Trampantojo
la salud mental
túnel gélido
donde la llama
se abre camino
al costado
el lienzo aparta
sorpresas
cuando el amor es necio
ya no es amor
sino reunión familiar
de esas a las que
nadie quiere ir
o esta enfermedad
confortada
a pesar del
agua turbia
un cuadro sin gritos
ni acusaciones
la medicina que
solo salva
y en su límite
avizora
un horizonte
el maldito
horizonte del dolor
trastorno
que aleja
en su insidiosa
cercanía.
viernes, 6 de julio de 2018
lunes, 15 de enero de 2018
Terapia
Voy con mi hijo
cada tarde
a la terapia física
son años
que no
he ejercitado.
cada tarde
a la terapia física
son años
que no
he ejercitado.
Cómo iba a hacerlo
si estaba acoplándome
a esto de tener
problemas neurofísicosescleróticos.
Al que vamos es
de los pocos gimnasios
para todo público
que acepta a alguien
en mis condiciones.
El primer día fue emotivo: los instructores
al finalizar el entrenamiento
me felicitaron por ir
por tener la voluntad de hacerlo.
Mi hijo también se ejercita
combinamos
nuestros tiempos.
nuestros tiempos.
Intento
regresar de un infierno
con cierta dignidad
apoyándome
solo no puedo.
Los dos nos animamos
mi hijo tiene para largo
en lo que quiera realizar.
A veces me dejo llevar
creo que se pueden superar esos terribles últimos años.
Y en algo
me animo.
jueves, 9 de noviembre de 2017
anima d versión
Desde cuando dije que me sentía mal por primera vez
y huyó el niño y apareció el lobo para quedarse
y huyó el niño y apareció el lobo para quedarse
una franja obstinada es el mal
entero para no sufrir ni llorar
pero hoy se cayó mi hija
¿y cómo le enseño a cuidarse de un ataque por la espalda?
pero tampoco un accidente puede generar ciegos culpables
¿y cómo le enseño a cuidarse de un ataque por la espalda?
pero tampoco un accidente puede generar ciegos culpables
pequeñas representaciones de lo que vendrá
tiemblo y no de temor al escribir esto
sensaciones de vértigo y abismos desde la cabeza
el mar en una habitación cerrada
la frecuencia que llega a destiempo
sensaciones de vértigo y abismos desde la cabeza
el mar en una habitación cerrada
la frecuencia que llega a destiempo
pena de suertes para los que culpan al paciente de su enfermedad
pero el don y la herida son más profundos
se juntan en el paisaje que borra esta ciudad
donde lo difícil es no perder la cordura
tampoco rendirle honores a una locura latente
donde lo difícil es no perder la cordura
tampoco rendirle honores a una locura latente
un ancla que se lleva el cielo a otras nubes
una patria viviente en ojos cerrados
en la sorpresa de un amor
en el leve roce de un canto
una patria viviente en ojos cerrados
en la sorpresa de un amor
en el leve roce de un canto
en la mansión de libros para vivirse y desvivirse
con la confianza de frenar a los días malos
ir tachándolos en un calendario opaco
pocos se deprimen junto al mar
porque el mar es luz
constante rumor en los oídos
voces que no causan risa
flores para una fiesta descomunal
donde el mar es una idea para siempre
porque el mar es luz
constante rumor en los oídos
voces que no causan risa
flores para una fiesta descomunal
donde el mar es una idea para siempre
no se puede compartir el dolor
es lo único propio
y estos dedos y el diagnóstico como una caja de pandora
y la calamidad y la alegría
y el comprender que el cuerpo es lejano
ajeno
es lo único propio
y estos dedos y el diagnóstico como una caja de pandora
y la calamidad y la alegría
y el comprender que el cuerpo es lejano
ajeno
huir de las verdades absolutas
de las súplicas y la distancia
de las súplicas y la distancia
tramar el ritmo de los años
y divertirse formando piezas
de un rompecabezas imposible para hoy
y divertirse formando piezas
de un rompecabezas imposible para hoy
(leer esto y obviar la creencia de que quien escribe está bien o mal, porque el último poema está escrito como si en verdad fuese el último poema, por si la vida y las moscas).
lunes, 16 de octubre de 2017
Golpes en reposo
Ni
bien despierto
en un lunes
la presión
el pulso
comienzan a jugar con el cuerpo
en una
marcha laboriosa
como piedras rodando montaña abajo
para luego
Sísifos dementes
volver a
subir.
La
enfermedad
adjetiva
los días
atroces
no obstante
luminosos
dolorosos
pero con
una claridad
que embriaga.
Pasan
las horas
pasarán
y la espera
se convertirá
en una imprescindible
desconexión.
Perdidos
en una ciudad desconocida
el
alegato
firmado
para después.
Descansar
no aporta nada.
Un
castillo de arena sin reyes.
Tinieblas
ya
golpes
en reposo.
jueves, 29 de junio de 2017
Un costado se toma el cuerpo: dividido en dos vivir como uno. Por Alicia Ortega Caicedo
Los poemas reunidos en La mitad opuesta bien pueden ser leídos
como huella/testimonio de un cuerpo que interpela al lector en el dolor. Juan
Secaira trabaja la escritura desde el cuerpo, escribe con su cuerpo: traza en
sus versos la evidencia del dolor, del síntoma, de una memoria corporal que
pone en escena el devenir de una enfermedad: pérdida del tacto, atrofia,
“parestesias / neuropatía periférica / pelados cables / neuralgia del trigémino
/ descargas eléctricas / dolor” (“Cura”). El itinerario de esa sintomatología
fragmenta el cuerpo y amplifica sus partes: “Estos poemas fueron escritos / con
la mano menos hábil” (“Un trazo”). Observa Juan Antonio Ramírez, en Corpus solus, que en la retórica del
cuerpo un fragmento puede designar la totalidad orgánica. En esta línea de
reflexión convergen experiencias artísticas y distintas formas de saberes
especializados (derivados, por poner unos pocos ejemplos, de la medicina, la
arqueología, la iconografía religiosa), que trabajan la parcelación del cuerpo
y prácticas de mutilación, como instancias de producción de conocimiento y formas
de representación humana a lo largo de la historia. Ramírez advierte que no
solo los detalles anatómicos hablan de un cuerpo fragmentado, sino que también
el cuerpo del deseo es un cuerpo fragmentado: “Al amante le perturban las
axilas, los labios, el cuello, los ojos, las manos, o cualquier otro detalle de
la persona amada. La primera concepción de nuestro ser es también parcial, y
solo en el estadio infantil del espejo, si hemos de creer a Lacan, podemos
alcanzar, como reflejo, una visión totalizadora del cuerpo”.[1]
Podemos acotar y sugerir que esa visión totalizadora de nosotros mismos está
más cerca de la ilusión de certeza —que
nos provee nuestra imagen reflejada en el espejo y el nombre propio que nos
precede— antes que de una
realidad articulada alrededor de un yo múltiple y en devenir constante. El
poeta así lo sabe: “Maldita enfermedad prohíbe el movimiento / un costado se
toma el cuerpo / dividido en dos vivir como uno” (Secaira, “Neural”). También
dice: “recorre el antebrazo con un aleteo” (“Necio”), y nosotros, sus lectores,
podemos reconocer en ese aleteo el pulso de su escritura, cuando la mano
derecha se ha ido, en sus palabras, de huelga: “Me he quedado zurdo / de buenas
a primeras” (“Zurdo”). Se trata de una escritura que propositivamente nos
interpela en su carga testimonial: “Si te aburre leer esto / imagínate vivirlo
cada día” (“Zurdo”).
Un “cuerpo raro” encarna la
escritura (“raro” en tanto su dolor y parálisis de un costado lo alejan de los
estereotipos del cuerpo ideal y canónico, y lo aproximan a uno diferente, en
“mutación”). Las manos del poeta se desprenden de la totalidad carnal y puntúan
un movimiento diferente del organismo, radicalmente otro, un movimiento/atrofia
que imprime la percepción de rareza que, a su vez, rarifica la escritura: “los
cimientos del cuerpo en unas extremidades que no dan más / para colmo una mano
va contagiando a la otra en marchas constantes” (“Salvo”). Los versos de Juan
Secaira se construyen alrededor de una sinécdoque corporal que trenza, a pesar
de la enfermedad y el dolor, las intensidades de la vida con la escritura: “Los
doctores advierten que se debe cuidar el corazón / parecen un tratado de
filosofía esas palabras […] / las manos sobre el humo son una figura válida
para este asunto de la salud y la estancia […] / los dedos se suceden en brizna
de una infancia modificada” (“Manos sobre humo”). El poemario aborda justamente
“este asunto de la salud y la estancia” en la apuesta por una escritura que
muestra las costuras del cuerpo, pero también, y, sobre todo, su experiencia
vital que se enciende en el preciso acto de “unirse humo y mano”: allí en donde
coinciden diversas formas de la materia vibrante. En el poemario dialoga la
memoria corporal con aquella depositada en el álbum de familia: el padre que
sonríe a su hijo mientras sostiene el brazo enfermo para que salga bien en la
fotografía es una imagen poética que pone en movimiento muchas formas de ver y
de hacer frente a la ausencia de una cura que no llega: “un galpón / cajas
vacías / mi hijo y la broma de que yo salga a la calle” (“Ver”), o la compañía
de la hija que fortalece la estancia: “corazones que laten en conjunto /
entonces la hija siente el laberinto de citas médicas de su padre / y ofrece
acompañarlo / uno enferma / dos sanan / hasta la locura” (“Neural”). Ese uno
que enferma y dos que sanan entretejen los hilos de una comunidad de afecto y
cuidado. Una comunidad que acoge al cuerpo dividido en dos aunque viva como
uno. Una comunidad en donde también “uno sana /
dos enferman / hasta la cordura”
(“Neural”).
Por eso el poeta recuerda:
“cinco pelotas hemos pateado con mi hijo a las casas vecinas / habitadas por el
abandono / hemos recuperado tres / eso es ganancia / el juego sigue” (Santa
diosa”). Elige nombrar a “Tatiana”, en tributo de amor, antes que a “los
nombres finales de esta enfermedad / epílogo maldito de tanto dolor”
(“Tatiana”).
“Con las manos enfermas” repite el poeta
no sentado a la espera, sino sentado a la vida en la escritura, como gesto que
testimonia los afectos, la presencia y el cuidado de los suyos. Los afectos que
tejen los hilos de una comunidad allí en donde la enfermedad parece definirse
como el “vacío entre el tiempo y el sonido de las cosas” (“Siniestra”). Un
vacío que busca llenarse de imágenes, recuerdos, partes de un cuerpo que se
piensa/se siente/se escucha en el golpeteo cotidiano de los síntomas. Esos
síntomas que producen un estado de alerta en la escucha y atención al decir del
cuerpo. Un estado de alerta como lugar de enunciación, cercano al estado de
esas escrituras que Josefina Ludmer califica como “literaturas postautónomas”:
escrituras de lo real (que cruzan el testimonio, la autobiografía, el diario
íntimo, entre otros registros posibles). “[Mi punto de partida es / éste. /
Estas escrituras no / admiten lecturas literarias; esto / quiere decir que no
se sabe / o no importa / si son o no son / literatura. / Y tampoco se sabe / o
no importa / si son realidad o ficción. / Se instalan localmente / y en una
realidad / cotidiana para ‘fabricar / presente’ / ese / es precisamente su
sentido.]”.[2] Este es
el texto de Josefina Ludmer con el que Cristina Rivera Garza abre su poemario La imaginación pública, que trata sobre
las enfermedades sufridas por su cuerpo durante un año. “La mayoría de las
cuestiones del cuerpo se encuentran explicadas en un manual”,[3]
expresa la escritora mexicana. Frente al decir de esos manuales, u otros
espacios de divulgación científica o canales de producción de conocimiento, se
erige la voz poética, para volver a Juan Secaira, en el esfuerzo por traducir
una experiencia de intensidad corporal en palabras: allí refulge la fuerza del
acontecimiento —la
enfermedad— como corte e
interrupción del continuum temporal,
como entretiempo y derivas dictadas por la “política del cuerpo”: “La zurda se
desenvuelve con alguna gracia / que todo consuelo se transforme en vino o
abrazo / abundante carencia de los extremos la política del cuerpo […] / nunca
haberse preguntado / qué mismo es el dolor pese a sentirlo y resentirlo / en
cierto grado ese corte es poesía” (Secaira, “Política del cuerpo”).
Es el cuerpo fragmentado la instancia que
traza su política de escritura, la localiza y desde allí, en palabras de
Ludmer, “fabrica presente”, construye preguntas en la carrera por hacer
coincidir el hoy de la escritura con el de su lectura. Es también la voz que
habla debilitada “por la dictadura del cuerpo”. Secaira hace hablar al cuerpo,
para convertirlo, al decir del filósofo Jean-Luc Nancy, en horizonte del
acontecimiento, cuyo dolor se hace corte y poesía: el dolor como bisturí de las
palabras, de los sintagmas, de los versos: “No tenemos un cuerpo, sino que
somos un cuerpo”.[4] Se trata
de la experiencia de traducir el dolor corporal en la escritura como
posibilidad de restituir el sentido de la vida y en la vida: “(nadie sabe lo
que me he demorado en escribir vida)” (“Rigor”). En la enfermedad se reinventa
el lenguaje: “Recuperar las fracturas del cuerpo / de su lenguaje suprimido y
leve” (“Cuerpo”). Anclado en el escenario de lo real, de la experiencia del cuerpo
del escriba, el poemario incorpora la relatoría de una trayectoria, la
trayectoria y derivas de la enfermedad padecida: “En 2010 comenzaron los
problemas de salud / que han llevado a un permanente deterioro / doloroso y
degenerativo / en la motricidad del cuerpo / complicado además por una afección
cardiaca” (“El mal”). El referente del poemario interroga la enfermedad —ese “gran monstruo blanco / que
come cuerpos y también nimiedades” (“Goleador”)—, perfora la escritura —“aunque el dolor perfore el cuerpo” (“Madera húmeda”)—, restituye al cuerpo su
memoria.
La enfermedad provoca nuevos itinerarios,
recorridos y localizaciones, en el desplazamiento cotidiano del cuerpo:
hospitales, tratamientos, fechas, citas médicas, falta de dinero,
especialistas, doctores y chamanes, recetas, “olor a bosque y pastillas”,
dictámenes, diagnósticos e historial clínico, registran “el espacio de la
violencia diaria”, pero también diseñan un nuevo mapa familiar: “la hermandad
nace en la experiencia transitada” (“Marea y destierro”), nos recuerda el
poeta. Así también: “Apremios y reuniones no para curar / para prohibir
cualquier palabra / acerca de la dolencia” (“Familiar”). La enfermedad también
resitúa la relación con el lenguaje, los vínculos entre las palabras y su referente:
la dolencia cotidiana, tan visible, tan audible, no admite sin embargo ser
nombrada porque, lo sabemos, la tautología empobrece y vuelve inútil la
acumulación reiterativa: “se augura magia desde un brazo muerto / naufragios de
tendones / soles donde la luz impera y borra lo imborrable” (“Familiar”). La mitad opuesta está hecha de una
escritura invadida por el cuerpo, de uno que padece —que interroga la naturaleza del mal (“pero qué es el
mal”), el origen del mal—,
que se piensa en la sobrevivencia “extra humano / casi humano”.
Juan Secaira trabaja una escritura que
escucha su pulso y medita el acertijo encapsulado en la enfermedad, en los
registros del cuadro clínico: “La enfermedad no es una competencia / sino un
acertijo / a ras del cielo” (“Trueque”). En esa hermandad que nace de la
experiencia compartida es posible para el poeta/paciente/doliente/buscador
cargar con “costales / y costales de esperanza”. La fe para el poeta no reside
ni en los médicos, ni en los manuales, ni en el saber de la ciencia, sino en la
palabra y en la cercanía de los suyos: “una fe todavía en la palabra salva /
incluso sin sanar” (“Mariposa”). La enfermedad arrasa con el velo de ilusión
que rodea eso que solemos reconocer como realidad: en la certeza del dolor, el
cuerpo, “sin un costado”, se sabe y reinventa su propio lenguaje: “A veces
estoy más ido / tal vez sea la enfermedad / la medicina / la poesía / o las
tres” (“Tres”).
[1] Juan Antonio Ramírez. Corpus solus. Para un mapa del cuerpo en el
arte contemporáneo. Madrid: Siruela, 1998, p. 208.
[2] Josefina Ludmer. Literaturas postautónomas, en Cristina
Rivera Garza. La imaginación pública. México
DF: Conaculta, 2015, p. 7.
[3] Cristina Rivera Garza, “Hay una
rodilla en todo esto”, Ibíd., p. 55.
[4] Jean-Luc Nancy, Corpus. Madrid: Arena Libros, 2003.
jueves, 4 de mayo de 2017
Poético y humano Juan Secaira, por Pedro Gil Flores
Impulsado por sus ganas entrañables de no
asfixiarse con el humo negro, nocivo, del smog de una lírica que aún contamina.
Nos contamina. Este brillante poeta (conste que soy renuente a los adjetivos,
zalamerías y compañía), prolonga el canto profundo: “Prolongación del canto en el roce de los dedos de la mano
izquierda”, dice su poema Roce. Poesía vital. Siempre mis visitas
a su hogar me asombran, me llenan de luz inmarcesible, inextinguible. La luz de
su silencio.
Juan Secaira huye de la lástima y asume la
poesía como un estoico contemporáneo, riéndole a sus hijos y a su esposa. A sus
padres y a sus amigos. Y yo río con él. Porque, como sostenía Roberto Bolaño: “Literatura + enfermedad = enfermedad”. No
jodan. “Toda enfermedad culmina en el
momento de nombrarla”, nos dice Secaira.
Y él lo dice en poesía. Grandeza de ser humano y poeta.
Y el asunto no queda así. Juan Secaira
sentía y siente: “un desafío por en vida
no estar” y no le molestaban ni le
molestan “los ruines que siempre hubo y
habrá”. Inmenso en talla física. Inmenso
en vuelo poético.
Juan Secaira Velástegui no dejes de
prender fuego. El fuego que sabe cuánto has demorado en escribir vida. Poeta
con mayúsculas, tu fuego no se apagará nunca.
lunes, 1 de mayo de 2017
Un costado se toma el cuerpo: dividido en dos vivir como uno
Un costado se toma el cuerpo:
dividido en dos vivir como uno
Por Alicia Ortega Caicedo
Los poemas reunidos en La mitad opuesta bien pueden ser leídos
como huella/testimonio de un cuerpo que interpela al lector en el dolor. Juan
Secaira trabaja la escritura desde el cuerpo, escribe con su cuerpo: traza en
sus versos la evidencia del dolor, del síntoma, de una memoria corporal que
pone en escena el devenir de una enfermedad: pérdida del tacto, atrofia,
“parestesias / neuropatía periférica / pelados cables / neuralgia del trigémino
/ descargas eléctricas / dolor” (“Cura”). El itinerario de esa sintomatología
fragmenta el cuerpo y amplifica sus partes: “Estos poemas fueron escritos / con
la mano menos hábil” (“Un trazo”). Observa Juan Antonio Ramírez, en Corpus solus, que en la retórica del
cuerpo un fragmento puede designar la totalidad orgánica. En esta línea de
reflexión convergen experiencias artísticas y distintas formas de saberes
especializados (derivados, por poner unos pocos ejemplos, de la medicina, la
arqueología, la iconografía religiosa), que trabajan la parcelación del cuerpo
y prácticas de mutilación, como instancias de producción de conocimiento y formas
de representación humana a lo largo de la historia. Ramírez advierte que no
solo los detalles anatómicos hablan de un cuerpo fragmentado, sino que también
el cuerpo del deseo es un cuerpo fragmentado: “Al amante le perturban las
axilas, los labios, el cuello, los ojos, las manos, o cualquier otro detalle de
la persona amada. La primera concepción de nuestro ser es también parcial, y
solo en el estadio infantil del espejo, si hemos de creer a Lacan, podemos
alcanzar, como reflejo, una visión totalizadora del cuerpo”.[1]
Podemos acotar y sugerir que esa visión totalizadora de nosotros mismos está
más cerca de la ilusión de certeza —que
nos provee nuestra imagen reflejada en el espejo y el nombre propio que nos
precede— antes que de una
realidad articulada alrededor de un yo múltiple y en devenir constante. El
poeta así lo sabe: “Maldita enfermedad prohíbe el movimiento / un costado se
toma el cuerpo / dividido en dos vivir como uno” (Secaira, “Neural”). También
dice: “recorre el antebrazo con un aleteo” (“Necio”), y nosotros, sus lectores,
podemos reconocer en ese aleteo el pulso de su escritura, cuando la mano
derecha se ha ido, en sus palabras, de huelga: “Me he quedado zurdo / de buenas
a primeras” (“Zurdo”). Se trata de una escritura que propositivamente nos
interpela en su carga testimonial: “Si te aburre leer esto / imagínate vivirlo
cada día” (“Zurdo”).
Un “cuerpo raro” encarna la
escritura (“raro” en tanto su dolor y parálisis de un costado lo alejan de los
estereotipos del cuerpo ideal y canónico, y lo aproximan a uno diferente, en
“mutación”). Las manos del poeta se desprenden de la totalidad carnal y puntúan
un movimiento diferente del organismo, radicalmente otro, un movimiento/atrofia
que imprime la percepción de rareza que, a su vez, rarifica la escritura: “los
cimientos del cuerpo en unas extremidades que no dan más / para colmo una mano
va contagiando a la otra en marchas constantes” (“Salvo”). Los versos de Juan
Secaira se construyen alrededor de una sinécdoque corporal que trenza, a pesar
de la enfermedad y el dolor, las intensidades de la vida con la escritura: “Los
doctores advierten que se debe cuidar el corazón / parecen un tratado de
filosofía esas palabras […] / las manos sobre el humo son una figura válida
para este asunto de la salud y la estancia […] / los dedos se suceden en brizna
de una infancia modificada” (“Manos sobre humo”). El poemario aborda justamente
“este asunto de la salud y la estancia” en la apuesta por una escritura que
muestra las costuras del cuerpo, pero también, y, sobre todo, su experiencia
vital que se enciende en el preciso acto de “unirse humo y mano”: allí en donde
coinciden diversas formas de la materia vibrante. En el poemario dialoga la
memoria corporal con aquella depositada en el álbum de familia: el padre que
sonríe a su hijo mientras sostiene el brazo enfermo para que salga bien en la
fotografía es una imagen poética que pone en movimiento muchas formas de ver y
de hacer frente a la ausencia de una cura que no llega: “un galpón / cajas
vacías / mi hijo y la broma de que yo salga a la calle” (“Ver”), o la compañía
de la hija que fortalece la estancia: “corazones que laten en conjunto /
entonces la hija siente el laberinto de citas médicas de su padre / y ofrece
acompañarlo / uno enferma / dos sanan / hasta la locura” (“Neural”). Ese uno
que enferma y dos que sanan entretejen los hilos de una comunidad de afecto y
cuidado. Una comunidad que acoge al cuerpo dividido en dos aunque viva como
uno. Una comunidad en donde también “uno sana /
dos enferman / hasta la cordura”
(“Neural”).
Por eso el poeta recuerda:
“cinco pelotas hemos pateado con mi hijo a las casas vecinas / habitadas por el
abandono / hemos recuperado tres / eso es ganancia / el juego sigue” (Santa
diosa”). Elige nombrar a “Tatiana”, en tributo de amor, antes que a “los
nombres finales de esta enfermedad / epílogo maldito de tanto dolor”
(“Tatiana”).
“Con las manos enfermas” repite el poeta
no sentado a la espera, sino sentado a la vida en la escritura, como gesto que
testimonia los afectos, la presencia y el cuidado de los suyos. Los afectos que
tejen los hilos de una comunidad allí en donde la enfermedad parece definirse
como el “vacío entre el tiempo y el sonido de las cosas” (“Siniestra”). Un
vacío que busca llenarse de imágenes, recuerdos, partes de un cuerpo que se
piensa/se siente/se escucha en el golpeteo cotidiano de los síntomas. Esos
síntomas que producen un estado de alerta en la escucha y atención al decir del
cuerpo. Un estado de alerta como lugar de enunciación, cercano al estado de
esas escrituras que Josefina Ludmer califica como “literaturas postautónomas”:
escrituras de lo real (que cruzan el testimonio, la autobiografía, el diario
íntimo, entre otros registros posibles). “[Mi punto de partida es / éste. /
Estas escrituras no / admiten lecturas literarias; esto / quiere decir que no
se sabe / o no importa / si son o no son / literatura. / Y tampoco se sabe / o
no importa / si son realidad o ficción. / Se instalan localmente / y en una
realidad / cotidiana para ‘fabricar / presente’ / ese / es precisamente su
sentido.]”.[2]
Este es
el texto de Josefina Ludmer con el que Cristina Rivera Garza abre su poemario La imaginación pública, que trata sobre
las enfermedades sufridas por su cuerpo durante un año. “La mayoría de las
cuestiones del cuerpo se encuentran explicadas en un manual”,[3]
expresa la escritora mexicana. Frente al decir de esos manuales, u otros
espacios de divulgación científica o canales de producción de conocimiento, se
erige la voz poética, para volver a Juan Secaira, en el esfuerzo por traducir
una experiencia de intensidad corporal en palabras: allí refulge la fuerza del
acontecimiento —la
enfermedad— como corte e
interrupción del continuum temporal,
como entretiempo y derivas dictadas por la “política del cuerpo”: “La zurda se
desenvuelve con alguna gracia / que todo consuelo se transforme en vino o
abrazo / abundante carencia de los extremos la política del cuerpo […] / nunca
haberse preguntado / qué mismo es el dolor pese a sentirlo y resentirlo / en
cierto grado ese corte es poesía” (Secaira, “Política del cuerpo”).
Es el cuerpo fragmentado la instancia que
traza su política de escritura, la localiza y desde allí, en palabras de
Ludmer, “fabrica presente”, construye preguntas en la carrera por hacer
coincidir el hoy de la escritura con el de su lectura. Es también la voz que
habla debilitada “por la dictadura del cuerpo”. Secaira hace hablar al cuerpo,
para convertirlo, al decir del filósofo Jean-Luc Nancy, en horizonte del
acontecimiento, cuyo dolor se hace corte y poesía: el dolor como bisturí de las
palabras, de los sintagmas, de los versos: “No tenemos un cuerpo, sino que
somos un cuerpo”.[4] Se trata
de la experiencia de traducir el dolor corporal en la escritura como
posibilidad de restituir el sentido de la vida y en la vida: “(nadie sabe lo
que me he demorado en escribir vida)” (“Rigor”). En la enfermedad se reinventa
el lenguaje: “Recuperar las fracturas del cuerpo / de su lenguaje suprimido y
leve” (“Cuerpo”). Anclado en el escenario de lo real, de la experiencia del cuerpo
del escriba, el poemario incorpora la relatoría de una trayectoria, la
trayectoria y derivas de la enfermedad padecida: “En 2010 comenzaron los
problemas de salud / que han llevado a un permanente deterioro / doloroso y
degenerativo / en la motricidad del cuerpo / complicado además por una afección
cardiaca” (“El mal”). El referente del poemario interroga la enfermedad —ese “gran monstruo blanco / que
come cuerpos y también nimiedades” (“Goleador”)—, perfora la escritura —“aunque el dolor perfore el cuerpo” (“Madera húmeda”)—, restituye al cuerpo su
memoria.
La enfermedad provoca nuevos itinerarios,
recorridos y localizaciones, en el desplazamiento cotidiano del cuerpo:
hospitales, tratamientos, fechas, citas médicas, falta de dinero,
especialistas, doctores y chamanes, recetas, “olor a bosque y pastillas”,
dictámenes, diagnósticos e historial clínico, registran “el espacio de la
violencia diaria”, pero también diseñan un nuevo mapa familiar: “la hermandad
nace en la experiencia transitada” (“Marea y destierro”), nos recuerda el
poeta. Así también: “Apremios y reuniones no para curar / para prohibir
cualquier palabra / acerca de la dolencia” (“Familiar”). La enfermedad también
resitúa la relación con el lenguaje, los vínculos entre las palabras y su referente:
la dolencia cotidiana, tan visible, tan audible, no admite sin embargo ser
nombrada porque, lo sabemos, la tautología empobrece y vuelve inútil la
acumulación reiterativa: “se augura magia desde un brazo muerto / naufragios de
tendones / soles donde la luz impera y borra lo imborrable” (“Familiar”). La mitad opuesta está hecha de una
escritura invadida por el cuerpo, de uno que padece —que interroga la naturaleza del mal (“pero qué es el
mal”), el origen del mal—,
que se piensa en la sobrevivencia “extra humano / casi humano”.
Juan Secaira trabaja una escritura que
escucha su pulso y medita el acertijo encapsulado en la enfermedad, en los
registros del cuadro clínico: “La enfermedad no es una competencia / sino un
acertijo / a ras del cielo” (“Trueque”). En esa hermandad que nace de la
experiencia compartida es posible para el poeta/paciente/doliente/buscador
cargar con “costales / y costales de esperanza”. La fe para el poeta no reside
ni en los médicos, ni en los manuales, ni en el saber de la ciencia, sino en la
palabra y en la cercanía de los suyos: “una fe todavía en la palabra salva /
incluso sin sanar” (“Mariposa”). La enfermedad arrasa con el velo de ilusión
que rodea eso que solemos reconocer como realidad: en la certeza del dolor, el
cuerpo, “sin un costado”, se sabe y reinventa su propio lenguaje: “A veces
estoy más ido / tal vez sea la enfermedad / la medicina / la poesía / o las
tres” (“Tres”).
[1] Juan Antonio Ramírez. Corpus solus. Para un mapa del cuerpo en el
arte contemporáneo. Madrid: Siruela, 1998, p. 208.
[2] Josefina Ludmer. Literaturas postautónomas, en Cristina
Rivera Garza. La imaginación pública. México
DF: Conaculta, 2015, p. 7.
[3] Cristina Rivera Garza, “Hay una
rodilla en todo esto”, Ibíd., p. 55.
[4] Jean-Luc Nancy, Corpus. Madrid: Arena Libros, 2003.
martes, 28 de abril de 2015
Zambullirse en la ‘Ribera de Cristal’
Por Damián de la Torre
Antes de sumergirse en una obra, de leerla, de interaccionar con ella, es necesario,
por lo menos para mí, tratar de acercarme a su autor. ¿Qué decir de Juan
Secaira Velástegui? Jugando un poco con los títulos de sus poemarios, podría
decirse, tal vez, que es un Sujeto de ida
que ha concebido una poesía tan tierna como violenta, tan lúcida como
delirante, que sana pero que contagia a la vez, sobre todo cuando el poeta nos
salpica con el fluido que emana desde su Ribera
de Cristal. Un poeta que, una vez leído, nos enseña que No es dicha el que nos privemos de
leerlo.
Ribera de Cristal. Ya desde el título el
poeta evoca a la fragilidad, pero entiéndase a ésta no como pura blandura o
inconsistencia, sino como la toma de consciencia de que la palabra no es una
especie en peligro de extensión. ¿O acaso la poesía no es la construcción y la
destrucción del lenguaje? Esta inquisición es lo que nos planteará no solo en
este poemario Secaira, sino en toda su obra. Una interrogante que sacude, trasgresora,
que a ratos llega como un puñetazo capaz de no conformarse en partirnos la
mandíbula, sino también el alma: “Dios es la poesía donde se extraña el reino./
La poesía es el reino donde se extraña a dios” (Travesía). Pero que también llega como una caricia, con tacto inconmensurable:
“Tarde cuando la hija toma la mano del padre/ para así demostrarle su afecto en
silencio y risas” (Triste).
Ribera de Cristal se divide en cuatro
partes, las mismas que se constituyen en una unidad metafórica del devenir del
ciclo vital: nacer, crecer, reproducirse… ¿Y la muerte? La muerte es una sombra
que convive cada día con nosotros, una hoz que se extiende en nuestros pies
cual espuelas y que nos acompaña en cada paso que damos, dejando una huella tan
patética como irónica: “A diferencia de otros poemas en este/ primero muere el
hijo./Riberas de cristal./ Decir ejemplo es poco/ decir manos extendidas
algarabía apoyo amor/aprender de él a vivir con pasión lo propio sin/ demagogia
ni recetas baratas”. (Ribera de Cristal).
Secaira parte del origen y el origen se representa con el padre, imagen
primigenia que forjará un eslabón donde la risa se funde con el llanto, donde
los suspiros le toman la posta a la risa, donde la enfermedad es tratada con
dignidad y sin victimizaciones. El poeta, sin encasillarse en la poesía mística,
dará un protagonismo a Dios en sus versos, justamente, para robustecer esa idea
de origen, que se bambolea entre la duda y la fe. En enero de este año,
mientras conversaba con Juan, él me expresó: “Imagina a un doctor
que no puede curarle al hijo. Esa es la relación entre mi padre y yo, pero no
lo pongo como un drama: la poesía trasciende a uno mismo”. Estas palabras
cobran sentido desde la primera página del poemario, donde el poeta nos
enfrenta con la trascendencia de su poesía: “Padre jamás ha probado un trago/
me los dejó todos a mí/ girando/ en la memoria de una deidad irónica./ Padre/
intentó curarme/ desde el principio/ estoy enfermo también de poesía”.
Después aparecerá el hijo como una contraposición de equilibrio. Un salto
donde lo íntimo florece hacia el exterior, donde la memoria se manifiesta sin
reservas gracias a la mirada aguda de Secaira, a su observación profunda que
permite que la palabra se convierta en un espejo, en una ribera cristalina,
donde podemos acercar nuestro rostro para reconocernos. Secaira nos regala la
posibilidad de la alteridad debido a que nos enfrenta con lo cotidiano,
territorio donde emergen esas interrogantes que sacuden habitualmente nuestro
pensamiento para enfrentarnos con nosotros mismo y la otredad. Muestra de esto
es su poema Escuela, que dedica a su
hijo Juan Alexander y con el que inicia la segunda parte de su libro: “La
escuela de mi hijo es enorme y bulliciosa/ no sé qué hago ahí./ Sus amigos
juegan con mi barba con mi cabello/ hacen preguntas./ Intento responder./
Huyo./ En la tarde mi hijo/ me dice que le he caído bien a sus amigos/ han
dicho que sus padres no son como yo/ ni siquiera intento pensar si eso es un
halago/ o qué/ trato de ponerme de pie/ es suficiente”.
El equilibrio sigue emergiendo y se consolida una vez que, sobre la balanza
de la palabra, se coloca al fuego y al agua, dos elementos contrarios pero que,
como el propio Juan señala, purifican. Sus hijas, sus gemelas, Laura y Cristel,
son sus musas también y continuarán soldando la cadena poética que Secaira
propone. Fuego: “Conmueve el hecho de
la vida/ de saberla franca y gozando sus días./ Hay descontrol oculto en esa
experiencia./ Lápices de colores pasos de baile y una voz/ cantando./ Acercarse
a la posibilidad porque de la muerte no se puede escribir sin caer en
suposiciones./ Sin embargo algo brilla donde la luz se une con el/ último
escalón”. Agua: “La finitud es como
un hilo imposible de cortar/ sin el permiso de alguien./ Una autoridad revierte
lo dicho y lo hecho/ los transforma en olvido./ Ninguna naturaleza dispuesta a
rocas y hastíos/ será considerada ni prendada./ Desde el momento del primer
suspiro/ batas blancas premura del ser/ ya los cortes estaban dados y
otorgados/ ya los ojos eran propiedad de una mirada”.
Querido Juan, como ya lo expuse en otro texto luego de
conversar contigo acerca de tu obra, una neuritis te declaró la guerra y has
perdido ‘batallas’ en las canchas de fútbol, entre las redes del vóley y en las
piscinas: el dolor no le da tregua al exceso físico. Pero por suerte, la guerra
frente al vacío de una página en blanco –que es mucho más fuerte- no la
perdiste. Con papel y lápiz en mano trabajas duro para disparar versos que nos
atraviesan y que se incrustan con fuerza en quien te lee. Sé que crees en el
azar, yo también. Porque una mañana cayó en mis manos tu poemario No es dicha, y desde ahí he tenido la
dicha de conocerte. Espero que el público se anime a dialogar contigo y que no
solo camine por la Ribera de Cristal, sino
que se zambulla por completo en tu palabra.
Damián de la Torre leyendo, yo escuchando agradecido, Bibliorecreo, 25 de abril de 2015, maravilloso público, inolvidable tarde.
lunes, 9 de febrero de 2015
Diario La Hora, Ribera de cristal
| DIARIO LA HORA ARTES & CULTURA |
Protagonista
‘Eso de las etiquetas me molesta’
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Domingo, 8 de Febrero de 2015
POETA. Durante la charla en un parque de La Mariscal, en Quito.
Divisando la ‘Ribera de cristal’
Una neuritis le declaró la guerra a Juan Secaira Velástegui. El escritor quiteño se ha perdido ‘batallas’ en las canchas de fútbol, entre las redes del vóley y en las piscinas: el dolor no le permite excederse físicamente. Por suerte, la guerra de la palabra –que es mucho más fuerte- no la perdió. Secaira, con papel y lápiz en mano, trabajó siempre en sus versos. Dice que ahora se dará un descanso, pero eso lo hace luego de presentar un nuevo poemario. Se trata de ‘Ribera de cristal’, un libro tan violento como tierno. Sobre esta reciente obra, que fue publicada por Ediciones de Pandora (Tampa, EE. UU.), el poeta conversó con Revista Artes. “Estoy enfermo también de poesía”, dice un verso de ‘Padre’, poema con que arranca el libro. ¿Para qué sanar de tremendo mal? La poesía es una construcción y una destrucción del lenguaje. No se trata de caer en un artificio. Tengo un problema con las referencias, me gusta que no sean tan evidentes en los poemas; obviamente, las referencias están, pero no me agrada eso de etiquetar. Muchos están esclavizados por la dictadura del conocimiento y en el encasillar. No busco hacer un manual con el poemario. La gente se queda con el tema y no con el lenguaje. El que se encuentren con ‘Padre’, antes de cualquier prólogo, permite que el lector se acerque y vaya sacando sus conclusiones. A veces unas palabras preliminares sesgan y te matan antes de vivir. Ni siquiera te dan tiempo para enfermarte.
En su poesía hay momentos de lucidez, otros de enfermedad, pero la mayoría rinden un tributo a la memoria. Esto da fortaleza a una visión que trata de realzar a lo que vendrá…
Con este libro me arriesgué hasta en dividirlo en cuatro partes y estos periodos que señalas están presentes. Parto del origen, del padre, quien aparece de forma continua, y puede vérsele como el dador del lenguaje. Lo contrapongo con el hijo, quien aparece en la segunda parte. Y, efectivamente, hay esa idea de lo que va naciendo. Ahí es donde aparecen mis hijas, que son mellizas, y por eso arranco las dos últimas partes con elementos como agua y fuego, algo con más calma y mayor energía, pero curiosamente los dos elementos purifican.
¿Considera que es su obra más madura hasta el momento?
Me parece que aquí estoy más sólido, mucho más riguroso, aunque sin dejar lo vital: el azar. Hay en mí un deseo de intercambio, de una comunión con el lector. En los otros libros me escondía un poco, en este pienso que me ha servido para salir más de mí mismo.
¿Cómo se camina por la ‘Ribera de cristal’?
Imagina a un doctor que no puede curarle al hijo. Esa es la relación entre mi padre y yo, pero no lo pongo como un drama. La poesía trasciende a uno mismo. Muchas veces te leen y se hacen la idea de uno y cuando te conocen se dan cuenta que tu vida y obra es distinta: la poesía debe superarte. Pienso que en este camino aparece la alegría, pero también te demuestra un fracaso, muy humano, que incluso puede llegar a ser reconfortante.
¿Camina todavía por esa ‘ribera’?
Sí, camino por esa ‘ribera’ que es muy fuerte, pero que a la vez se puede romper. El día a día de uno es duro: está la rehabilitación y el buscar los recursos para los hijos. Pero eso sí, no me quejo. El papel de víctima es el peor. Además, si tuviera todo no me dedicaría a la poesía.
El poemario no trata sobre poesía mística, aunque los conceptos de dios y metafísica están presentes…
De niño tenía una fe terrible. Era de los que por todo rezaba. Creía de una manera tenaz, después fui descreyendo. Ahora no tengo una religión, pero sí tengo una fe. La fe no es una debilidad, más debilidad hay en negarlo todo. No pienso en un dios que te da fórmulas para ser feliz. Pienso que negarle o decir que sí existe sería mucha vanidad. Hablo de un acompañamiento imaginario que te sostiene de la misma manera que lo hace la poesía.
Ud. escribe: “Sobrevivir es contar los latidos mientras se finge una sonrisa”. ¿Por ahora sonríe?
Sí, sonrío. Después de publicar el ‘Sujeto de ida’ anduve mal, todo se complicó, pero fui saliendo. Por suerte está mi familia: los hijos son como la poesía, ambos tienen un pulso vital.
También dice: “Escribir poesía para deshacer la novela de otros cuentos”…
Como decía, eso de las etiquetas me molesta. El que estén diciendo que tu obra es coloquial, hermética, barroca, etc., llega en un momento a perder sentido, que quien te lee saque su cuento, ¿no? Ahí regreso a lo que te decía de evitar el prólogo porque muchas veces como que te limitan a la hora de enfrentarte con el libro.
¿Va a disfrutar de esta publicación o está trabajando en la siguiente?
Con el ‘No es dicha’, con el ‘Sujeto de ida’ y con ‘Ribera de cristal’ pareciera que se dio una trilogía. En un corto tiempo se fueron publicando, lo que no quiere decir que se fueron escribiendo en esa medida, porque una cosa es escribir y otra publicar. Siento que por ahora ya lo he dicho todo, no sé qué más decir. Me tomaré un tiempo para descansar, leer y después pensar en ir trabajando más poemas. No quiero sonar pretencioso, pero no quiero repetirme. Sería feo que consideren la obra de uno como una marca: imagina que digan ‘vean un poema de hospital’ y corran al Google y aparezca algo mío (risas). Quiero desencontrarme. No se trata de estar relajado porque la búsqueda es intensa: solo busco ir alejándome de esta ‘Ribera de cristal’. (DVD) |
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