las manos sobre el humo son una figura válida para este asunto de la salud y la estancia […] / los dedos se suceden en brizna de una infancia modificada” (“Manos sobre humo”). El poemario aborda justamente “este asunto de la salud y la estancia” en la apuesta por una escritura que muestra las costuras del cuerpo, pero también, y, sobre todo, su experiencia vital que se enciende en el preciso acto de “unirse humo y mano”: allí en donde coinciden diversas formas de la materia vibrante. En el poemario dialoga la memoria corporal con aquella depositada en el álbum de familia: el padre que sonríe a su hijo mientras sostiene el brazo enfermo para que salga bien en la fotografía es una imagen poética que pone en movimiento muchas formas de ver y de hacer frente a la ausencia de una cura que no llega: “un galpón / cajas vacías / mi hijo y la broma de que yo salga a la calle” (“Ver”), o la compañía de la hija que fortalece la estancia: “corazones que laten en conjunto / entonces la hija siente el laberinto de citas médicas de su padre / y ofrece acompañarlo / uno enferma / dos sanan / hasta la locura” (“Neural”). Ese uno que enferma y dos que sanan entretejen los hilos de una comunidad de afecto y cuidado. Una comunidad que acoge al cuerpo dividido en dos aunque viva como uno. Una comunidad en donde también “uno sana / dos enferman / hasta la cordura” (“Neural”).
Por eso el poeta recuerda: “cinco pelotas hemos pateado con mi hijo a las casas vecinas / habitadas por el abandono / hemos recuperado tres / eso es ganancia / el juego sigue” (Santa diosa”). Elige nombrar a “Tatiana”, en tributo de amor, antes que a “los nombres finales de esta enfermedad / epílogo maldito de tanto dolor” (“Tatiana”).

“Con las manos enfermas” repite el poeta no sentado a la espera, sino sentado a la vida en la escritura, como gesto que testimonia los afectos, la presencia y el cuidado de los suyos. Los afectos que tejen los hilos de una comunidad allí en donde la enfermedad parece definirse como el “vacío entre el tiempo y el sonido de las cosas” (“Siniestra”). Un vacío que busca llenarse de imágenes, recuerdos, partes de un cuerpo que se piensa/se siente/se escucha en el golpeteo cotidiano de los síntomas. Esos síntomas que producen un estado de alerta en la escucha y atención al decir del cuerpo. Un estado de alerta como lugar de enunciación, cercano al estado de esas escrituras que Josefina Ludmer califica como “literaturas postautónomas”: escrituras de lo real (que cruzan el testimonio, la autobiografía, el diario íntimo, entre otros registros posibles). “[Mi punto de partida es / éste. / Estas escrituras no / admiten lecturas literarias; esto / quiere decir que no se sabe / o no importa / si son o no son / literatura. / Y tampoco se sabe / o no importa / si son realidad o ficción. / Se instalan localmente / y en una realidad / cotidiana para ‘fabricar / presente’ / ese / es precisamente su sentido.]”.[2] Este es el texto de Josefina Ludmer con el que Cristina Rivera Garza abre su poemario La imaginación pública, que trata sobre las enfermedades sufridas por su cuerpo durante un año. “La mayoría de las cuestiones del cuerpo se encuentran explicadas en un manual”,[3] expresa la escritora mexicana. Frente al decir de esos manuales, u otros espacios de divulgación científica o canales de producción de conocimiento, se erige la voz poética, para volver a Juan Secaira, en el esfuerzo por traducir una experiencia de intensidad corporal en palabras: allí refulge la fuerza del acontecimiento la enfermedad como corte e interrupción del continuum temporal, como entretiempo y derivas dictadas por la “política del cuerpo”: “La zurda se desenvuelve con alguna gracia / que todo consuelo se transforme en vino o abrazo / abundante carencia de los extremos la política del cuerpo […] / nunca haberse preguntado / qué mismo es el dolor pese a sentirlo y resentirlo / en cierto grado ese corte es poesía” (Secaira, “Política del cuerpo”).

Es el cuerpo fragmentado la instancia que traza su política de escritura, la localiza y desde allí, en palabras de Ludmer, “fabrica presente”, construye preguntas en la carrera por hacer coincidir el hoy de la escritura con el de su lectura. Es también la voz que habla debilitada “por la dictadura del cuerpo”. Secaira hace hablar al cuerpo, para convertirlo, al decir del filósofo Jean-Luc Nancy, en horizonte del acontecimiento, cuyo dolor se hace corte y poesía: el dolor como bisturí de las palabras, de los sintagmas, de los versos: “No tenemos un cuerpo, sino que somos un cuerpo”.[4] Se trata de la experiencia de traducir el dolor corporal en la escritura como posibilidad de restituir el sentido de la vida y en la vida: “(nadie sabe lo que me he demorado en escribir vida)” (“Rigor”). En la enfermedad se reinventa el lenguaje: “Recuperar las fracturas del cuerpo / de su lenguaje suprimido y leve” (“Cuerpo”). Anclado en el escenario de lo real, de la experiencia del cuerpo del escriba, el poemario incorpora la relatoría de una trayectoria, la trayectoria y derivas de la enfermedad padecida: “En 2010 comenzaron los problemas de salud / que han llevado a un permanente deterioro / doloroso y degenerativo / en la motricidad del cuerpo / complicado además por una afección cardiaca” (“El mal”). El referente del poemario interroga la enfermedad ese “gran monstruo blanco / que come cuerpos y también nimiedades” (“Goleador”), perfora la escritura “aunque el dolor perfore el cuerpo” (“Madera húmeda”), restituye al cuerpo su memoria.

La enfermedad provoca nuevos itinerarios, recorridos y localizaciones, en el desplazamiento cotidiano del cuerpo: hospitales, tratamientos, fechas, citas médicas, falta de dinero, especialistas, doctores y chamanes, recetas, “olor a bosque y pastillas”, dictámenes, diagnósticos e historial clínico, registran “el espacio de la violencia diaria”, pero también diseñan un nuevo mapa familiar: “la hermandad nace en la experiencia transitada” (“Marea y destierro”), nos recuerda el poeta. Así también: “Apremios y reuniones no para curar / para prohibir cualquier palabra / acerca de la dolencia” (“Familiar”). La enfermedad también resitúa la relación con el lenguaje, los vínculos entre las palabras y su referente: la dolencia cotidiana, tan visible, tan audible, no admite sin embargo ser nombrada porque, lo sabemos, la tautología empobrece y vuelve inútil la acumulación reiterativa: “se augura magia desde un brazo muerto / naufragios de tendones / soles donde la luz impera y borra lo imborrable” (“Familiar”). La mitad opuesta está hecha de una escritura invadida por el cuerpo, de uno que padece que interroga la naturaleza del mal (“pero qué es el mal”), el origen del mal, que se piensa en la sobrevivencia “extra humano / casi humano”.

Juan Secaira trabaja una escritura que escucha su pulso y medita el acertijo encapsulado en la enfermedad, en los registros del cuadro clínico: “La enfermedad no es una competencia / sino un acertijo / a ras del cielo” (“Trueque”). En esa hermandad que nace de la experiencia compartida es posible para el poeta/paciente/doliente/buscador cargar con “costales / y costales de esperanza”. La fe para el poeta no reside ni en los médicos, ni en los manuales, ni en el saber de la ciencia, sino en la palabra y en la cercanía de los suyos: “una fe todavía en la palabra salva / incluso sin sanar” (“Mariposa”). La enfermedad arrasa con el velo de ilusión que rodea eso que solemos reconocer como realidad: en la certeza del dolor, el cuerpo, “sin un costado”, se sabe y reinventa su propio lenguaje: “A veces estoy más ido / tal vez sea la enfermedad / la medicina / la poesía / o las tres” (“Tres”).



[1] Juan Antonio Ramírez. Corpus solus. Para un mapa del cuerpo en el arte contemporáneo. Madrid: Siruela, 1998, p. 208.
[2] Josefina Ludmer. Literaturas postautónomas, en Cristina Rivera Garza. La imaginación pública. México DF: Conaculta, 2015, p. 7.
[3] Cristina Rivera Garza, “Hay una rodilla en todo esto”, Ibíd., p. 55.
[4] Jean-Luc Nancy, Corpus. Madrid: Arena Libros, 2003. 

jueves, 4 de mayo de 2017

Poético y humano Juan Secaira, por Pedro Gil Flores


                                                                                                         

Impulsado por sus ganas entrañables de no asfixiarse con el humo negro, nocivo, del smog de una lírica que aún contamina. Nos contamina. Este brillante poeta (conste que soy renuente a los adjetivos, zalamerías y compañía), prolonga el canto profundo: Prolongación del canto en el roce de los dedos de la mano izquierda, dice su poema Roce. Poesía vital. Siempre mis visitas a su hogar me asombran, me llenan de luz inmarcesible, inextinguible. La luz de su silencio.

Juan Secaira huye de la lástima y asume la poesía como un estoico contemporáneo, riéndole a sus hijos y a su esposa. A sus padres y a sus amigos. Y yo río con él. Porque, como sostenía Roberto Bolaño: “Literatura + enfermedad = enfermedad”. No jodan. Toda enfermedad culmina en el momento de nombrarla, nos dice Secaira. Y él lo dice en poesía. Grandeza de ser humano y poeta.

Y el asunto no queda así. Juan Secaira sentía y siente: un desafío por en vida no estar y no le molestaban ni le molestan los ruines que siempre hubo y habrá. Inmenso en talla física. Inmenso en vuelo poético.


Juan Secaira Velástegui no dejes de prender fuego. El fuego que sabe cuánto has demorado en escribir vida. Poeta con mayúsculas, tu fuego no se apagará nunca. 

lunes, 1 de mayo de 2017

Un costado se toma el cuerpo: dividido en dos vivir como uno

Un costado se toma el cuerpo: dividido en dos vivir como uno
Por Alicia Ortega Caicedo

Los poemas reunidos en La mitad opuesta bien pueden ser leídos como huella/testimonio de un cuerpo que interpela al lector en el dolor. Juan Secaira trabaja la escritura desde el cuerpo, escribe con su cuerpo: traza en sus versos la evidencia del dolor, del síntoma, de una memoria corporal que pone en escena el devenir de una enfermedad: pérdida del tacto, atrofia, “parestesias / neuropatía periférica / pelados cables / neuralgia del trigémino / descargas eléctricas / dolor” (“Cura”). El itinerario de esa sintomatología fragmenta el cuerpo y amplifica sus partes: “Estos poemas fueron escritos / con la mano menos hábil” (“Un trazo”). Observa Juan Antonio Ramírez, en Corpus solus, que en la retórica del cuerpo un fragmento puede designar la totalidad orgánica. En esta línea de reflexión convergen experiencias artísticas y distintas formas de saberes especializados (derivados, por poner unos pocos ejemplos, de la medicina, la arqueología, la iconografía religiosa), que trabajan la parcelación del cuerpo y prácticas de mutilación, como instancias de producción de conocimiento y formas de representación humana a lo largo de la historia. Ramírez advierte que no solo los detalles anatómicos hablan de un cuerpo fragmentado, sino que también el cuerpo del deseo es un cuerpo fragmentado: “Al amante le perturban las axilas, los labios, el cuello, los ojos, las manos, o cualquier otro detalle de la persona amada. La primera concepción de nuestro ser es también parcial, y solo en el estadio infantil del espejo, si hemos de creer a Lacan, podemos alcanzar, como reflejo, una visión totalizadora del cuerpo”.[1] 

Podemos acotar y sugerir que esa visión totalizadora de nosotros mismos está más cerca de la ilusión de certeza que nos provee nuestra imagen reflejada en el espejo y el nombre propio que nos precede antes que de una realidad articulada alrededor de un yo múltiple y en devenir constante. El poeta así lo sabe: “Maldita enfermedad prohíbe el movimiento / un costado se toma el cuerpo / dividido en dos vivir como uno” (Secaira, “Neural”). También dice: “recorre el antebrazo con un aleteo” (“Necio”), y nosotros, sus lectores, podemos reconocer en ese aleteo el pulso de su escritura, cuando la mano derecha se ha ido, en sus palabras, de huelga: “Me he quedado zurdo / de buenas a primeras” (“Zurdo”). Se trata de una escritura que propositivamente nos interpela en su carga testimonial: “Si te aburre leer esto / imagínate vivirlo cada día” (“Zurdo”).

Un “cuerpo raro” encarna la escritura (“raro” en tanto su dolor y parálisis de un costado lo alejan de los estereotipos del cuerpo ideal y canónico, y lo aproximan a uno diferente, en “mutación”). Las manos del poeta se desprenden de la totalidad carnal y puntúan un movimiento diferente del organismo, radicalmente otro, un movimiento/atrofia que imprime la percepción de rareza que, a su vez, rarifica la escritura: “los cimientos del cuerpo en unas extremidades que no dan más / para colmo una mano va contagiando a la otra en marchas constantes” (“Salvo”). Los versos de Juan Secaira se construyen alrededor de una sinécdoque corporal que trenza, a pesar de la enfermedad y el dolor, las intensidades de la vida con la escritura: “Los doctores advierten que se debe cuidar el corazón / parecen un tratado de filosofía esas palabras […] / las manos sobre el humo son una figura válida para este asunto de la salud y la estancia […] / los dedos se suceden en brizna de una infancia modificada” (“Manos sobre humo”). El poemario aborda justamente “este asunto de la salud y la estancia” en la apuesta por una escritura que muestra las costuras del cuerpo, pero también, y, sobre todo, su experiencia vital que se enciende en el preciso acto de “unirse humo y mano”: allí en donde coinciden diversas formas de la materia vibrante. En el poemario dialoga la memoria corporal con aquella depositada en el álbum de familia: el padre que sonríe a su hijo mientras sostiene el brazo enfermo para que salga bien en la fotografía es una imagen poética que pone en movimiento muchas formas de ver y de hacer frente a la ausencia de una cura que no llega: “un galpón / cajas vacías / mi hijo y la broma de que yo salga a la calle” (“Ver”), o la compañía de la hija que fortalece la estancia: “corazones que laten en conjunto / entonces la hija siente el laberinto de citas médicas de su padre / y ofrece acompañarlo / uno enferma / dos sanan / hasta la locura” (“Neural”). Ese uno que enferma y dos que sanan entretejen los hilos de una comunidad de afecto y cuidado. Una comunidad que acoge al cuerpo dividido en dos aunque viva como uno. Una comunidad en donde también “uno sana / dos enferman / hasta la cordura” (“Neural”).
Por eso el poeta recuerda: “cinco pelotas hemos pateado con mi hijo a las casas vecinas / habitadas por el abandono / hemos recuperado tres / eso es ganancia / el juego sigue” (Santa diosa”). Elige nombrar a “Tatiana”, en tributo de amor, antes que a “los nombres finales de esta enfermedad / epílogo maldito de tanto dolor” (“Tatiana”).

“Con las manos enfermas” repite el poeta no sentado a la espera, sino sentado a la vida en la escritura, como gesto que testimonia los afectos, la presencia y el cuidado de los suyos. Los afectos que tejen los hilos de una comunidad allí en donde la enfermedad parece definirse como el “vacío entre el tiempo y el sonido de las cosas” (“Siniestra”). Un vacío que busca llenarse de imágenes, recuerdos, partes de un cuerpo que se piensa/se siente/se escucha en el golpeteo cotidiano de los síntomas. Esos síntomas que producen un estado de alerta en la escucha y atención al decir del cuerpo. Un estado de alerta como lugar de enunciación, cercano al estado de esas escrituras que Josefina Ludmer califica como “literaturas postautónomas”: escrituras de lo real (que cruzan el testimonio, la autobiografía, el diario íntimo, entre otros registros posibles). “[Mi punto de partida es / éste. / Estas escrituras no / admiten lecturas literarias; esto / quiere decir que no se sabe / o no importa / si son o no son / literatura. / Y tampoco se sabe / o no importa / si son realidad o ficción. / Se instalan localmente / y en una realidad / cotidiana para ‘fabricar / presente’ / ese / es precisamente su sentido.]”.[2] 

Este es el texto de Josefina Ludmer con el que Cristina Rivera Garza abre su poemario La imaginación pública, que trata sobre las enfermedades sufridas por su cuerpo durante un año. “La mayoría de las cuestiones del cuerpo se encuentran explicadas en un manual”,[3] expresa la escritora mexicana. Frente al decir de esos manuales, u otros espacios de divulgación científica o canales de producción de conocimiento, se erige la voz poética, para volver a Juan Secaira, en el esfuerzo por traducir una experiencia de intensidad corporal en palabras: allí refulge la fuerza del acontecimiento la enfermedad como corte e interrupción del continuum temporal, como entretiempo y derivas dictadas por la “política del cuerpo”: “La zurda se desenvuelve con alguna gracia / que todo consuelo se transforme en vino o abrazo / abundante carencia de los extremos la política del cuerpo […] / nunca haberse preguntado / qué mismo es el dolor pese a sentirlo y resentirlo / en cierto grado ese corte es poesía” (Secaira, “Política del cuerpo”).

Es el cuerpo fragmentado la instancia que traza su política de escritura, la localiza y desde allí, en palabras de Ludmer, “fabrica presente”, construye preguntas en la carrera por hacer coincidir el hoy de la escritura con el de su lectura. Es también la voz que habla debilitada “por la dictadura del cuerpo”. Secaira hace hablar al cuerpo, para convertirlo, al decir del filósofo Jean-Luc Nancy, en horizonte del acontecimiento, cuyo dolor se hace corte y poesía: el dolor como bisturí de las palabras, de los sintagmas, de los versos: “No tenemos un cuerpo, sino que somos un cuerpo”.[4] Se trata de la experiencia de traducir el dolor corporal en la escritura como posibilidad de restituir el sentido de la vida y en la vida: “(nadie sabe lo que me he demorado en escribir vida)” (“Rigor”). En la enfermedad se reinventa el lenguaje: “Recuperar las fracturas del cuerpo / de su lenguaje suprimido y leve” (“Cuerpo”). Anclado en el escenario de lo real, de la experiencia del cuerpo del escriba, el poemario incorpora la relatoría de una trayectoria, la trayectoria y derivas de la enfermedad padecida: “En 2010 comenzaron los problemas de salud / que han llevado a un permanente deterioro / doloroso y degenerativo / en la motricidad del cuerpo / complicado además por una afección cardiaca” (“El mal”). El referente del poemario interroga la enfermedad ese “gran monstruo blanco / que come cuerpos y también nimiedades” (“Goleador”), perfora la escritura “aunque el dolor perfore el cuerpo” (“Madera húmeda”), restituye al cuerpo su memoria.

La enfermedad provoca nuevos itinerarios, recorridos y localizaciones, en el desplazamiento cotidiano del cuerpo: hospitales, tratamientos, fechas, citas médicas, falta de dinero, especialistas, doctores y chamanes, recetas, “olor a bosque y pastillas”, dictámenes, diagnósticos e historial clínico, registran “el espacio de la violencia diaria”, pero también diseñan un nuevo mapa familiar: “la hermandad nace en la experiencia transitada” (“Marea y destierro”), nos recuerda el poeta. Así también: “Apremios y reuniones no para curar / para prohibir cualquier palabra / acerca de la dolencia” (“Familiar”). La enfermedad también resitúa la relación con el lenguaje, los vínculos entre las palabras y su referente: la dolencia cotidiana, tan visible, tan audible, no admite sin embargo ser nombrada porque, lo sabemos, la tautología empobrece y vuelve inútil la acumulación reiterativa: “se augura magia desde un brazo muerto / naufragios de tendones / soles donde la luz impera y borra lo imborrable” (“Familiar”). La mitad opuesta está hecha de una escritura invadida por el cuerpo, de uno que padece que interroga la naturaleza del mal (“pero qué es el mal”), el origen del mal, que se piensa en la sobrevivencia “extra humano / casi humano”.

Juan Secaira trabaja una escritura que escucha su pulso y medita el acertijo encapsulado en la enfermedad, en los registros del cuadro clínico: “La enfermedad no es una competencia / sino un acertijo / a ras del cielo” (“Trueque”). En esa hermandad que nace de la experiencia compartida es posible para el poeta/paciente/doliente/buscador cargar con “costales / y costales de esperanza”. La fe para el poeta no reside ni en los médicos, ni en los manuales, ni en el saber de la ciencia, sino en la palabra y en la cercanía de los suyos: “una fe todavía en la palabra salva / incluso sin sanar” (“Mariposa”). La enfermedad arrasa con el velo de ilusión que rodea eso que solemos reconocer como realidad: en la certeza del dolor, el cuerpo, “sin un costado”, se sabe y reinventa su propio lenguaje: “A veces estoy más ido / tal vez sea la enfermedad / la medicina / la poesía / o las tres” (“Tres”).




[1] Juan Antonio Ramírez. Corpus solus. Para un mapa del cuerpo en el arte contemporáneo. Madrid: Siruela, 1998, p. 208.
[2] Josefina Ludmer. Literaturas postautónomas, en Cristina Rivera Garza. La imaginación pública. México DF: Conaculta, 2015, p. 7.
[3] Cristina Rivera Garza, “Hay una rodilla en todo esto”, Ibíd., p. 55.
[4] Jean-Luc Nancy, Corpus. Madrid: Arena Libros, 2003. 

martes, 28 de abril de 2015

Zambullirse en la ‘Ribera de Cristal’

Por Damián de la Torre


Antes de sumergirse en una obra, de leerla, de interaccionar con ella, es necesario, por lo menos para mí, tratar de acercarme a su autor. ¿Qué decir de Juan Secaira Velástegui? Jugando un poco con los títulos de sus poemarios, podría decirse, tal vez, que es un Sujeto de ida que ha concebido una poesía tan tierna como violenta, tan lúcida como delirante, que sana pero que contagia a la vez, sobre todo cuando el poeta nos salpica con el fluido que emana desde su Ribera de Cristal. Un poeta que, una vez leído, nos enseña que No es dicha el que nos privemos de leerlo.

Ribera de Cristal. Ya desde el título el poeta evoca a la fragilidad, pero entiéndase a ésta no como pura blandura o inconsistencia, sino como la toma de consciencia de que la palabra no es una especie en peligro de extensión. ¿O acaso la poesía no es la construcción y la destrucción del lenguaje? Esta inquisición es lo que nos planteará no solo en este poemario Secaira, sino en toda su obra. Una interrogante que sacude, trasgresora, que a ratos llega como un puñetazo capaz de no conformarse en partirnos la mandíbula, sino también el alma: “Dios es la poesía donde se extraña el reino./ La poesía es el reino donde se extraña a dios” (Travesía). Pero que también llega como una caricia, con tacto inconmensurable: “Tarde cuando la hija toma la mano del padre/ para así demostrarle su afecto en silencio y risas” (Triste).

Ribera de Cristal se divide en cuatro partes, las mismas que se constituyen en una unidad metafórica del devenir del ciclo vital: nacer, crecer, reproducirse… ¿Y la muerte? La muerte es una sombra que convive cada día con nosotros, una hoz que se extiende en nuestros pies cual espuelas y que nos acompaña en cada paso que damos, dejando una huella tan patética como irónica: “A diferencia de otros poemas en este/ primero muere el hijo./Riberas de cristal./ Decir ejemplo es poco/ decir manos extendidas algarabía apoyo amor/aprender de él a vivir con pasión lo propio sin/ demagogia ni recetas baratas”. (Ribera de Cristal).

Secaira parte del origen y el origen se representa con el padre, imagen primigenia que forjará un eslabón donde la risa se funde con el llanto, donde los suspiros le toman la posta a la risa, donde la enfermedad es tratada con dignidad y sin victimizaciones. El poeta, sin encasillarse en la poesía mística, dará un protagonismo a Dios en sus versos, justamente, para robustecer esa idea de origen, que se bambolea entre la duda y la fe. En enero de este año, mientras conversaba con Juan, él me expresó: “Imagina a un doctor que no puede curarle al hijo. Esa es la relación entre mi padre y yo, pero no lo pongo como un drama: la poesía trasciende a uno mismo”. Estas palabras cobran sentido desde la primera página del poemario, donde el poeta nos enfrenta con la trascendencia de su poesía: “Padre jamás ha probado un trago/ me los dejó todos a mí/ girando/ en la memoria de una deidad irónica./ Padre/ intentó curarme/ desde el principio/ estoy enfermo también de poesía”.

Después aparecerá el hijo como una contraposición de equilibrio. Un salto donde lo íntimo florece hacia el exterior, donde la memoria se manifiesta sin reservas gracias a la mirada aguda de Secaira, a su observación profunda que permite que la palabra se convierta en un espejo, en una ribera cristalina, donde podemos acercar nuestro rostro para reconocernos. Secaira nos regala la posibilidad de la alteridad debido a que nos enfrenta con lo cotidiano, territorio donde emergen esas interrogantes que sacuden habitualmente nuestro pensamiento para enfrentarnos con nosotros mismo y la otredad. Muestra de esto es su poema Escuela, que dedica a su hijo Juan Alexander y con el que inicia la segunda parte de su libro: “La escuela de mi hijo es enorme y bulliciosa/ no sé qué hago ahí./ Sus amigos juegan con mi barba con mi cabello/ hacen preguntas./ Intento responder./ Huyo./ En la tarde mi hijo/ me dice que le he caído bien a sus amigos/ han dicho que sus padres no son como yo/ ni siquiera intento pensar si eso es un halago/ o qué/ trato de ponerme de pie/ es suficiente”.

El equilibrio sigue emergiendo y se consolida una vez que, sobre la balanza de la palabra, se coloca al fuego y al agua, dos elementos contrarios pero que, como el propio Juan señala, purifican. Sus hijas, sus gemelas, Laura y Cristel, son sus musas también y continuarán soldando la cadena poética que Secaira propone. Fuego: “Conmueve el hecho de la vida/ de saberla franca y gozando sus días./ Hay descontrol oculto en esa experiencia./ Lápices de colores pasos de baile y una voz/ cantando./ Acercarse a la posibilidad porque de la muerte no se puede escribir sin caer en suposiciones./ Sin embargo algo brilla donde la luz se une con el/ último escalón”. Agua: “La finitud es como un hilo imposible de cortar/ sin el permiso de alguien./ Una autoridad revierte lo dicho y lo hecho/ los transforma en olvido./ Ninguna naturaleza dispuesta a rocas y hastíos/ será considerada ni prendada./ Desde el momento del primer suspiro/ batas blancas premura del ser/ ya los cortes estaban dados y otorgados/ ya los ojos eran propiedad de una mirada”.

Querido Juan, como ya lo expuse en otro texto luego de conversar contigo acerca de tu obra, una neuritis te declaró la guerra y has perdido ‘batallas’ en las canchas de fútbol, entre las redes del vóley y en las piscinas: el dolor no le da tregua al exceso físico. Pero por suerte, la guerra frente al vacío de una página en blanco –que es mucho más fuerte- no la perdiste. Con papel y lápiz en mano trabajas duro para disparar versos que nos atraviesan y que se incrustan con fuerza en quien te lee. Sé que crees en el azar, yo también. Porque una mañana cayó en mis manos tu poemario No es dicha, y desde ahí he tenido la dicha de conocerte. Espero que el público se anime a dialogar contigo y que no solo camine por la Ribera de Cristal, sino que se zambulla por completo en tu palabra.

                                 Damián de la Torre leyendo, yo escuchando agradecido, Bibliorecreo, 25 de abril de 2015, maravilloso público, inolvidable tarde.



lunes, 9 de febrero de 2015

Diario La Hora, Ribera de cristal

DIARIO LA HORA ARTES & CULTURA

Protagonista
‘Eso de las etiquetas me molesta’        

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 Domingo, 8 de Febrero de 2015


POETA. Durante la charla en un parque de La Mariscal, en Quito.



Divisando la ‘Ribera de cristal’



Una neuritis le declaró la guerra a Juan Secaira Velástegui. El escritor quiteño se ha perdido ‘batallas’ en las canchas de fútbol, entre las redes del vóley y en las piscinas: el dolor no le permite excederse físicamente.

Por suerte, la guerra de la palabra –que es mucho más fuerte- no la perdió. Secaira, con papel y lápiz en mano, trabajó siempre en sus versos. Dice que ahora se dará un descanso, pero eso lo hace luego de presentar un nuevo poemario.

Se trata de ‘Ribera de cristal’, un libro tan violento como tierno. Sobre esta reciente obra, que fue publicada por Ediciones de Pandora (Tampa, EE. UU.), el poeta conversó con Revista Artes.


“Estoy enfermo también de poesía”, dice un verso de ‘Padre’, poema con que arranca el libro. ¿Para qué sanar de tremendo mal?

La poesía es una construcción y una destrucción del lenguaje. No se trata de caer en un artificio. Tengo un problema con las referencias, me gusta que no sean tan evidentes en los poemas; obviamente, las referencias están, pero no me agrada eso de etiquetar. Muchos están esclavizados por la dictadura del conocimiento y en el encasillar. No busco hacer un manual con el poemario. La gente se queda con el tema y no con el lenguaje. El que se encuentren con ‘Padre’, antes de cualquier prólogo, permite que el lector se acerque y vaya sacando sus conclusiones. A veces unas palabras preliminares sesgan y te matan antes de vivir. Ni siquiera te dan tiempo para enfermarte.


Juan Secaira Velástegui
Escritor ecuatoriano (Quito, 1971).

Ha publicado el ensayo ‘Obsesiones urbanas’, sobre la obra narrativa de Humberto Salvador, y los poemarios ‘Construcción del vacío’, mención especial del Premio Ángel Miguel Pozanco; ‘No es dicha’, Premio Nacional de Poesía Jorge Carrera Andrade y ‘Sujeto de ida’.





En su poesía hay momentos de lucidez, otros de enfermedad, pero la mayoría rinden un tributo a la memoria. Esto da fortaleza a una visión que trata de realzar a lo que vendrá…

Con este libro me arriesgué hasta en dividirlo en cuatro partes y estos periodos que señalas están presentes. Parto del origen, del padre, quien aparece de forma continua, y puede vérsele como el dador del lenguaje. Lo contrapongo con el hijo, quien aparece en la segunda parte. Y, efectivamente, hay esa idea de lo que va naciendo. Ahí es donde aparecen mis hijas, que son mellizas, y por eso arranco las dos últimas partes con elementos como agua y fuego, algo con más calma y mayor energía, pero curiosamente los dos elementos purifican.

¿Considera que es su obra más madura hasta el momento?

Me parece que aquí estoy más sólido, mucho más riguroso, aunque sin dejar lo vital: el azar. Hay en mí un deseo de intercambio, de una comunión con el lector. En los otros libros me escondía un poco, en este pienso que me ha servido para salir más de mí mismo.

¿Cómo se camina por la ‘Ribera de cristal’?

Imagina a un doctor que no puede curarle al hijo. Esa es la relación entre mi padre y yo, pero no lo pongo como un drama. La poesía trasciende a uno mismo. Muchas veces te leen y se hacen la idea de uno y cuando te conocen se dan cuenta que tu vida y obra es distinta: la poesía debe superarte. Pienso que en este camino aparece la alegría, pero también te demuestra un fracaso, muy humano, que incluso puede llegar a ser reconfortante.

¿Camina todavía por esa ‘ribera’?

Sí, camino por esa ‘ribera’ que es muy fuerte, pero que a la vez se puede romper. El día a día de uno es duro: está la rehabilitación y el buscar los recursos para los hijos. Pero eso sí, no me quejo. El papel de víctima es el peor. Además, si tuviera todo no me dedicaría a la poesía.

El poemario no trata sobre poesía mística, aunque los conceptos de dios y metafísica están presentes…

De niño tenía una fe terrible. Era de los que por todo rezaba. Creía de una manera tenaz, después fui descreyendo. Ahora no tengo una religión, pero sí tengo una fe. La fe no es una debilidad, más debilidad hay en negarlo todo. No pienso en un dios que te da fórmulas para ser feliz. Pienso que negarle o decir que sí existe sería mucha vanidad. Hablo de un acompañamiento imaginario que te sostiene de la misma manera que lo hace la poesía.

Ud. escribe: “Sobrevivir es contar los latidos mientras se finge una sonrisa”. ¿Por ahora sonríe?

Sí, sonrío. Después de publicar el ‘Sujeto de ida’ anduve mal, todo se complicó, pero fui saliendo. Por suerte está mi familia: los hijos son como la poesía, ambos tienen un pulso vital.

También dice: “Escribir poesía para deshacer la novela de otros cuentos”…

Como decía, eso de las etiquetas me molesta. El que estén diciendo que tu obra es coloquial, hermética, barroca, etc., llega en un momento a perder sentido, que quien te lee saque su cuento, ¿no? Ahí regreso a lo que te decía de evitar el prólogo porque muchas veces como que te limitan a la hora de enfrentarte
con el libro.

¿Va a disfrutar de esta publicación o está trabajando en la siguiente?

Con el ‘No es dicha’, con el ‘Sujeto de ida’ y con ‘Ribera de cristal’ pareciera que se dio una trilogía. En un corto tiempo se fueron publicando, lo que no quiere decir que se fueron escribiendo en esa medida, porque una cosa es escribir y otra publicar. Siento que por ahora ya lo he dicho todo, no sé qué más decir. Me tomaré un tiempo para descansar, leer y después pensar en ir trabajando más poemas. No quiero sonar pretencioso, pero no quiero repetirme. Sería feo que consideren la obra de uno como una marca: imagina que digan ‘vean un poema de hospital’ y corran al Google y aparezca algo mío (risas). Quiero desencontrarme. No se trata de estar relajado porque la búsqueda es intensa: solo busco ir alejándome de esta ‘Ribera de cristal’. (DVD)