miércoles, 14 de noviembre de 2018

“Que algo se rompa porque existe”






Por Edison Navarro
18/10/2018

No hay punto de partida definido cuando es el mismo hilo tensor el que sostiene toda una vida o toda una obra. Sin embargo el hilo vibra, se enreda, se rompe, se anuda y esa fragilidad permanente es la misma manifestada en la poesía de Juan Secaira. La palabra que se rompe al igual que la memoria, el amor y el cuerpo, siempre bajo el mismo sonido.

De seguro ningún choque aparatoso entre dos autos suena igual siempre, sin embargo en su poesía se advierte el mismo crepitar, la misma musicalidad y el mismo color de inicio a fin. Por eso en “LA MALSANA MARCHA A CONTRALUZ” es el vértigo la enfermedad de Juan, no la neuropatía, ni los males cardiacos y otras afecciones; es el vértigo con el que recorre todos sus estados para reconocer en la poesía el equilibrio y lo dice así:
“La poesía es una lagrima de hueso que llora y sostiene, para no sostener y llorar”
el poema es una contención ante la desmesura del silencio”
“poesía el punto donde al volver partimos”
y la sentencia; “Vivir la osada frustración, no importa, queda la poesía”.

Juan se dice así mismo un poeta enfermo y crea sus propias reglas para configurar los versos que hablarán de sus desencuentros: “La lejanía está tan cerca” dice, línea que delata quizá la necesidad de verse así mismo en el tiempo, conocerse para desde ahí entender el dolor: “Por lo menos he llegado lejos en la vida, conozco mis miedos, me sobrepasan”; señala en su poema Prestidigitador evocado.

 La enfermedad no radica únicamente en el cuerpo y no implica un mal, es la enfermedad (entiéndase el impulso de decir) el valor de su poesía, porque ahí está su relación permanente con el mundo su “Vivir en las alturas que condiciona el que todo sea cuesta abajo” Es su mal la poesía que galopa por sus venas como un antídoto que le ha permitido ver la soledad y la compañía inmensurable de sus hijos, de la mujer con la que espera el taxi tomado de la mano, de su madre levantándolo de un suelo sucio y ensangrentado cuando decidió partir por la ventana de un auto, para ser el accidentado que sin un pierna juega fútbol los sábados y domingos sea en la cancha o en el papel blanquecino que ha enfrentado a muerte para llegar a esta obra.

Esa confrontación necesaria entre la poesía vida, guarida, refugio, versus su dolor, mal, inmovilidad, y certeza de la muerte (discurso filosófico que da razón de la existencia), vuelve latente el temblor de lo incierto. Se pregunta
¿Cómo debe ser un enfermo?, ¿Cómo debe comportarse?”: debe ser un hombre que transforma el entorno doloroso en la repetición del amor y la belleza en todas sus formas, se responde y nombra a Pedrito Gil que saca mariposas de los posos sépticos, para afirmarse.

Juan resignifica el amor, el dolor físico, la metáfora y la soledad desde su condición de infante – o por lo menos desde esa memoria–, cuando reaprende el mundo al cambiar por necesidad la mano con la que bocetea el encanto de la palabra; y me es inevitable pensar a Juan dibujando un autorretrato o el poema “En vértigo” que como está escrito bien podría ser la descripción de una pintura de Stornaiolo. Sería un dibujo sobre la pared lo mismo que su verso: “El amor si no es animal no existe”

Este reaprender, este cambiar de mano, implica también usar otro lado del cerebro y por la tanto afirmar desde otra sensibilidad que: “se ha convertido en un animal deforme e inquieto” repleto del miedo natural a caer y lastimar sus rodillas, caer y lastimar el cristal donde de se mira, la ternura de sus hijas, de su hijo, siempre a la altura de la vida: y lo confirma cuando dice: “Ya nos ha pasado antes, lo de caernos en la calle, alguna veces / sin consecuencias mayores/ para ellas / Claro”.

“el amor pertenece al lugar que late” es un verso potente de Juan, no necesariamente por su configuración literaria, sino por ser la piedra angular que sostiene la fe en contra de un discurso de resignación; más son los momentos luminosos que aquellos sombríos que inevitablemente el dolor físico y la conciencia de la partida provocan. Marchar a contraluz es el acto inevitable que inicia el primer día, con el primer latido y en ese camino abrazas el amor que conociste aunque no exista, mueres por partes, enloqueces, haces del silencio tu patria y por altoparlante dices: Leo su poema altoparlante

“Un mal día lo tiene cualquiera
pero cuando ese día es la síntesis de los últimos días
la cuestión se complica un poco más.

Las maniobras se transforman en azar.

Hoy me ha costado más que otros momentos.

Lo guardo como un secreto
como una mancha más al tigre que sí hará la diferencia.

Pruebas de acierto-error.

Aquí estamos”.
En medio del dolor está la luz, y aunque te empecines en delatar el cansancio, cada verso de esta obra por sobre todo habla de un estar acompañado, de una feliz resignación, de un dolor con pan suave y ante la inevitable necesidad “de un campo extenso para bien seguir”. Esta la poesía que existe, que se rompe y que a nosotros nos parte en dos.

Sé que otros, con otros dolores, con otras marchas, con otra luz, verán, en esta obra, su propio exilio.


domingo, 2 de septiembre de 2018

Cumpleaños 10



Hubo un tiempo, varios años, en realidad, en el que el insomnio me acompañó tanto como los malos reflejos, si se pudiera pasar todo a limpio —si la vida diera esa oportunidad de revolver el pasado— diría que también hubo malas decisiones —en lo que cabe el asunto tan relativo de buenos y malos.

Lo que no dejé de hacer —creo yo que por instinto— es dejar de ver a mis hijos, a mi esposa, dejar de verlos quiere decir preocuparme por ellos, pasar con ellos, darles lo mejor que tengo, escucharlos, que me escuchen desde la imperfección de los actos que determinan nuestra humanidad, nuestro transcurrir en esta tierra. Que no es otra cosa que seguir haciendo y rehaciendo mi vida para desde allí proyectar lo que soy y también lo que no soy.

Siempre he dicho —incluso antes de tener hijos— y lo reafirmé después, que la herencia válida y humana en su contraste es no aflojar, seguir anhelando algo, no remitirse a la estabilidad. Sin egoísmo, con cierto orgullo, porque después: ¿cómo les digo que crean en ellos mismos, que persigan sus anhelos, que descubran su vocación, si yo no lo hubiera hecho?

Tampoco creo que los hijos te cambien; lo importante es hacerlo de corazón y por uno mismo, sino mutará en un azoro mucho más inhumano.

Claro que fue sorpresa el nacimiento de dos hijas en lugar de una. Mellizas se dice fácil, pero hay que vivirlo. Doble amor. Doble o nada.

Largo sería narrar las bromas, las caídas, la aventura de su existencia sin la obligación de que sean, simplemente que experimenten, que entiendan, que sientan.

Si algo me ha dado la condición de salud en la que me encuentro es más tiempo para estar con mis hijos. Para compartir leyendo, realizando las tareas o escuchando música y rimando de broma, riéndonos, molestándonos, contándonos historias. Y mi hijo, mayor para las mellizas con cuatro años, es un vital soporte por su carácter, por su genuina intención de ser un buen hermano, un buen hijo, sin obligaciones, porque le nace. También me han visto trabajar, como freelance y sin horario, con pasión por lo que tanto me gusta.

Hemos logrado que la poesía no sea un asunto meramente intelectual, que se transforme en una experiencia cotidiana, que nos modifique la manera de pensar y actuar, que nos acompañe no como un evento aislado o ajeno a nuestras vidas.

Mis hijas suelen repetir que ser las hijas de un poeta algo de bueno debe tener. Ja, ja. Más cuando se les ocurre alguna travesura o quieren hacer un invento o pedir que vengan sus amigas. Siempre nos ha gustado que nuestros hijos estén rodeados de amigos, que no se aíslen, que su ímpetu no se vea coartado por una pared infranqueable.

Digo nosotros porque con Tatiana hemos logrado un entendimiento hermoso —no quiere decir que a veces no discutamos, preferimos la intensidad al quemeimportismo—, pero con respeto hacia el otro, hacia lo que desea, lo que piensa, lo que quiere; sabiéndonos diferentes lograr que eso se convierta en una fortaleza y no en una mezquindad.

Asumiendo que hay un espacio absolutamente individual, donde cada uno toma las decisiones que considera pertinente. 

El mundo de la escritura es —por definición— un mundo solo, escribo solo y lo comparto o no lo comparto, pero sin concesiones, asumiendo el riesgo que eso involucra. Así mismo es la vida de los hijos, independiente pero no alejada; vivaz, fuerte, real.

Solo en esta carta —y a manera de información— se les dice mellizas; en el día a día son Laura y Cristel; Cristel y Laura; dos por uno, para uno, para cinco que se multiplican porque también gozan de la presencia de sus abuelos paternos; no desde el mimo solamente; desde el aprendizaje amplio y generoso, desde las posibilidades que nos da la existencia cuando aprendemos a ver, a vernos, cuando comprendemos que viajar no es solamente irse sino saber regresar o quedarse aun yéndose para siempre.

Y el día a día crea un ejemplo silencioso. Más que no creer en la política o en la religión; mis hijos han crecido rodeados de artistas, de personas involucradas en el mundo editorial, de vecinos amigables o no tanto, de una realidad con sus matices, de lo que cuesta —sin dramatismos ni tremendismos— vivir, de lo maravilloso de la fe como constructora, como aliciente para llegar a un conocimiento pleno, a un sentimiento congruente y veraz.

Estoy convencido de que cada persona se ubica en el lugar que quiere, que le hace sentir más seguro, cómodo o con un poco de autoridad. Yo no soy, ni seré un padre impositivo, machista, celoso o dictador de que se haga mi voluntad. No. Es un aprendizaje que me ha llevado años y que he tenido en cuenta precisamente porque el amor debe servir para algo más que para limitarse a justificarse en su nombre. 

Solo decirles a mis hijas, feliz cumpleaños, que sigan enseñándonos la magia de sus vidas, la contundencia de su palabra, la enormidad de sus actos; que —por suerte— se han criado en un barrio —con sus altas y bajas—, y eso les ha servido para aprender el verdadero sentido del respeto hacia los demás y hacia uno mismo.
Les dejo unos poemas que escribí para ellas, más bien pensando en ellas, en que me han acompañado en mi trayecto literario despojadas de prejuicios y taras, siendo en aquellos instantes que tanto atesoramos y dejamos volar cada día.

En ocasiones regresa el insomnio —ya no con la fuerza de antes—, pero ya no me hago mal, únicamente prendo la lámpara sin hacer ruido, leo, escribo, borroneo textos que al otro día rompo o tacho, porque la vida también está hecha de lo que pudo haber sido —y aunque no fuera— es en varios niveles también parte de nuestras vidas.


Fuego
Para mi hija Laura.

Conmueve el hecho de la vida
de saberla franca y gozando sus días.

Hay descontrol oculto en esa experiencia.

Lápices de colores pasos de baile y una voz cantando.

Acercarse a la posibilidad porque de la muerte no se puede escribir
sin caer en suposiciones.

Sin embargo algo brilla donde la luz se une con el último escalón.

Figuras geométricas para no hablar
o porciones de metal rastrillando otro anhelo.

La lluvia 
y el sentimiento contenido
donde Laura es fuego
y sereno.

Agua
Para mi hija Cristel.
La finitud es como un hilo imposible de cortar sin el permiso de alguien.
Una autoridad revierte lo dicho y lo hecho los transforma en olvido.

Ninguna naturaleza dispuesta a rocas y hastíos será considerada ni prendada.
Desde el momento del primer suspiro
batas blancas
premura del ser
ya los cortes estaban dados y otorgados
ya los ojos eran propiedad de una mirada.

La nalgada esboza una transición
con la imagen azul de mi hija
entre los vidrios del hospital público.

Extensiones de tubos
agujas mangueras
termocuna el primer hogar
llantos inmensos como amigos de noches alteradas por cofias rubicundas.
Finitud: un pinchazo.
Agua.



Mariposa

Mundos en sintonía y caos
una fe todavía en la palabra salva
incluso sin sanar
el infierno se convierte en nieve

vamos reduciendo la incertidumbre
el frío mata y mi hija Cristel grita

miren una mariposa
sin señalar a ningún lado

levantamos la mirada y no la encontramos
ella señala su plato
en él descansa
una pequeña mariposa
hecha de pan.



Su mundo

Las normas encima del valor dicen en su escuela

la culpa y el prejuicio en reemplazo del arte

es rebelde Laura y es la dueña del mundo se queja su profesora
sin entender
que Laura es rebelde y la dueña de su mundo

el sicólogo acusa y se esconde en los escombros de la mayoría
justificándose en diminutivos y propósitos inhumanos

sutil es el encanto de lo que no se ve.




jueves, 9 de agosto de 2018

Medicina en la poesía y el dolor


Debo confesar que en mi caso la relación entre la Medicina y la Literatura ha sido decisiva e intensa.

Mi padre es médico y siempre soñó en que yo estudiara su carrera y me entregara a ella con la devoción, la generosidad y el talento que él ha demostrado a lo largo de su vida. Por esa razón, desde mi infancia, mi padre me compraba libros que tenían como protagonistas a médicos. Yo los leía con inusitado interés, más cuando me encantaba disfrutar de la soledad y la lectura.

Pero el asunto no quedó ahí. Cuando me gradué del colegio, inmediatamente me matricularon en la facultad de Medicina. Me dejé convencer y asistí. Al principio pensé dejarla a los pocos días, pero me fueron gustando algunas clases. Luego de dos semanas no había dónde poner un pie en aquellas aulas, repletas, con estudiantes de pie o sentados en el suelo. Setenta alumnos para una cátedra. Para los profesores ni siquiera éramos un número; simplemente veían una masa colorida de jóvenes y así nos trataban.

Llegué a hacer, con espuma flex, los trabajos manuales que representaban a las células, que debíamos presentarlos en maquetas. Todo eso resultaba incómodo y, con el tiempo, hasta risible. Tuve amigos, especialmente un grupo de jóvenes peruanos, con los que visitábamos los hospitales, la morgue y los bares de esa época.

Como mis padres trabajaron por años en un hospital, sentí la energía tan disímil de aquellos centros de salud, la bondad, la fe y el sentido mismo de la sanación y la enfermedad.

Pero sentirlas en carne propia es otra cuestión. De esa época me quedó el buen hábito de la curiosidad, al ver a tantos enfermos en aquellas salas frías, cuando el trato a los pacientes era muchísimo más humano y los hospitales no parecían cárceles, aunque el dolor siempre ha estado. Está. Y estará.
Y ya en la adolescencia comencé a emparentar a la Medicina con la lírica. Entonces descubrí con sobrecogimiento la obra de poetas y médicos ecuatorianos, verdaderos maestros, como Euler Granda y Eduardo Villacís Meythaler. Sus versos demuestran que la poesía es más que simplemente una recopilación de palabras, sino la inmensa probabilidad de aprehender la existencia —su naturaleza y extensión— desde el detalle sublime e inasible de la creación.
Precisamente, Villacís Meythaler, en uno de sus poemas, logra que converjan la sensación —ineludible, trágica, imposible de soslayar— de la muerte, con la poesía, la Medicina, la biografía, la belleza:
«No estoy del lado de nadie, / estoy de frente. / Déjame el uniforme blanco / que me lavó mi madre / con la espuma de muerte / que le tapó la boca, / que le mordió la cara. // Recuerda, alguna tarde, / esta sala de urgencias / de axilas y agonía, / de jadeo de cruz / y último apareamiento. / Alguna tarde, alguna, / después, toda la vida».

Blandiendo su vocación van el poeta y el médico por los caminos insondables del destino, sabiendo que el cariño anónimo y silencioso cobijará su acontecer, su obra.

Así, dándole la vuelta al destino, no llegué a ser médico, pero sí poeta; creo que lo he sido. Y, además, y, cómo no, en lugar de intentar sanar a los demás, como es el principio de la medicina, he sido uno de los más convencidos, consecuentes y constantes pacientes, enfermos, internados de este mundo. Paradoja. Como intentar que se entienda que no existe la movilidad del cuerpo, pero sí se siente dolor, porque este es inimitable, inacabable, hasta supremo y, por ello mismo, es posible vencerlo, tan solo, y ya es ganancia, en este minuto solo.

Tal destino también basta y sobra para seguir en la senda perdida del abandono que es la búsqueda de la felicidad cuando se oyen voces, y son, en definitiva, voces que te demuestran, aun en la aflicción, que no estás solo. Y eso ya es mucho más: un espacio, un vínculo, un círculo en el firmamento para creer.

En ocasiones los sueños escapan, pero se cumplen de otras maneras.

viernes, 6 de julio de 2018

Trampantojo

Trampantojo
la salud mental
túnel gélido
donde la llama
se abre camino
al costado
el lienzo aparta
sorpresas
cuando el amor es necio
ya no es amor
sino reunión familiar
de esas a las que
nadie quiere ir
o esta enfermedad
confortada
a pesar del
agua turbia
un cuadro sin gritos
ni acusaciones
la medicina que
solo salva
y en su límite
avizora
un horizonte
el maldito
horizonte del dolor
trastorno
que aleja
en su insidiosa
cercanía.

lunes, 15 de enero de 2018

Terapia

Voy con mi hijo 
cada tarde 
a la terapia física 
son años 
que no
he ejercitado.
 
Cómo iba a hacerlo
si estaba acoplándome 
a esto de tener 
problemas neurofísicosescleróticos.

Al que vamos es 
de los pocos gimnasios 
para todo público 
que acepta a alguien 
en mis condiciones.

El primer día fue emotivo: los instructores
al finalizar el entrenamiento
me felicitaron por ir
por tener la voluntad de hacerlo.

Mi hijo también se ejercita 
combinamos 
nuestros tiempos.
 
Intento 
regresar de un infierno 
con cierta dignidad 
apoyándome 
solo no puedo.

Los dos nos animamos 
mi hijo tiene para largo 
en lo que quiera realizar. 

A veces me dejo llevar 
creo que se pueden superar esos terribles últimos años.


Y en algo
me animo.

jueves, 9 de noviembre de 2017

anima d versión

Desde cuando dije que me sentía mal por primera vez
y huyó el niño y apareció el lobo para quedarse

una franja obstinada es el mal
entero para no sufrir ni llorar

pero hoy se cayó mi hija
¿y cómo le enseño a cuidarse de un ataque por la espalda?
pero tampoco un accidente puede generar ciegos culpables

pequeñas representaciones de lo que vendrá

tiemblo y no de temor al escribir esto
sensaciones de vértigo y abismos desde la cabeza
el mar en una habitación cerrada
la frecuencia que llega a destiempo

pena de suertes para los que culpan al paciente de su enfermedad

pero el don y la herida son más profundos

se juntan en el paisaje que borra esta ciudad
donde lo difícil es no perder la cordura
tampoco rendirle honores a una locura latente

un ancla que se lleva el cielo a otras nubes
una patria viviente en ojos cerrados
en la sorpresa de un amor
en el leve roce de un canto 

en la mansión de libros para vivirse y desvivirse
con la confianza de frenar a los días malos
ir tachándolos en un calendario opaco

pocos se deprimen junto al mar
porque el mar es luz
constante rumor en los oídos
voces que no causan risa
flores para una fiesta descomunal
donde el mar es una idea para siempre

no se puede compartir el dolor
es lo único propio
y estos dedos y el diagnóstico como una caja de pandora
y la calamidad y la alegría
y el comprender que el cuerpo es lejano
ajeno
huir de las verdades absolutas
de las súplicas y la distancia
tramar el ritmo de los años
y divertirse formando piezas
de un rompecabezas imposible para hoy

(leer esto y obviar la creencia de que quien escribe está bien o mal, porque el último poema está escrito como si en verdad fuese el último poema, por si la vida y las moscas).

lunes, 16 de octubre de 2017

Golpes en reposo


Ni bien despierto 
en un lunes 
la presión 
el pulso
comienzan a jugar con el cuerpo
en una marcha laboriosa 
como piedras rodando montaña abajo 
para luego 
Sísifos dementes
volver a subir.

La enfermedad 
adjetiva 
los días 
atroces 
no obstante 
luminosos 
dolorosos 
pero con una claridad 
que embriaga.

Pasan las horas 
pasarán 
y la espera
se convertirá 
en una imprescindible 
desconexión.

Perdidos 
en una ciudad desconocida
el alegato 
firmado 
para después.

Descansar no aporta nada.

Un castillo de arena sin reyes.

Tinieblas ya

golpes en reposo.

jueves, 29 de junio de 2017

Un costado se toma el cuerpo: dividido en dos vivir como uno. Por Alicia Ortega Caicedo


Los poemas reunidos en La mitad opuesta bien pueden ser leídos como huella/testimonio de un cuerpo que interpela al lector en el dolor. Juan Secaira trabaja la escritura desde el cuerpo, escribe con su cuerpo: traza en sus versos la evidencia del dolor, del síntoma, de una memoria corporal que pone en escena el devenir de una enfermedad: pérdida del tacto, atrofia, “parestesias / neuropatía periférica / pelados cables / neuralgia del trigémino / descargas eléctricas / dolor” (“Cura”). El itinerario de esa sintomatología fragmenta el cuerpo y amplifica sus partes: “Estos poemas fueron escritos / con la mano menos hábil” (“Un trazo”). Observa Juan Antonio Ramírez, en Corpus solus, que en la retórica del cuerpo un fragmento puede designar la totalidad orgánica. En esta línea de reflexión convergen experiencias artísticas y distintas formas de saberes especializados (derivados, por poner unos pocos ejemplos, de la medicina, la arqueología, la iconografía religiosa), que trabajan la parcelación del cuerpo y prácticas de mutilación, como instancias de producción de conocimiento y formas de representación humana a lo largo de la historia. Ramírez advierte que no solo los detalles anatómicos hablan de un cuerpo fragmentado, sino que también el cuerpo del deseo es un cuerpo fragmentado: “Al amante le perturban las axilas, los labios, el cuello, los ojos, las manos, o cualquier otro detalle de la persona amada. La primera concepción de nuestro ser es también parcial, y solo en el estadio infantil del espejo, si hemos de creer a Lacan, podemos alcanzar, como reflejo, una visión totalizadora del cuerpo”.[1] Podemos acotar y sugerir que esa visión totalizadora de nosotros mismos está más cerca de la ilusión de certeza que nos provee nuestra imagen reflejada en el espejo y el nombre propio que nos precede antes que de una realidad articulada alrededor de un yo múltiple y en devenir constante. El poeta así lo sabe: “Maldita enfermedad prohíbe el movimiento / un costado se toma el cuerpo / dividido en dos vivir como uno” (Secaira, “Neural”). También dice: “recorre el antebrazo con un aleteo” (“Necio”), y nosotros, sus lectores, podemos reconocer en ese aleteo el pulso de su escritura, cuando la mano derecha se ha ido, en sus palabras, de huelga: “Me he quedado zurdo / de buenas a primeras” (“Zurdo”). Se trata de una escritura que propositivamente nos interpela en su carga testimonial: “Si te aburre leer esto / imagínate vivirlo cada día” (“Zurdo”).

Un “cuerpo raro” encarna la escritura (“raro” en tanto su dolor y parálisis de un costado lo alejan de los estereotipos del cuerpo ideal y canónico, y lo aproximan a uno diferente, en “mutación”). Las manos del poeta se desprenden de la totalidad carnal y puntúan un movimiento diferente del organismo, radicalmente otro, un movimiento/atrofia que imprime la percepción de rareza que, a su vez, rarifica la escritura: “los cimientos del cuerpo en unas extremidades que no dan más / para colmo una mano va contagiando a la otra en marchas constantes” (“Salvo”). Los versos de Juan Secaira se construyen alrededor de una sinécdoque corporal que trenza, a pesar de la enfermedad y el dolor, las intensidades de la vida con la escritura: “Los doctores advierten que se debe cuidar el corazón / parecen un tratado de filosofía esas palabras […] / las manos sobre el humo son una figura válida para este asunto de la salud y la estancia […] / los dedos se suceden en brizna de una infancia modificada” (“Manos sobre humo”). El poemario aborda justamente “este asunto de la salud y la estancia” en la apuesta por una escritura que muestra las costuras del cuerpo, pero también, y, sobre todo, su experiencia vital que se enciende en el preciso acto de “unirse humo y mano”: allí en donde coinciden diversas formas de la materia vibrante. En el poemario dialoga la memoria corporal con aquella depositada en el álbum de familia: el padre que sonríe a su hijo mientras sostiene el brazo enfermo para que salga bien en la fotografía es una imagen poética que pone en movimiento muchas formas de ver y de hacer frente a la ausencia de una cura que no llega: “un galpón / cajas vacías / mi hijo y la broma de que yo salga a la calle” (“Ver”), o la compañía de la hija que fortalece la estancia: “corazones que laten en conjunto / entonces la hija siente el laberinto de citas médicas de su padre / y ofrece acompañarlo / uno enferma / dos sanan / hasta la locura” (“Neural”). Ese uno que enferma y dos que sanan entretejen los hilos de una comunidad de afecto y cuidado. Una comunidad que acoge al cuerpo dividido en dos aunque viva como uno. Una comunidad en donde también “uno sana / dos enferman / hasta la cordura” (“Neural”).
Por eso el poeta recuerda: “cinco pelotas hemos pateado con mi hijo a las casas vecinas / habitadas por el abandono / hemos recuperado tres / eso es ganancia / el juego sigue” (Santa diosa”). Elige nombrar a “Tatiana”, en tributo de amor, antes que a “los nombres finales de esta enfermedad / epílogo maldito de tanto dolor” (“Tatiana”).

“Con las manos enfermas” repite el poeta no sentado a la espera, sino sentado a la vida en la escritura, como gesto que testimonia los afectos, la presencia y el cuidado de los suyos. Los afectos que tejen los hilos de una comunidad allí en donde la enfermedad parece definirse como el “vacío entre el tiempo y el sonido de las cosas” (“Siniestra”). Un vacío que busca llenarse de imágenes, recuerdos, partes de un cuerpo que se piensa/se siente/se escucha en el golpeteo cotidiano de los síntomas. Esos síntomas que producen un estado de alerta en la escucha y atención al decir del cuerpo. Un estado de alerta como lugar de enunciación, cercano al estado de esas escrituras que Josefina Ludmer califica como “literaturas postautónomas”: escrituras de lo real (que cruzan el testimonio, la autobiografía, el diario íntimo, entre otros registros posibles). “[Mi punto de partida es / éste. / Estas escrituras no / admiten lecturas literarias; esto / quiere decir que no se sabe / o no importa / si son o no son / literatura. / Y tampoco se sabe / o no importa / si son realidad o ficción. / Se instalan localmente / y en una realidad / cotidiana para ‘fabricar / presente’ / ese / es precisamente su sentido.]”.[2] Este es el texto de Josefina Ludmer con el que Cristina Rivera Garza abre su poemario La imaginación pública, que trata sobre las enfermedades sufridas por su cuerpo durante un año. “La mayoría de las cuestiones del cuerpo se encuentran explicadas en un manual”,[3] expresa la escritora mexicana. Frente al decir de esos manuales, u otros espacios de divulgación científica o canales de producción de conocimiento, se erige la voz poética, para volver a Juan Secaira, en el esfuerzo por traducir una experiencia de intensidad corporal en palabras: allí refulge la fuerza del acontecimiento la enfermedad como corte e interrupción del continuum temporal, como entretiempo y derivas dictadas por la “política del cuerpo”: “La zurda se desenvuelve con alguna gracia / que todo consuelo se transforme en vino o abrazo / abundante carencia de los extremos la política del cuerpo […] / nunca haberse preguntado / qué mismo es el dolor pese a sentirlo y resentirlo / en cierto grado ese corte es poesía” (Secaira, “Política del cuerpo”).

Es el cuerpo fragmentado la instancia que traza su política de escritura, la localiza y desde allí, en palabras de Ludmer, “fabrica presente”, construye preguntas en la carrera por hacer coincidir el hoy de la escritura con el de su lectura. Es también la voz que habla debilitada “por la dictadura del cuerpo”. Secaira hace hablar al cuerpo, para convertirlo, al decir del filósofo Jean-Luc Nancy, en horizonte del acontecimiento, cuyo dolor se hace corte y poesía: el dolor como bisturí de las palabras, de los sintagmas, de los versos: “No tenemos un cuerpo, sino que somos un cuerpo”.[4] Se trata de la experiencia de traducir el dolor corporal en la escritura como posibilidad de restituir el sentido de la vida y en la vida: “(nadie sabe lo que me he demorado en escribir vida)” (“Rigor”). En la enfermedad se reinventa el lenguaje: “Recuperar las fracturas del cuerpo / de su lenguaje suprimido y leve” (“Cuerpo”). Anclado en el escenario de lo real, de la experiencia del cuerpo del escriba, el poemario incorpora la relatoría de una trayectoria, la trayectoria y derivas de la enfermedad padecida: “En 2010 comenzaron los problemas de salud / que han llevado a un permanente deterioro / doloroso y degenerativo / en la motricidad del cuerpo / complicado además por una afección cardiaca” (“El mal”). El referente del poemario interroga la enfermedad ese “gran monstruo blanco / que come cuerpos y también nimiedades” (“Goleador”), perfora la escritura “aunque el dolor perfore el cuerpo” (“Madera húmeda”), restituye al cuerpo su memoria.

La enfermedad provoca nuevos itinerarios, recorridos y localizaciones, en el desplazamiento cotidiano del cuerpo: hospitales, tratamientos, fechas, citas médicas, falta de dinero, especialistas, doctores y chamanes, recetas, “olor a bosque y pastillas”, dictámenes, diagnósticos e historial clínico, registran “el espacio de la violencia diaria”, pero también diseñan un nuevo mapa familiar: “la hermandad nace en la experiencia transitada” (“Marea y destierro”), nos recuerda el poeta. Así también: “Apremios y reuniones no para curar / para prohibir cualquier palabra / acerca de la dolencia” (“Familiar”). La enfermedad también resitúa la relación con el lenguaje, los vínculos entre las palabras y su referente: la dolencia cotidiana, tan visible, tan audible, no admite sin embargo ser nombrada porque, lo sabemos, la tautología empobrece y vuelve inútil la acumulación reiterativa: “se augura magia desde un brazo muerto / naufragios de tendones / soles donde la luz impera y borra lo imborrable” (“Familiar”). La mitad opuesta está hecha de una escritura invadida por el cuerpo, de uno que padece que interroga la naturaleza del mal (“pero qué es el mal”), el origen del mal, que se piensa en la sobrevivencia “extra humano / casi humano”.

Juan Secaira trabaja una escritura que escucha su pulso y medita el acertijo encapsulado en la enfermedad, en los registros del cuadro clínico: “La enfermedad no es una competencia / sino un acertijo / a ras del cielo” (“Trueque”). En esa hermandad que nace de la experiencia compartida es posible para el poeta/paciente/doliente/buscador cargar con “costales / y costales de esperanza”. La fe para el poeta no reside ni en los médicos, ni en los manuales, ni en el saber de la ciencia, sino en la palabra y en la cercanía de los suyos: “una fe todavía en la palabra salva / incluso sin sanar” (“Mariposa”). La enfermedad arrasa con el velo de ilusión que rodea eso que solemos reconocer como realidad: en la certeza del dolor, el cuerpo, “sin un costado”, se sabe y reinventa su propio lenguaje: “A veces estoy más ido / tal vez sea la enfermedad / la medicina / la poesía / o las tres” (“Tres”).



[1] Juan Antonio Ramírez. Corpus solus. Para un mapa del cuerpo en el arte contemporáneo. Madrid: Siruela, 1998, p. 208.
[2] Josefina Ludmer. Literaturas postautónomas, en Cristina Rivera Garza. La imaginación pública. México DF: Conaculta, 2015, p. 7.
[3] Cristina Rivera Garza, “Hay una rodilla en todo esto”, Ibíd., p. 55.
[4] Jean-Luc Nancy, Corpus. Madrid: Arena Libros, 2003. 

jueves, 4 de mayo de 2017

Poético y humano Juan Secaira, por Pedro Gil Flores


                                                                                                         

Impulsado por sus ganas entrañables de no asfixiarse con el humo negro, nocivo, del smog de una lírica que aún contamina. Nos contamina. Este brillante poeta (conste que soy renuente a los adjetivos, zalamerías y compañía), prolonga el canto profundo: Prolongación del canto en el roce de los dedos de la mano izquierda, dice su poema Roce. Poesía vital. Siempre mis visitas a su hogar me asombran, me llenan de luz inmarcesible, inextinguible. La luz de su silencio.

Juan Secaira huye de la lástima y asume la poesía como un estoico contemporáneo, riéndole a sus hijos y a su esposa. A sus padres y a sus amigos. Y yo río con él. Porque, como sostenía Roberto Bolaño: “Literatura + enfermedad = enfermedad”. No jodan. Toda enfermedad culmina en el momento de nombrarla, nos dice Secaira. Y él lo dice en poesía. Grandeza de ser humano y poeta.

Y el asunto no queda así. Juan Secaira sentía y siente: un desafío por en vida no estar y no le molestaban ni le molestan los ruines que siempre hubo y habrá. Inmenso en talla física. Inmenso en vuelo poético.


Juan Secaira Velástegui no dejes de prender fuego. El fuego que sabe cuánto has demorado en escribir vida. Poeta con mayúsculas, tu fuego no se apagará nunca.